La vida inviable

La vida inviable

 

Eras la costumbre, la pistola y el altar:
un espejo roto en el desván.
La imposible y desgraciada pesadilla;
la campana de cristal.
Algún día nos dirán que no exististe
más que en un sueño en realidad.

 

¿Tiene algún sentido abrigar buenas intenciones en medio de la corrupción social en que vivimos? ¿Vale la pena sacrificarse por un país que ha tornado imposible? ¿Es posible evitar el sinsentido de quien hace lo correcto, pero lo sabe finalmente vano? En más de un modo, la nueva novela de Enrique Serna, La doble vida de Jesús, nos ofrece respuesta y orientación. La respuesta, compleja; la orientación, complicada; la novela, en fin, libre de facilismos, a pesar de su muy sencilla apariencia. En un primer acercamiento, La doble vida de Jesús narra algunos meses de la vida del síndico Jesús Pastrana, quien comienza una campaña para conseguir por la vía electoral la alcaldía de Cuernavaca y lucha contra las corruptas costumbres y amafiadas sectas de la política mexicana. Para darle sabor, entre las costumbres se encuentra la disparidad de los vicios privados y las virtudes públicas; el dilema político de la sexualidad y las buenas conciencias, para decirlo sin tintes de filosofía política. Entre las sectas, lo mismo se encuentra el narco, el pueblo bueno, los corruptos de siempre y los traicioneros inevitables. Sexo, narcotráfico, corrupción política, infidelidades –de cama y escritorio-, cargos de conciencia, ejecuciones y todo lo que uno esperaría de una novela realista del México actual. Y si bien La doble vida de Jesús tiene todo eso, en realidad es mucho más interesante, mucho mejor pensada y mucho más profunda que lo aparecido a primera vista.

Un camino para leer la novela es la referencia bíblica que aparece en el título. Jesús, Jesús Pastrana, es un político honesto que aspira a la alcaldía de Cuernavaca en medio de la corrupción farisea del sistema político mexicano, y por su aspiración habrá de sacrificarse. Jesús Pastrana asume la voluntad del destino (a falta del Padre) y se sacrifica por la democracia. No por nada, durante la campaña Jesús se desconcierta por el pragmatismo de su hijo político: Israel, quien con facilidad aceptaría los ídolos de los políticos corruptos, la fascinación por el dinero, la obsesión por el poder. No por nada, durante la campaña Israel se encela de la preferencia de Jesús por Cristina, la mujer que sabe aproximar al pueblo y a Jesús, la mujer que cobija a Jesús en la tempestad, la Iglesia que entiende la política de un modo muy distinto a Israel. No por nada, el hermano político de Jesús lleva el nombre de Felipe, el periodista incorruptible, el que ve la realidad (Juan 6:9). No por nada, el mensajero de su verdadera vida se llama Gabriel y su felicidad imaginada dejó el nombre de Nazario (originario de Nazaret, y con raíz hebrea “el laureado”, que da el nombre de Lauro, importante personaje en la novela) por el de la vida que eligió. No está de más señalar que su esposa se llama Remedios, pero es un obstáculo para el sacrificio de su vida, así como una evasión (remedio) de su verdadera vida; y que sus alegrías son sus hijos: Maribel (María e Isabel, madres inigualables, fecundidad) y Juan Pablo (santos inigualables, dicha espiritual).

Otro camino para leer la novela es el de las referencias intertextuales. Primero, el epígrafe de La rebelión de las masas nos advierte de la necesidad de interpretar psicológicamente los movimientos políticos que se narran en la novela. En segundo lugar, la sutil presencia –nunca mencionada- de Abraxas y la historia hesseiana que debería leer todo adolescente, y que marca el inicio y el final del drama interno de Jesús, la motivación psicológica que en el exterior deberíamos interpretar desde Ortega y Gasset. De hecho, comprendiendo el juego entre interioridad y exterioridad se podría comprender el problema principal que nos explica la novela.

Un camino más, pero muy poco interesante, aunque popular y sencillo, es leer la novela como una descripción fantástica de nuestra realidad política. Un presidente con fama de alcohólico que se apellida Salmerón –y la referencia sonora es inevitable, lector astuto-. Una periodista escandalosa pero con fama de incorruptible que se apellida Urióstegui –y sigue la inevitabilidad de la referencia sonora-. Un grupo de autodefensas que los medios oficiales hacen pasar por paramilitares ligados al narco. Un puente inconcluso en la entrada de Cuernavaca por un acto de corrupción –y puedes ir, lector, y ver el puente, que ahí está a la entrada de Cuernavaca; aunque no están los documentos que explican su estado inconcluso-. Una muerte fingida de un gran narcotraficante, y todo el catálogo de sucesos que nuestra imaginación pervertida no deja de producir. Un camino posible, pues, pero del que no aprendemos nada.

Quizás el drama que más nos permite comprender la gravedad de nuestro momento es un viejo dilema de aquel viejo libro platónico de La República y que Enrique Serna expone de tan magistral manera que nos da cuenta de toda su complejidad. En términos académicos se expresa como el problema del individuo y la comunidad: para tener políticos honestos debemos despojarlos de su vida privada; tener individuos felices nos impide tener comunidades. En nuestros tiempos, en que las comunidades sólo son de consumo, los hombres poderosos y deshonestos que a su vez son individuos infelices, pues siempre están en necesidad de satisfacer sus deseos, son el ideal. En los términos de la novela, Jesús ha de sacrificar sus verdaderos deseos eróticos por el honor público. Cuando el honor público ya no es genuino porque no hay comunidad y se llama vida política al pillaje que una sociedad sana llamaría corrupción, los deseos eróticos se experimentan necesariamente como una transgresión, como una inevitabilidad arrebatadora que a veces se llama amor. Mas un amor en la sociedad corrupta es por necesidad imposible, inviable y vano: en la sociedad corrupta la regla es sobrevivir, la amistad es siempre permeable por la traición, y la fidelidad es como un vitral en la tormenta. En la sociedad anómica el problema entre el individuo y la comunidad termina por necesidad en la destrucción.

¿Podemos evitar la destrucción? El autor de La República diría que no, pues no está en nuestras manos. Serna lo dice de un modo más complejo: en la sociedad corrupta el travestismo, a pesar de ser corrupto, es una franca oposición: el deseo revela la naturaleza que ya no puede ser aparente. De ahí que Leslie (“el jardín sagrado” en gaélico) sea el camino que reconcilia a Jesús con Gabriel, su camino a la verdad. Donde todo es mentira y engaño, donde todo es putrefacción, donde todo está corrupto, ahí irá Jesús, pues ahí es donde se necesita la salvación. Sin embargo, cuando Dios ha muerto la salvación es imposible. Si Jesús no acepta la voluntad del Padre, sólo queda la destrucción de Abraxas. Si aceptamos el sacrificio de conservar las buenas intenciones en este país corrupto, y Dios ha muerto, nuestra vida sólo puede ser inviable.

 

Námaste Heptákis

 

Recomendación. Ampliamente recomendable es el artículo de Jesús Silva-Hérzog Márquez en Nexos de este mes: “El conversador y el polemista”, donde encuentra en las figuras de Alfonso Reyes y Octavio Paz una orientación invaluable para nuestro momento de confusión política.

Numeralia. A una semana de que el presidente Enrique Peña Nieto anunciara la necesidad de restablecer el estado de derecho en este país que carece del mismo, y tras revisar los diarios de nota roja de cada estado de la república, contabilicé las muertes violentas en el país en el lapso de la semana transcurrida a partir del anuncio del presidente; los datos son aterradores. Del jueves 27 de noviembre al miércoles 3 de diciembre hubo 181 muertes violentas. Guerrero tuvo 32, Guanajuato 23, Chihuahua 17, Estado de México 15 y Sinaloa 12; por mencionar sólo los cinco más altos. De esas 181 muertes violentas, el 63% fueron asesinados por armas de fuego. 20 de ellos murieron acuchillados. 15 cuerpos fueron encontrados en fosas clandestinas. 11 fueron asesinados por asfixia. Otros 11 fueron asesinados a golpes. Dos fueron decapitados. Uno fue ahogado intencionalmente. Y otro, en el Estado de México, desollado vivo… y tenía 13 años. Pero el presidente dice que ya tenemos que superar nuestro dolor.

Escenas del terruño. El pasado domingo 30 de noviembre, en Milenio, Juan Pablo Becerra Acosta publicó el reportaje “Lo que los anarquistas quieren, en sus palabras”, digno de lectura.
Recordarás, lector, que el pasado mes de julio, los encargados de la administración federal realizaron un operativo militar para detener a una anciana que había cuidado durante sesenta años a cientos de niños abandonados por la sociedad. Tras el escándalo largo, y el letargo que le sucede, todo quedó en el esópeo parto de los montes. El martes 2 de diciembre, Animal Político reporteó el fracaso de la racha justiciera de los administradores federales contra Mamá Rosa y la gran familia. Te sugiero leer ambos reportajes y lo que en su momento reflexionamos sobre el asunto en “Que el escándalo no sea fatuo”.

Coletilla. Esta semana murieron tres hombres importantes en la historia de la cultura nacional: Roberto Gómez Bolaños “Chespirito”, Vicente Leñero y Silvio Zavala. Los puristas políticamente correctos, las buenas conciencias y los bien portados seguramente me reprocharán que ponga junto a dos escritores que no han leído a un televiso que antes de su ideologización disfrutaron; pero no me importa ese reproche. Chespirito tuvo un buen oído para la poesía popular; a él debemos el descubrimiento de esa precisa descripción del movimiento azaroso cuanto caprichoso, perfecta mexicanización del complicado tynchano de los griegos, que nombramos como “chanfle”; a él debemos la aproximación a la indeterminación causal que sólo nombra el verbo “chispotear”; a él se debe la precisa descripción de la voluntad distraída que actúa “sin querer queriendo”; además de la plasticidad de muchas otras expresiones y giros que dan precisa cuenta del habla actual. Leñero, por su parte, mantuvo, sólo después de José Revueltas, el llanto de Jesús en los corazones de la izquierda; a él debemos a los tres novelistas católicos más talentosos de la literatura mexicana de la generación del 68: Francisco Prieto, Ignacio Solares y Javier Sicilia; a él debemos, como bien precisa Carlos Marín, la buena puntería de los primeros tiempos de Proceso; a él debemos la antología más bella de cuentos cristianos (publicada por Jus, y con descuento en estos días). Y, finalmente, a Zavala le debemos, como dije en febrero pasado, el redescubrimiento de una opción política posible y virtuosa ante nuestra imposible y desvirtuada realidad. Descansen los tres en paz.

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