Grandes hombres de la ciencia

Pregunté cientos de cosas a los que se llamaban grandes hombres de la ciencia. Si no son ellos los que pueden responderlas, ¿quiénes serían? Ellos se dedican a la ciencia de las cosas, a conocerlas, a enseñarlas, a observarlas por entero hasta explicarlas, por adentro y por afuera. Pregunté entonces a éstos, grandes hombres de la ciencia. «Prepárate –me dijeron–, para todas las respuestas: para conocer a fondo abandona la experiencia». Entonces, emocionado, intenté cegar mis ojos burlándome de los colores, haciendo menos las siluetas, aquietando las acciones. Me perseguían, sin embargo, y trataba de olvidar la luz. Traté de ensordecerme desatendiendo toda voz, todo sonido, todo ritmo y todo ruido, hasta llegar a creer que me haría bien tener toneles con cera de abejas y taparme los oídos desde el tímpano hasta las orejas. Me perseguían, sin embargo, y trataba de olvidar las palabras. Traté de hacerles caso, grandes hombres de la ciencia: traté de adormecerme, de olvidar que olía respirando, que mi alimento me complacía, y que mis piernas podían mantenerse tensas, traté de olvidar que me sostenía con mis propias fuerzas. Pero aun casi dormido, anestesiado por mi empeño, con los párpados sellados y la respiración ralentizada, seguía sabiendo todo lo que había estado evadiendo. ¿Cómo hacerles caso para iniciarme en sus secretos, templarios de la ciencia, guardianes de lo oculto, y olvidarme de que veo, olvidarme de que escucho? ¿Cómo olvido qué es decir que alguien es bueno, y cómo olvido qué es decir algo así y equivocarse? ¿Cómo olvido lo que creo que es un buen hombre de la ciencia, cómo olvido lo que miro que me mueve a preguntarle? ¿Cómo puedo prepararme para recibir respuestas si abandono la sorpresa, el sentido y la palabra? ¿Qué preguntas me quedan entonces? ¿Qué serían para mí la claridad y obscuridad? ¿De qué me sirven sus respuestas, grandes hombres de la ciencia, si no les queda rastro de que hubo alguna vez alguna cosa en este mundo que fuera digna de buscar?