Letras vacías

Hemos progresado tanto, que la educación nos garantiza el mejor modo de vida posible, modo que nos permite satisfacer nuestras necesidades y deseos; nos garantiza un buen trabajo con solvencia económica y vida cómoda. La promesa es garantizar el mejor modo de vida y estando bien preparados es posible hacerlo. Por lo menos es lo que se dice comúnmente.

Cada día hay más escuelas, más niños en esas escuelas, más preparatorias y más universidades, y por supuesto, más universitarios que asisten día a día a ellas. Debemos preguntarnos al haber progresado tanto, si la educación, entendida como lo es hoy, cumple lo que promete. La tentación más común es responder que sí.

El problema es cómo comprendemos la educación. La educación se reduce a un medio círculo de comunicación y retención de conocimientos. Qué quiero decir con esto, que las aulas de clase sirven para que el profesor (digamos que lo llamaremos emisor) le dé al alumno (llamémosle receptor) el conocimiento (dejémoslo en mensaje). Una vez que el alumno recibe el conocimiento lo almacena en su recipiente, listo para ser usado cuando sea necesario.

No creo que sea un problema actual, quizá se ha agravado en estos días, pero sólo es porque hemos progresado.

Concuerdo, sin dudarlo, que la solución a la crisis del progresos se halla en la educación, en eso no difiero con la actual creencia común; donde difiero es en qué es educación. Cada día hay más escuelas, más alumnos y menos hombres educados. Lo digo porque a muchos se nos presenta la duda, ¿educados en qué? Tenemos universidades llenas de los llamados profesores, alumnos y bancas, que, en la situación óptima cumplen con un medio círculo de comunicación, y nada de eso ayuda a vivir bien. No tenemos muchas salidas ante esta situación. Por radical que parezca, la solución a la crisis que enfrentamos en este tiempo es una sociedad desescolarizada, una sociedad que renuncia abiertamente, ante la gran tendencia mundial, al progreso.

La educación no es saber si algo está bien o mal dicho en ruso, sino saber convivir en comunidad, vivir con el otro en comunidad; y para eso no son necesarias las vanidades que nos da una sociedad escolarizada. Uno crece con la creencia de que estando bien consigo mismo podrá estar bien con los otros (una creencia bastante común), y así pasa gran parte de su vida en la escuela, preparándose para las alegrías que la sociedad escolarizada le prometió; y quizá llegue a satisfacer sus necesidades y placeres, pero el hombre es más que un animal que se satisface a sí mismo, es un animal político y como tal vive en comunidad.

Estamos perdido en un camino que nos aleja de la mejor vida posible, un camino que nos desvía de lo propiamente humano. Simplemente, fijemos nuestra atención en la relación que se hay entre maestro y alumno, la cual debe ser una relación de cuidado mutuo, y veremos que no es así. Uno no puede ser maestro de sesenta alumnos y cuidar a cada uno de ellos; tampoco puede ser maestro quien, sin cuidar de sus alumnos encuentra como su labor arrojarles conocimiento; mucho menos los alumnos pueden serlo sólo por un semestre o un año. El cuidado debe ser continuo y la educación para vivir mejor. El maestro debe enseñar a su alumno a ser un hombre bueno para la comunidad y el alumno debe aprender del maestro a serlo. Por ello se debe enseña con la presencia y no con las palabras. Las palabras cobran peso por la presencia de quien las dice. Se hace en cada momento más apremiante renunciar al crecimiento personal y al progreso. La educación debe ser formar hombres buenos para la comunidad, hombres que se cuiden, hombres educados con la presencia de quienes viven noblemente.