Otro plan de San Luis

Hay quienes opinan que la que muestra la verdad de los hombres, es la guerra. Yo pienso que están equivocados. No diría que completamente, sin embargo: las más fuertes pruebas de carácter pueden encontrarse en las situaciones más apremiantes, las que exigen actuar, las urgentes. Hay muchas otras situaciones que hacen borbotear urgencias, y a veces lo que urge es hablar. Hoy nos urge que haya sentido, que las palabras no sean ni petardos ni dardos analgésicos, que a los espectáculos de funambulistas no les quiten la audiencia sus contrapartes en la demagogia. Hoy nos urge aprender cuidado (y a los que andan en la cuerda floja más les vale tener muchísimo, dicho de paso). El hombre libre no está muy contento, de todos modos, con toda la gloria de la libertad que le heredaron sus antepasados, si al rededor no hay con quién hablar más que locos, tartamudos y delirantes. Pero si ahorita nos hace tanta falta que el que suelta la lengua se haga responsable de lo que dice, esto no es porque estemos en crisis; es porque estamos en crisis que se nota más cuán importante es. Y por eso ahora hay más razón para pedir que quien habla muestre de qué está hecho, y que si va a sacar el cobre, que mejor ni hable, ¿no?

Justo

Entre las tribulaciones, que amenazan con hundir a un barco, resplandece cual fantasma que anda sobre el agua y calma a la tempestad, la voz y el rostro de quien siendo justo actúa tal cual debe. De igual modo se oculta el rostro de quien cobardemente pretende salvar a los hombres destrozando lo poco que queda de la nave y echando por la borda todo lo que encuentra a su alcance, sin importar si se trata de carga u hombres.
Quien es justo se entrega a las olas cual Jonás una vez que comprende que al huir del deber pone en peligro a la embarcación entera; el injusto en cambio pisotea y manotea ahogando a los otros y perdiendo aquello que tanto pretendía defender.
Así pues en medio de la tempestad vemos que el justo salva a la tripulación y al barco entregándose a sí mismo, y que comienza por dar la cara ante la tempestad para después hacer lo que debe y salvar guiando a los tripulantes con su vida; el injusto en cambio oculta rostro y manos pues pretende salvarse sólo a sí, y destroza las esperanzas de los otros con el rostro cubierto y gritando palabras vacías sobre la justicia y el valor de la vida…de su vida.
Maigo

Las banderas pintadas de rojo

Muerte y sangre a quienes llevan muerte y sangre. Es el lema que tiene la bandera de la juventud ante los sucesos actuales en el país. Indignación, odio y coraje es el ánimo común de la mayoría de los jóvenes que ante los inaceptables actos del gobierno marchan por las calles y cierran las universidades. Con ese lema son llenadas las redes sociales por quienes miran de lejos.

Hace varios años escribió Krauze sobre los últimos nihilistas, la generación anterior a la que combate al estado en estos días, la generación anterior a la que debería consolidar o, quizá, criticar el orden que la generación que surgió junto con el subcomandante Marcos, generación que debió haber fundado. La generación que siguió a la de los 70, a la que, en palabras de Krauze, dio fin al orden político de la Revolución mexicana, la que siguió a la generación que fundó los CCH y las entonces llamadas ENEP, y con ello intentó sanar las profundas heridas de la Revolución mexicana y formar una nueva sociedad “comprometida” con la nueva realidad social del país en aquel momento. La generación que siguió fue la que acompañó la lucha del subcomandante Marcos y la larga huelga de 1999.

Cada día parece ser más claro que la nueva generación que toma la antorcha para actuar, no consolidará lo hecho por la generación anterior, la de los últimos nihilistas, y menos dará pie a criticarla, porque los últimos nihilistas parece que no fundamos nada. Fue una generación que dedicó su hacer a la rebeldía, que intentó fundar el nuevo oren desde la oposición constante a las autoridades, universitarias y nacionales por igual. Pero ese fundamento fue el principio del caos, pues intentaron destruir para construir desde un terreno limpio; aunque sin un camino claro, es posible destruir de más, lo que obliga primero a construir lo destruido y partir desde ahí –suponiendo que es evidente cómo arreglar lo destruido.

Esas fueron las bases que dejaron los últimos nihilistas, bases que la generación actual sigue. «Terror por el terror» ondea en las banderas anarquistas, «Sangre y muerte a quienes provocan sangre y muerte» son su grito de armas. Sin un nuevo orden que consolidar, el hacer de la nueva generación es continuar con el hacer de la anterior. Justifican su apatía con el pretexto de estar continuando con el hacer de la generación anterior. La pregunta sin contestar es si realmente ese hacer desemboca en una mejor vida.

El problema para quien busca sangre, es que la encuentra; el problema para quienes no apoyamos esos actos, es que uno, aunque no esté de acuerdo con ellos, entiende la indignación –no con ello debe justificarla. Quizá para muchos de nosotros el único hacer posible sea «aceptar el sufrimiento y la muerte para no traicionar la condición humana», aceptando el sufrimiento y la muerte como una acción y no como resignación.

De una vana esperanza

De una vana esperanza

Caminar siempre derecho hasta topar con pared. Los modernos lo llaman progreso; Dédalo, laberinto.

Námaste Heptákis

 

Coletilla. “Si nuestro mundo es un mundo en el que está volviendo la tragedia, y si empezamos a ver esta tragedia como una tragedia religiosa, entonces hay esperanza; si, en cambio, la consideramos como una tragedia griega, entonces se acabó”. René Girard

Gazmoñerismo médico

Mientras los movimientos sociales se comporten como la medicina occidental, seguiremos amputándole miembros a un cuerpo del cual ya olvidamos que guarda un alma.

Gazmogno

Llamado

«Damos vueltas con las vueltas del tiempo –dijo Octavio Paz–, con las revoluciones de las estaciones y las revueltas de los hombres; así cambiamos, al cambiar como los años y los pueblos, volvemos a lo que fuimos y a lo que somos. Vuelta a lo mismo. Y al dar la vuelta descubrimos que ya no es lo mismo: el que regresa es otro y es otro a lo que regresa». La carencia que estamos viviendo hoy es un dolor que ha existido por mucho tiempo. Es un sufrimiento que se sembró quién sabe cuándo y que con toda seguridad había existido en otras formas en otros tiempos, mucho antes de estar sembrado en nuestra tierra y nuestras casas; pero esto que hemos estado viviendo durante décadas, siglos, hoy parece que vuelve y es nuevo. Duele como antes, y sin embargo, ahora punza diferente, arde diferente, quema. ¿Y qué son las escandalosas manifestaciones multitudinarias si no manifiestan tristeza? ¿Qué son las protestas si no protestan por una indignación que no se calla ni dentro ni fuera? ¿No son los pasos de estas marchas fúnebres las vacilantes pisadas del que teme? La madera crepita mientras el fuego la consume, pero no consigue apagar las llamas con sus quejidos: nada cambia y todo vuelve a lo mismo. Cuando todo revienta al calor de la furia, todos al rededor son siluetas enemigas: madera seca y hojas marchitas. Estas semanas, este sitio ha atestiguado la aniquilación de la consciencia, las manos negras de carbón, la fractura de la comunidad, la miserable negación de nuestra ceguera. Pero entre las cenizas, entre voces entonando los lamentos de la impotencia, puede volver la esperanza. La esperanza no en un fantasma humeante de los gritos por justicia, no en la rabia destructiva, no en la mezquina complacencia por el dolor ajeno, no en la venganza pública y la humillación de quienes han perdido más que a quienes han arrebatado todo; no ahí. La esperanza puede volver en la palabra, en la cercanía, en la comprensión. La esperanza puede volver en el anhelo de reconocer que también es una cara ésa que llora abrasada por las llamas que levantó en ésta, su casa y nuestra casa. Vuelta a la tierra empapada, quemada y vuelta a empapar. Vuelta a ser otros, a ser dignos de volver a la esperanza.

Ciegas afirmaciones

Negamos a Dios, porque necesitamos de fe, negamos la fe señalando que es ciega e irracional. Pensamos que el individuo no es ni ciego ni irracional y negamos los límites del mismo afirmando que todo en su vida es producto de su voluntad. Cobijamos la confianza en el poder de la voluntad pensando en conquistadores como Julio César o Alejandro; y nos pensamos como ellos sin ver que nosotros somos los conquistados. Negamos nuestra esclavitud juzgando superior al yo consciente y despierto respecto a los otros dormidos y enajenados.

Confiamos ciega e irracionalmente en todo lo que es opuesto a lo que negamos y no vemos por ello lo que perdemos en lo que afirmamos.

Maigo.