Una pequeña lectura de la muerte de Iván Ilich

Se dice con frecuencia: el hombre es un ser sumamente frágil, nuestras defensas ante una naturaleza hostil son casi nulas, carecemos de un abrigo que nos cubra de fríos extremos o del calor incesante del desierto, no poseemos garras o patas fuertes como las que caracterizan a los grandes animales que cazan para mantenerse con vida; nuestros, ojos, oídos y olfato no son tan potentes como los de aquellos animales que escapan de los depredadores. El deseo de cubrir esas carencias oculta nuestro deseo de prolongar lo más posible nuestra existencia; la necesidad de conservar la vida nos obliga a reunirnos en grupos y a seguir reglas que atentan todo el tiempo contra nuestra libertad y que nos llevan a elegir constantemente entre una vida larga y miserable o una vida corta, pero llena de placeres.
Todo eso que escuchamos en tantas partes es lo que sustenta el constante cuidado de la salud, que tanto parece ocupar al hombre moderno.
Pero, ¿cómo pensar con cuidado al hombre moderno, pues moderno no es el que ha nacido en determinado momento en el tiempo, el cual cabe señalar es constantemente dividido en épocas y etapas de la vida por el hombre ocupado en ver lo que es el hombre en su incesante hacer y deshacer?
Podríamos decir que moderno es el hombre que se ocupa en progresar y producir, es el que busca ante todo avanzar en la vida a costa de la vida misma y es el que pretende prolongar su existencia no tanto porque la vida le signifique algo, sino porque tiene un terrible temor a la muerte. Sin embargo, una caracterización así del hombre moderno peca de simple y comodina, en especial cuando no tenemos claro a qué nos referimos cuando hablamos de progreso y cuando el temor a la muerte no ha sido caracterizado con suficiencia, pues la destructora de sueños siempre se ha presentado ante el hombre, y éste la enfrenta de diversas maneras sin por ello hacer a un lado el temor ante la incertidumbre o ante el sentido que debe tener morir de ciertas maneras.
Los discursos que sustentan a la modernidad en el temor a la muerte y el deseo de prolongar la vida son muchos. Los dispuestos a creer en estos discursos son más, pero pocos ven las consecuencias que tiene para el hombre moderno el deseo de progresar sin ver con claridad lo que es el progreso y la avidez de prolongar la vida por el incesante temor a dejar a un lado los placeres que ésta promete todo el tiempo. Uno de esos pocos bien puede ser Tolstoi, quien en una obra pequeña en extensión es capaz de dibujar la entera vida de un hombre que al buscar avanzar en la escala social para ser feliz, pierde justo aquello que busca, y que al preocuparse constantemente por la muerte que lo asecha pierde lo que la prolongación de la vida le prometía.
La muerte de Ivan Ilich no sólo trata el deceso de un burócrata viviendo entre burócratas, preocupados por el puesto que abandona el que se ha ido; tampoco se limita a señalar el abandono que padece el enfermo que deja de ser útil a la sociedad porque se convierte en una carga insoportable para quien debe avanzar en la vida; menos aún se limita a dibujar la agonía de quien de pronto se percata de su mortalidad. La novela trata también sobre la vida de Iván y sobre la manera en que ésta da un significado tan aterrador al hecho de morir, señala la incesante búsqueda de la salud que bien puede caracterizar al hombre moderno, y nos presenta con una claridad abrumadora las consecuencias que trae consigo la necesidad de progresar en medio de un mundo progresista.
La vida de Iván, es la vida de un hombre desalmado, y no porque sea cruel, pues nunca puede serlo, así como tampoco puede ser bondadoso o valiente, la virtud no tiene cabida en su vida, el vicio tampoco, pues lo que hace en todo momento carece de importancia porque difícilmente lo satisface algo que interfiera con la posibilidad de mantener un estilo de vida caracterizado por la comodidad y la soledad que acompaña a dicho estilo. La vida de Iván, es una vida en solitario, sin comunidad, sin familia que eche en falta su ausencia y sin amigos que se ocupen de él más allá de lo que lo exigen las formas capaces de ocultar la esperanza de ocupar el puesto que deja vacante el difunto. La vida de Iván es, en resumen, esa vida que parece no valer nada pero que es sumamente cuidada porque algún valor puede alcanzar algún día, y por lo general ese día llega cuando la vida ya terminó.

Maigo