El vino viejo se acaba

El vino viejo se acaba

en el 55 aniversario luctuoso de Alfonso Reyes

la vida nos tritura con dolor

Ceder el paso a tiempo es mucho más que civilidad, también es educación. Pues el buen maestro sabe cuándo ha llegado la hora, cuándo los retoños han dejado de estar tan verdes, cuándo hay que pasar a retirarse para que los discípulos sufran sus propios errores. Ceder el paso y andar despacio, quizás a otro ritmo, probablemente por otros caminos. Que en la vida no todo es pasar, sino a veces es dejar que pasen. O al menos esa impresión me dejan algunos pensamientos que Alfonso Reyes entreveró consigo por allá de 1946. Cito la entrada de su Diario correspondiente al domingo 12 de mayo de 1946:

“Apenas acabo de preparar un elogio de Antonio Caso para descubrir dentro de unos días su retrato en El Colegio Nacional, cuando –ocupado gratamente en traducir fragmentos de la Chanson de Rolandme llega la noticia de la muerte súbita, en Buenos Aires, de Pedro Henríquez Ureña! Me voy quedando como la espiga de Heine, olvidada por el segador en medio del campo. Pedro falleció ayer, día 11. De noche, visita de Alfonso Caso para convenir algunas medidas que México debe tomar en vista de este duelo. Naturalmente, me he pasado la tarde enfermo, telegrafiando pésames a Isabel [Lombardo Toledano] y a Max [Henríquez Ureña], etcétera”.

Cinco días después, Alfonso cumpliría 57 años y compondría su bello poema Balada de los amigos muertos. A final de mes, el 31 de mayo, Reyes leería en Bellas Artes su Evocación de Pedro Henríquez Ureña. En ese discurso luctuoso, don Alfonso volvió a la comparación recurrente de su maestro Henríquez Ureña con el Maestro Sócrates: “Pedro traía, como Sócrates, la Atenea oculta en el Sileno, y también tuvo su cicuta”. A renglón seguido, la premisa educativa del maestro Pedro Henríquez Ureña: “no basta vivir para la educación, hay que sufrir por la educación”. ¿Sócrates y el sufrimiento? ¿La educación como cicuta? ¿Qué asunto esconde el siempre claro Alfonso Reyes?

La primera caracterización del sufrimiento por la educación se reconoce en la entrega del buen maestro: dedica su tiempo, sus recursos y su preocupación velando por los pupilos. El buen maestro dedica su tiempo, no solamente por destinar una buena parte del mismo a la labor educativa, sino por restar tiempo a las actividades que lo privan de contribuir a la educación. Fue Julio Torri quien contó que Pedro Henríquez Ureña escuchaba atento, fatigado por el sueño, los escritos que le consultaban a media noche sus discípulos. Fue otro notable educando del maestro dominicano quien recordó, años después de Torri, que don Pedro se desvelaba estudiando para completar o corregir lo que sus discípulos le consultaban, que circunscribía su vida a la animación del grupo intelectual que –en su más plena esperanza- revitalizaría el espíritu hispanoamericano. El buen maestro dedica sus recursos porque, entre claras y sombras, financia, motiva, ayuda y apoya a aquel de quien se puede esperar un digno estudio. Ora don Pedro regalaba libros, ora buscaba que sus discípulos los intercambiaran, ora financiaba en secreto a uno o hacía préstamos (nunca cobrados) al otro. Henríquez Ureña agotaba sus recursos escasos entre sus copiosas esperanzas discipulares. El buen maestro dedica su preocupación a velar por sus discípulos: indagar sobre ellos, reconvenirlos a la concordia cuando están disgustados, sugerirles ideas por vía indirecta cuando están indispuestos, aleccionarlos por terceras personas cuando no soportarían un regaño del maestro y de frente cuando no queda otra opción. El buen maestro sufre por la educación entregándose hasta imposibilitarse.

La imposibilidad da pie a la segunda característica del buen maestro: sufre por la educación al colmo de la irresponsabilidad civil. Fácil será juzgar al maestro que entrega sus posibilidades por la realización de un grupo como un irresponsable de la civilidad, un despilfarrador sin buen sentido, un derrochador imprudente. Así, Henríquez Ureña trabajó por sus discípulos hasta hacer inviable su vida. Sacrificó la salud, el prestigio, el trabajo, a la familia, su futuro, por animar un grupo intelectual que renovara el espíritu hispanoamericano. No supo de negocios y se le fueron cerrando las puertas. No supo de política, y no pudo salvar sus puestos. Creyó lo suficiente en la amistad intelectual como para condenarse a la resignación de quien intentó lo noble y fracaso enormemente.

El fracaso en lo noble es la tercera característica del sufrimiento por la educación: Henríquez Ureña terminó sus días con un puesto miserable como profesor de educación básica, en una escuela pequeña, en una resignación concentrada que sólo encontró expresión en su laconismo epistolar –no en balde se extrañaban sus amigos que quien en otro tiempo escribía largas cartas personales, al final respondiese brevísimas misivas casi impersonales-. Tras haberlo intentado todo, y haberse entregado todo, el maestro Henríquez Ureña daba hurañas indicaciones a quien todavía se lo pedía, pues sabía que educar es sufrir, sufrir porque nunca se es lo suficientemente escuchado. La educación es un sufrimiento por los límites propios para la salvación del otro.

Aquel día que Alfonso Reyes se enteró de la muerte del maestro Pedro Henríquez Ureña, también se enteró del sufrimiento de la educación. Don Alfonso se compara con la espiga olvidada, la que no es el pan de la verdad y para la que el tiempo está pasando, la espiga de Heine:

“Yo solo sobreviviré como solitaria espiga olvidada por el segador; una generación nueva habrá surgido con nuevas aspiraciones y nuevas ideas; lleno de admiración escucharé nuevos hombres y nuevos cantos; los antiguos nombres se habrán olvidado, yo mismo lo estaré ya; quizás aún me honren algunos, muchos se burlen de mí y ninguno me ame”.

Reyes llevó el sufrimiento de la educación en el interior, de ahí su temor a ser olvidado, su pesarosa soledad. Casi un año después, el 23 de abril de 1947, dice en su Diario:

“Insomnios, tristezas y desalientos. Este ambiente cruel, injusto, inculto, ramplón, falso, envidioso, parece que va pudiendo contra todo mi anhelo de vivir y de trabajar. Sigo recluido en casa, aunque ya de alivio “oficial” (?). Pero de nada me han servido esta vez, espiritualmente hablando, ni la soledad (relativa: la familia algo aburrida de mí) ni el reposo. Otras veces, al menos, yo anhelaba escribir. Ahora ya ni eso. ¿Para qué, en este país, en esta hora del mundo? Y luego ¡qué soledad! Genaro Estrada, Antonio Caso, Enrique Díez-Canedo, Pedro Henríquez Ureña se me han ido. Julio Torri ya no me acompaña. Los demás sólo tienen limitadísimas zonas de contacto conmigo. Esta ciudad me es insoportable y, además, perjudicial. Pero ¿adónde ir, si de ella vivo? ¡Y es lo mejor del país! Y el resto del mundo, hoy por hoy, nada apetecible. No sé qué hacer”.

Los ánimos le volverían a Reyes un año después, a medio camino entre el maestro y el poeta, cuando inicia su versión inconclusa de la Ilíada y revive la afición de Grecia. Don Alfonso tuvo que volver a los días alcionios que descubrió con las indicaciones de Pedro y las emociones de Antonio; reencontrar en la dicha del pasado una esperanza al sufrimiento del presente, y en las indicaciones del maestro una virtud para la actividad futura: propiciar el camino de los jóvenes que quizás intenten lo que otros no logramos, ceder el paso a tiempo, asumir el sufrimiento de la propia vida como sacrificio para alguien más. Pedro Henríquez Ureña encontró la cicuta en el fracaso de su grupo; Alfonso Reyes intentó su Apología reinventado a Grecia; y ambos murieron por un infarto. Sufrir por la educación no nos salva la vida; la vida sin sufrimiento, no es para tanto.

Námaste Heptákis

Numeralia. El número de muertes violentas registradas en el país durante la semana comprendida entre el jueves 18 y el miércoles 24 de diciembre es de 149. El estado con mayor número de muertes violentas fue Guerrero, seguido de Sinaloa y Jalisco. El 74.5% de las ejecuciones fueron causadas por arma de fuego. 11 cuerpos fueron encontrados en fosas clandestinas. 8 personas fueron calcinadas. 8 personas fueron asesinadas a golpes. 4 fueron decapitadas. 3 descuartizadas. 2 murieron por arma blanca. 1 persona fue lapidada y 1 murió por asfixia. Y eso que varios diarios locales están de vacaciones, por lo que el registro de esta semana es necesariamente incompleto.

Escenas del terruño. Señalé aquí en octubre pasado que ya se discutía en tribunales la concesión del derecho a ser persona de los orangutanes; leo en El Mundo una resolución de Argentina sobre el tema.
En cuanto al caso de los 42 desaparecidos de Ayotzinapa hay que tener presente la configuración actual de los grupos que ostentan su causa. De un lado, algunos han decidido creer a una nota de Proceso y, exculpando a José Luis Abarca, están señalando la responsabilidad militar en las desapariciones. Este grupo intenta favorecer el camino del precandidato de MoReNa a la gubernatura de Guerrero y es quien se esfuerza pidiendo la renuncia del procurador Murillo Karam. De otro lado, algunos están señalando la falta de condiciones para la realización de las elecciones en Guerrero el próximo año, con lo que sin duda favorecen los intereses del PRD en la región; es el grupo, además, que más lejos se encuentra del PRI, su moneda de cambio será apoyar la permanencia de Murillo Karam. Un tercer grupo, que pasó Noche Buena protestando a las afueras de los Pinos, ha perfilado la propuesta del boicot electoral, aunque con medios distintos a las propuestas de Javier Sicilia y de Raúl Vera; no por ello, obviamente, las tres propuestas de boicot electoral son irreconciliables. Quedará de tarea evaluar en qué sentido es conveniente el boicot electoral, pues la elección legislativa tiene nuevas reglas y el PRI es el principal interesado en conservar la mayoría en la cámara de diputados. No hay que perder de vista el manejo electorero que del caso Ayotzinapa va haciendo cada grupo.
Guillermo Cienfuegos, mejor conocido como el payaso “Lagrimita” buscará ser candidato independiente a la alcaldía de Guadalajara. ¿Un payaso profesional metido a la política? ¿Podrá competir con los políticos profesionales que ejercen de payasos?

Coletilla. Hace unas semanas llegó a México la antología Poetas parricidas (generación entre siglos), que reúne 33 poemas de jóvenes poetas mexicanos nacidos entre 1989 y 1999. La antología es ampliamente recomendable. Comparto a continuación el poema “La sagrada familia” de Paulina del Collado (DF, 1990), que es una aproximación a la situación espiritual de la generación que ahora es joven.

I. El padre
El vino de mi Dios no es sangre:
es saliva, es semen, son lágrimas.
Su cuerpo no es pan ni me alimenta:
es pellejo, es pelo, son golpes
secos en el cuerpo de una niña.
Pero insistimos,
en hacer divino lo terreno:
en autorreplicar su imagen frígida,
en esparcir el virus de su semejanza.
Deberían existir restricciones para fundar una casta,
¡Que los políticos de una vez sirvan!, que inicien campañas
para esterilizar brutos en vez de perros,
para controlar la natalidad de los hijos bestias,
evitarnos a nosotros, impedir mi nacimiento,
para romper, amén y por los siglos de tus siglos,
la continuidad de mi estirpe vulnerada.

II. La madre
No sé dónde habrá perdido la virginidad Madonna
pero seguro fue en un coche
en el asiento trasero de un Thunderbird ‘73
donde probablemente no alcanzó el orgasmo.

Pero no se llamaba Madonna,
se llamaba Martha, Julia o Luisa
y aquel de la enhiesta verga
es lo que menos interesa
por eso lo evoca como
una interferencia entre las piernas,
algo de comezón en la boca del alma.

Ella: Martha, Julia, Luisa
sólo conserva el olor del sudor fermentado
el perfume de aguardiente en su vaho,
los labios que tallan besos Lucky Strike
y el ardor del himen desgarrado.

Pero no lo vio: ni recuerda su rostro.
Sabe de un dios lascivo, incontinente,
que era toro, que era lluvia, que una vez fue luz.
Pero a ella nadie vino a plantarle
un semidiós dentro del vientre.
Ahora tiene que rogar al padre
que la deje resguardarlo
a este, su feto divino que viaja en micro,
escucha raeggeton para arrullarse
y a patadas clama doritos para matar el hambre.

III. El hijo
Les juro, padres, no iniciaré una guerra,
nadie imprimirá mi rostro sobre playeras contestatarias,
jamás recordará lector alguno mis plegarias de analfabeta,
ni podré resucitar al tercer día porque mi cuerpo es
templo donde todos se han venido pero nadie nunca ha orado.

Hubiera preferido ver la luz en un pesebre.
Me habría gustado fundar una iglesia,
sobornar a melómanos y evangelistas,
o pagarle un credo a Agustín Lara
a cambio del roce de mis senos breves.

Y es que el ímpetu mesiánico no es cosa de todos,
si ya hemos celebrado todos nuestra muerte,
¿por qué atrasamos la del héroe?
No vengo a engendrar teorías ni falsos milagros;
estoy aquí con la esperanza supernova de estallar en pedazos.

Por eso patearé tus entrañas, madre,
con la furia de heredera ilegítima
de una estirpe vulnerada.
Desgarraré tu vientre con las uñas,
haré con tu piel jirones de ira
que puedan servir de abrigo un día.

Por eso habré de encontrarte, padre,
aunque el Olimpo sea sólo un table mítico:
voy a sentarme en las piernas de Dios,
voy a bailarle el lap dance del hartazgo.
Hasta que el todopoderoso tome tu forma,
hasta que su erección omnipotente muestre tu rostro.

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