Un pensamiento sobre envidias

El otro día en el mercado pasé junto a una mujer que le explicaba a uno de sus hijos por qué no debía tener envidia del otro, que también estaba allí junto a ella. La explicación era sencillísima: no debía tener envidia porque a él y a su hermano siempre les compraba las mismas cosas. Por supuesto, estas razones no le bastaron al pequeño. No me cuesta trabajo imaginarme que alguien que crezca con este tipo de discurso aprenda lo contrario de lo que la bienintencionada señora quería: ¿cómo no envidiará después a cualquiera que tenga más que él, o algo diferente que él desea? Además, puede ser increíblemente frustrante para un envidioso así no poder comprar cada artículo de su larga lista de anhelos, como la mayor inteligencia de su hermano, o su suerte, o su audacia. «Pobres hermanos –pensé en ese momento–, si llegan a encontrarse envidiándose por todas las cosas, las que se compran y las que no». Si tuviera uno casi todos los bienes, excepto a alguien junto a él que pudiera llamar «amigo», ¿sería muy diferente su vida de la del peor entre los miserables?

La envidia, una clase de marchitez del alma, es especialmente penosa cuando se propaga en los lazos familiares y amistosos. Con una frecuencia que duele, las familias se desbaratan por quienes no pueden soportar el bien de los suyos. En realidad, acaba teniendo poco sentido llamarlos «los suyos», porque no veo qué siga habiendo de comunidad entre dos que no buscan algo juntos. Y eso es lo que logra la envidia, que alguien odie al otro por su bien, que se aflija –al contrario de lo que uno pensaría necesario para hacer comunidad– cuando no es él quien consigue el provecho. ¿Cómo puede esperarse que haga bien a otro quien no puede más que rabiar cuando no es él quien termina beneficiado? La envidia no sólo carcome familias y amistades, pudre también a la sociedad. Lo llamativo es que haya tanta. Enardece las almas con una fuerza que pocas otras pasiones consiguen, y fácilmente se persuaden los envidiosos de luchar por destruir a quienes tienen «más» que ellos. Quien tiene los ojos enrojecidos por la envidia se siente víctima de injusticia y se levanta con frecuencia contra sus iguales por creer que toda su furia tiene justificación, que está haciendo lo correcto. Nuestras ciudades parecen encismadas con tan tremenda propensión a esta enfermedad como la que tiene la fruta pasada a plagarse. Y además, hay tantas clases de envidia como hay diferentes bienes por los que la gente se encizaña. Tal vez sea más corriente quien se enemista con los suyos por pertenencias, herencias, pleitos de dinero y cosas como ésas –y en retrospectiva estas animadversiones son más tristes por cuanto es mucho más lo que vale alguien que cualquier cosa que pueda poseerse–, pero también hay envidias que pueden resultar mucho más peligrosas: por honores, por amores y por toda la variedad de fines que perseguimos en la vida. ¿De dónde nos vienen tantas penas como éstas? ¿Seremos torpes para esquivarlas, propensos, débiles? ¿No vemos la miseria en que vive el envidioso, o es que nunca podemos autodiagnosticárnosla? ¿Y no será, muchas de las veces, que nos ocurre como al par de niños del mercado y aprendemos, desde bien chiquitos, a imaginar que el placer es un comercio, que nuestro hermano es un competidor y que somos solamente la extensión de lo que poseemos?

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  1. Pingback: Sensacionales nalgadas | Big Band Bloggers

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