Aprender a renunciar

Aprender a renunciar

Innegable la razón de la protesta: no deben desaparecer 43 jóvenes por acción de un grupo policial. Irreprochable la necesidad de alzar la voz ante las acciones que nos indignan. Indispensable hacer algo ante los hechos… aunque sea sumamente dificultoso distinguir con claridad qué se deba hacer. Ya estamos indignados; queda saber qué hacer con la indignación. Me da por pensar que por algún lado deberíamos comenzar, y me da por sospechar que podríamos esforzarnos en responder la siguiente pregunta: ¿nuestra indignación nos mueve a buscar un culpable o un responsable? Quizás al intentar responderla hallemos un claro en nuestra indignación.

Algunos de los jóvenes que han tomado las calles, cerrado las escuelas y levantado la voz buscan, me parece, un culpable. En el espectro de sus inculpaciones lo mismo se encuentra tal gobernadojete tropical que el Estado represor, lo mismo el sistema económico que algún grupo del narcotráfico ilegal. Si el culpable es el incompetente que debería gobernar una región, los jóvenes exigen castigo al incompetente: destitución y juicio político; la primera reivindicaría el poder del pueblo, el segundo humilla al que no pudo conservar el poder. Para quien el culpable es el gobernadojete incompetente, la sociedad lastimada tiene la misión de castigarlo mediante la humillación del otrora poderoso. Si el culpable, en cambio, es el Estado represor, su culpabilidad lleva como precio la existencia: destruir al Estado represor. Y las posibilidades históricas de destrucción van desde la romántica guillotina francesa hasta la furibunda guerra de guerrillas latinoamericana. ¿Acaso hay que explicar por qué es humillante la guillotina? Supongo que entre los pocos que aún pueden ver la humillación guillotinante, todavía son menos quienes acaso notan descender la misma mortal navaja sobre los cuellos que estrangulan las guerrillas. Peor es el caso de quien cree que el culpable es el sistema económico o su heredero hedonista: el narcotráfico. Revolución contra el padre; fratricidio entre los hijos. La castración de Urano como novela histórica; la marca de Caín como sistema de seguridad y videovigilancia. Nuestra vida diaria, sólo un spin-off de la realista serie en que se ha convertido nuestra tragedia nacional.

Ante aquellos que han tomado las calles, cerrado las escuelas y alzado la voz, otros más también la alzan, y aunque no lo hacen tan fuerte, los micrófonos hacen el resto del trabajo. En el espectro de sus mensajes también hallan un culpable: los jóvenes revoltosos, la izquierda política y la debilidad del Estado. Son culpables los jóvenes por no portarse como buenas personas, y por eso tienen el castigo que se merecen: en Iguala los desaparecieron y a los del IPN nadie los va a contratar en el futuro; desaparición física o económica; excomunión moral. Es culpable la izquierda porque manipula a la gente cobijando a los revoltosos para atrasar al país: su oposición al libre mercado ha pasado de ancla a iceberg; y nadie decente lo debe permitir. Y son culpables los gobernantes por su permisividad: por permitir la libertad de protesta -y la desocupación que ella implica-, y no anularla; por permitir el bloqueo de calles, y no favorecer el tránsito de los vehículos de la gente productiva; por no abrir las escuelas a la fuerza y obligar a todos los zánganos a estudiar. El Estado es el arma para reestablecer el orden, para proteger el orden económico. Estos buscadores de culpables difieren de los primeros en que no conocen la humillación, pues para ellos la humildad es sólo estupidez. (No es irónico que en la revolución ellos serán los humillados: los estúpidos que no se unieron oportunamente a los revolucionarios). Ambos comparten, empero, su admiración al poder, el recurso a la violencia y la idea del sacrificio del culpable como solución a los males públicos.

Si ante el actual momento nuestra indignación sólo busca culpables, la violencia sacrificial será nuestro futuro.

Buscar responsables, en cambio, exige superar nuestros deseos de venganza: venganza que los revolucionarios llaman manumisión; venganza que entre los burgueses toma el nombre de competencia. Buscar responsables exige la aceptación de las propias culpas y la acción responsable para remediarlas. Buscar responsables pide que la acción conforme un hábito y los hábitos conformen la vida. Buscar responsables exige responder por nuestra vida pública. Sí, respondamos dónde están los 43 normalistas de Ayotzinapa, pero también respondamos quién mató a Gonzalo Rivas. Respondamos igualmente quiénes son los muertos y desaparecidos de la guerra sucia, pero también respondamos quién mató a Hugo Margáin (Octavio Paz lo expresó insuperablemente en “Los motivos del lobo” [Vuelta, noviembre de 1978]: el lobo cuida la pureza del rebaño; mata para acabar con la muerte). Se acumulan las muertes y se inflaman las venganzas; buscar al responsable exige superar el deseo de venganza.

Sin embargo, superar el deseo de venganza no es atractivo para la mayoría, pues da la apariencia de ser un modo de dejar pasar, de no resolver nada, de dejar todo igual. Y en un sentido limitado es un tanto verdadero, pues la responsabilidad no es inmediata porque no es un producto, sino que es constante, pues es un hábito. La aparición de los desaparecidos será insuficiente, así como lo será el encarcelamiento de quien los haya desaparecido. Superar el deseo de venganza es un esforzado trabajo comunitario que nos habrá de llevar mucho tiempo.

Hace algunos días el historiador Enrique Krauze, amigo del asesinado por la guerrilla Hugo Margáin, advirtió que buscar la concordia y la justicia en el país nos llevará cuando menos una generación. Mi generación difícilmente verá un país justo, pero con un poco de esfuerzo podría aprender a perdonar. Nos invade el terror de los espectros inculpadores, nos ahogamos en un mar de venganza, pero nada nos impide renunciar al poder, poner la otra mejilla y con esperanza confiar en que nuestra destrucción no es vana. Es tiempo de aprender a renunciar, de que el perdón sea innegable.

Námaste Heptákis

Coletilla. El 30 de septiembre de 1968, el filósofo mexicano Eduardo Nicol publicó en el diario Excélsior el artículo “Sine ira et studio. A los estudiantes”, que comparto a continuación.
A quienes me conocen, de nombre o por haber sido alumnos míos, puede haberles extrañado que no hiciera declaraciones públicas, desde que empezó el llamado conflicto estudiantil. A vosotros, y sólo a vosotros, os debo una explicación. Algunos me la habéis pedido, y que yo mismo siento ahora que este es mi deber, os lo indica el hecho de que, para cumplirlo, habré unas confidencias personales, cosa que me repugna. Diré lo que os hubiera dicho en clase, si vosotros hubieseis aceptado la oportuna recomendación que os hizo el señor rector. Para hablar con vosotros, he de solicitar ahora la tribuna de este periódico. Tal vez esta publicidad llegue a incitar a otros a la reflexión. Por lo menos no contribuirá al encono del conflicto.
Hace más de cuarenta años tomé la decisión de no actuar en política. No fue una decisión fácil, por varias razones, pero la he mantenido sin excepción. Esto no me descargaba de mis responsabilidades cívicas; solamente las mantenía en el nivel en que incumben a un ciudadano común. Consideraba que la vocación del oficio de pensar y la vocación política tienen fuentes distintas, y que no pueden coexistir sin perturbarse la una a la otra. No he pretendido elevar a norma este criterio personal, pero es el que me ha servido a mí; y tratándose de una cuestión de conciencia, no se me puede imponer ningún criterio ajeno.
Tal vez mis orígenes influyeran en aquella decisión, y me han dado fuerza para arrostrar la impopularidad que trae consigo mantenerla en algunas ocasiones, como la presente. Este origen es el pueblo, lo que se llama pueblo sin retórica: las capas inferiores de la población, en las que son familia el hambre, la injusticia, el analfabetismo y la suciedad. No dirá que de ahí procedo: de ahí no he salido nunca, aunque no haga de ello ostentación.
A los del pueblo nos desagradan el señoritismo, de cualquier estirpe, y la arrogancia de casta, cualquiera que sea. El intelectual, como se dice, nos infunde gran respeto, y hasta nos intimida un poco, individualmente. La intelectualidad, como gremio, nos tiene sin cuidado. Políticamente, no creemos que tenga más prerrogativas que el gremio de panaderos. En cambio, nos conmueve hasta las lágrimas el intelectual que se pone anónimamente al lado del panadero, y del albañil, y del labriego; y sale a la calle, con armas en la mano si es preciso, cuando la situación de agobio de la justicia no deja otro camino. El voto y las armas son nuestros medios de expresión política. Pero solamente un insensato, que no será de los nuestros, puede creer que la violencia sea otra cosa que un recurso final. Un recurso de salvación, nunca un medio de acción táctica.
Ahora, amigos míos, la cuestión es esta: la situación de nuestra república ¿justifica la apelación a la violencia? ¿Es esta una situación límite, o hay un camino que lleve a la reconciliación y a la convivencia pacífica? Porque si los trastornos graves que estamos sufriendo no han surgido de un estado de injusticia general e irremediable, entonces son posibles y legítimos varios matices de opinión y varias conductas, todos ellos con su intención de justicia. En este caso, lo que se requiere más bien es el sentido crítico, y nadie está obligado, sea panadero o catedrático, a manifestar en la calle su personal posición ante cada incidente del conflicto.
Creo que el filósofo ha de evitar que su pensamiento quede anegado en la anécdota, en lo episódico. Esta es una situación con muchos contrastes. No es hora de eliminar los distingos y las salvedades que son cosas de razón y los cuales prescindimos sólo cuando el problema es de vida o muerte, cuando la comunidad entera ha perdido el sostén de la justicia.
Hemos de recordar, todos nosotros, que la palabra política designa dos cosas diferentes, aunque conexas. Política es la acción de los políticos, la disputa de los partidos, la lucha por el poder, el afán de predominio de una ideología o de un interés. Política es también la proyección y ejecución de planes de gobierno, en el orden nacional y en el internacional. Pues bien, en este segundo sentido, la política de los gobiernos revolucionarios de México me parece, no solamente buena, sino ejemplar. Mirad a las demás naciones. Ya no diré que ninguna de ellas dedica a la educación el porcentaje más alto de su presupuesto nacional, porque esto parece que ya no tiene mérito. Diré que México es el único país en el que se ha mantenido durante lustros una continuidad en el programa revolucionario de gobierno a través de varias sucesiones presidenciales. Este mérito asombroso no puede ignorarse.
Pero además, me vais a permitir que os recuerde que esta progresión revolucionaria se ha logrado manteniendo un nivel de libertades que también es excepcional en el mundo contemporáneo. Y esto me llega muy adentro. Después de unos días tristes, en que tuve que hacer de pueblo, no en el trabajo o ante las urnas, sino en otro sitio, emigré de España para poner a salvo la posibilidad de una obra que no puede llevarse a cabo sino en régimen de libertad. Adquirí la mexicanidad para ejercerla, y no dejo de ejercerla ahora, aunque me quede en casa sufriendo como todos, pero trabajando.
No me decidió a venir la afinidad política con el régimen del C. Presidente Lázaro Cárdenas; ni siquiera su conmovedora, ejemplar invitación. Vine porque la Revolución Mexicana me ofrecía garantías para ejercer mi oficio de filósofo, en clase y con mis libros, sin ninguna interferencia, fuesen cuales fuesen mis posiciones de doctrina. El Estado mexicano no me ha defraudado. Esto solo bastaría para que me sintiese, no agradecido, porque esta es mi propia casa, sino orgulloso de estar en ella. Y os lo digo, ya sabéis, sin ese acento aflautado de patrioterismo que es vanagloria de hombres ricos. Lo digo como pueblo.
Pero esto me impone la obligación (a mí, no hablo de los demás) de guardar cierto comedimiento, cuando examino todo lo que falta por hacer, y todas las cosas que se hacen mal. Porque los defectos son más bien de procedimiento que de principio. Y cuando se trata de vicios de procedimiento, que tire la primera piedra quien tenga la conciencia limpia, sea banquero, estudiante, profesor, burócrata o diputado. Por mi parte, y a pesar de la impaciencia que no dejo de sentir a veces, no me atrevo a reclamar de mi gobierno un grado de perfección que yo no he alcanzado en mi trabajo.
Por tanto, mis respetos para los amigos y colegas profesores que han tomado en esta ocasión una postura militante, y hasta beligerante; en algunos casos (no siempre) cuentan con mi íntima adhesión. Mis respetos también para aquellos de vosotros que lucháis de buena fe por algo que no habéis acertado a expresar con el famoso documento de los seis puntos. No voy a criticar el movimiento; pero no ocultaré que, a mi parecer, ese documento no toca ninguna cuestión verdaderamente radical. Tiene más de astucia que de poesía. No debéis esperar a que sean los comentaristas quienes atribuyan a vuestro movimiento esa aureola romántica, ese arranque lírico que se observa en todos los grandes movimientos populares.
Ya sé que os desagradan los consejos de los mayores. Por mi parte, me desagrada el proselitismo, en clase y fuera de ella. Soy, pues, consecuente con mi filosofía si os digo que debéis pensar con libertad y podéis actuar en la dirección que sea; pero es indispensable que deis a vuestras ideas y a vuestros actos la altura de nobleza humana que corresponde a unos universitarios, y que puede exigiros nuestra Universidad Nacional.
Entre tanto, y mientras no podamos colaborar en nuestra casa común, no os extrañe que el trabajador trabaje. Porque alguien ha de cuidar de los campos, alguien ha de hacer filosofía. Alguien ha de atender a lo permanente.

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2 comentarios en “Aprender a renunciar

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