Brevas

“¡El universo se está expandiendo!”.
Alvy cuando niño, Annie Hall

¡Feliz Dos dieciséis!

Bendito sea Dios que nos ha puesto a vivir en esta época donde lo que sobra es información. Uno desde chico es (mal) educado por padres que buscan a tientas nuestro bien; por maestros que buscan ganarse su quincena tratando con uñas cubiertas de esmalte rosa y dientes blancos como la Tábula Rasa, de divertir y entretener al más exigente y vulgar de los públicos; por amigos que más que vulgares, son detestables, groseros y malagradecidos; y por mujeres que hacen como que lo quieren a uno para que uno las quiera a ellas más que a uno. ¡Imaginen haber nacido en otro tiempo donde no teníamos la suerte de tener Tuiter, otro tiempo donde la Ciencia no tuviera dibujitos animados que nos enseñaran la Verdad didácticamente en el Discovery Channel o dondequiera que se hable de ciencia, otros tiempos donde nadie nos instruía de los peligros que corre el hombre al tener relaciones sexuales, o el de no aprenderse las capitales de los países, o al tratar de comprender el misterio que es la mujer sin haber escuchado antes hablar sobre el punto G o el Clítoris! Aquellos tiempos llenos de violencia y oscuridad, ya terminaron. Gracias a Dios, ahora una mejor calidad de vida nos espera parada en la esquina con unos tremendos tacones rojos donde cruzan sus caminos la calle Progreso y la avenida Verdad.

Tenemos un montón de información, sabemos de antemano que Dios ha muerto y que todo está permitido. Sabemos desde la cuna que la Ciencia es lo mejor que le pudo haber pasado a la religión y que si no la aceptas en tu corazón, te niegas a ti mismo la salvación y eres un menso (¡Dios guarde la hora!). También sabemos que como todo está permitido hay que conocer (y seguir al pie de la letra) las reglas del juego de la vida. Por eso, desde chiquillos (y entre más chiquillos mejor) nos dan pláticas sobre sexo, que es tan natural como respirar o cagar o vomitar y que no tiene nada de malo hablarlo abiertamente mientras se llamen las cosas por su nombre, porque de lo contrario se vuelve un tabú y los tabús son malos, muy malos, casi tanto como Dios y la ignorancia. La ciencia es bendita entre todas las doctrinas precisamente por eso, porque llama a las cosas por su nombre (y las ilustra con bolitas y palitos), llama pan al pan, vino al vino, al sobaco sobaco y miserable al Destino. En ningún momento niega información, ni mucho menos veta a los saberes por estar fuera de moda, ni censura casi nada, no en estos tiempos donde la inclusión es la bandera con la que navegan los piratas en el asfalto. Al contrario, nos enseña a dudar desde chicos, “no hay pregunta estúpida” nos dicen nuestros maestros con métodos didácticos como los que usaba Cositas: parados de manos mientras latiguean serpientes con su cinturón tejido a base de hilos de colores y diamantina (para que se nos quede bien grabado todo lo que enseñan, porque en eso consiste la Ciencia, ¿verdad? En hacer todo bien simple y animado, divertido y emocionante para que se nos grabe bien dentro del alma y no se nos salga jamás), sin importarles que no sepamos preguntar, sin preguntarse ellos mismos qué vamos a hacer con las respuestas o si preguntamos solo por pasar el rato, o por parecer menos tonto que el compañero de al lado que cree en Dios sin cuestionar, sin preguntarse estupideces.

¿Y qué si cuestionamos el amor, o la amistad? Fácil, la información abunda en el internet y uno, como buen hombre moderno, navega sin rumbo entre las páginas interminables del saber cibernético. Se llena de un montón de información útil, aprende estrictos hábitos alimenticios, revisa los resultados deportivos, despeja sus dudas sexuales y termina viendo pornografía. Nos cuentan desde chicos que el sexo no es malo, que solo necesitamos ponernos un condón y ya estuvo, nos privan del descubrimiento y nos recomiendan que lo hagamos con amor, creyendo de antemano que eso no es posible (sabiendo de antemano que fracasaremos en el intento). Los maestros no se meten en esos asuntos, no, eso es mucha responsabilidad y nada espanta más a la industria del entretenimiento que la responsabilidad. Les basta con contarnos a sus alumnos cuáles son los métodos anticonceptivos mientras saltan por aros de fuego (porque hay que ser didácticos si no, se vuelve imposible el aprendizaje), porque lo único que importa del sexo es no embarazarse, no contraer enfermedades, desas horribles que entre más detalladas sean, mejor le hace a uno saberlas y conocer los detalles (con dibujitos es mejor, para no romper la tradición científica). El amor queda relegado a cada quién, si lo cree uno qué padre, si no, qué padre también (somos bien incluyentes, ¡viva la inclusión!). No pasa nada, en este mundo en el que Dios está muerto y todo se vale, ¿qué más da si terminas con el corazón roto, si evitaste la difícil tarea de contagiarte del VPH? En parte me alegra que se mantenga ese misterio del amor como una experiencia meramente personal y que se le revele a cada quién como la Virgen a San Juan Diego (envuelto en un manto de rosas o a solas en el monte), me preocuparía más que se tratara de legislar bajo la terrible lupa científica, éste que es uno de los últimos misterios que nos quedan. Sin embargo, no está del todo a salvo, no está libre de mancha ni de corrupción, al contrario, hay un peligro latente que acecha detrás de reflectores, maquillaje, sudor y sonrisas hermosas y vive en la magia de la televisión.

Uno puede ver porno, desde lo más tranquilo y cuidadoso como los que dicen que están haciendo arte, hasta las porquerías que es mejor no describir (aún en contra de las sagradas enseñanzas de la época de la información). La pornografía está ahí: en el internet, en los anuncios espectaculares, en las voces sensuales de la radio, en las hamburguesas, en los modelos con labios carnosos que anuncian perfumes, en las muchachas que dan el estado del tiempo por las mañanas día a día sin falta. El sexo nos rodea, nos agrede día y noche con sus sugerentes y ya no tan sutiles invitaciones a practicarlo a toda costa. Todo el mundo habla de sexo todo el tiempo (también de mierda, mocos y otras porquerías, que entre más gráficas sean, serán mejor recibidas por cualquier público) porque a todo el mundo le gusta el placer y además, a estas alturas de la vida, es de tontos seguir con tabúes o llamándole popó a la mierda. La preocupación que me motiva a escribir, no es que el sexo esté en todas partes (bueno, sí, pero ya verán por qué), justificado bajo la idea de que como los niños ya reciben educación sexual y ya usan condones hasta para lavarse los dientes, entonces ya nada puede salir mal, y lo peor que puede salir mal es un embarazo o una ETS, error que rápidamente será corregido por la Todo Poderosa Ciencia. Lo que me preocupa es algo más importante que el sexo: el amor.

Voy a dejar el amor de pareja a un lado, ya se ha dicho mucho sobre él y los psicólogos se pasan toda su infértil vida predicando cómo ser la pareja “sana” (porque sin Dios es absurdo hablar de bien y de mal, sobre todo en lo moral, ¿verdad?) que la humanidad ha soñado. Ya se habrán cansado muchos padres de corregir a sus hijos a la hora de ver el sexo como diversión o entretenimiento, por eso me basta con señalarlo un poco, porque información sobre eso sobra en el internet, en las escuelas y en los psicólogos. Lo que me preocupa es algo similar a la pornografía, que actúa con el mismo poder debelador del misterio sexual y lo vuelve un absurdo circo animal. Lo que me preocupa, no está en la pornografía en sí, pero ésta crea una sombra tan grande que impide ver el mal que ha creado y del que creo que pocos se ocupan.

Me encontraba yo sentado en las oficinas del ahora INE y antes IFE renovando mi credencial de elector y haciendo corajes por la tiranía de la burocracia, cuando no tuve más opción que ver “Venga la Alegría” mientras esperaba a que la imbécil que me sacó la foto me llamara a su ventanilla para darme el sermón de que es mi culpa su mal servicio. No es que nunca hubiera visto el programa o alguno similar. No es que quiera ser bien revolucionario y me oponga a la tiranía de la televisión o a la educación (como dicta la moda). Lo que me motivó a escribir es simple y llana tristeza. En el programa que miraba aparecen un montón de muchachas buenérrimas, casi tan buenas como Remy Lacroix, hombres de traje bien afeitados que sonríen con una pose impecable de triunfo y te hablan mirándote a los ojos. Este grupo de cirqueros, bailan mucho y dicen poco, se burlan entre ellos y conversan entre ellos como si hablaran con la verdad misma, como si hubiera un vínculo genuino de amistad entre ellos y peor aún, entre el televidente y ellos. Hablan como si dijeran algo interesante, algo profundo que todos compartimos y que a su vez todos conocemos, hablan y asienten en poses estudiadas que no tienen otra finalidad que incluir al televidente en la fantasía de pertenecer a ese grupo: al club de los felices. Vamos, sabemos que entre amigos no hablamos de lo que es mejor para nuestra salud. Entre amigos se habla de pedos y mierda, se habla de semen y de vómito, se habla de la peda y la vergüenza que se hace pasar a nuestros acompañantes por nuestra conducta reprobable. Entre amigos se habla de lo que se conoce, no hay un guion y si alguien quiere hablar de diarrea, los demás le harán segunda sin extrañarse de la magnitud de interés que genera este tan recurrido tema de conversación. Y así entre pedos y mierda llegará el momento en que alguno propondrá jugar a lo que jugaron en Venga la Alegría (porque se fue testigo de lo que sucedió y de cómo se veía que se la pasaban bien padre) y los demás accederán de la misma manera, faltando al respeto y a la tradición enseñada por profesores cirqueros de poner todo en duda aunque sea a través de preguntas estúpidas (desas que dicen que no hay), y la fantasía de la amistad se recreará en una torcida mímesis de lo absurdo, del mismo modo en que llega el veinteañero a tratar de recrear una escena pornográfica que vio en la página oficial de SexMex.

Veía en el programa a los hombres y mujeres que apestaban a sexualidad (encubriendo así el verdadero peligro) jugar, organizar una especie de concurso del cuál todos participaban (yo incluido), tomaban un papelito y lo mostraban en secreto a la cámara, me lo mostraban a mí, me hacían su cómplice silencioso, y después el hombre o mujer del papelito, representaba con gestos (el lenguaje universal que no fracasó como el Esperanto) el título de una película sin decir una palabra. Sus compañeros de equipo, adivinaban y festejaban por lograr la meta, y yo festejé con ellos, con los dos equipos, me sentí por un momento parte de la fiesta, parte de esa alegría y comunión grupal, parte de esa amistad acartonada, me sentí distanciado y protegido de la soledad. Pensé en toda la gente que como yo, estaba en ese momento frente al televisor, llena del tedio de la vida cotidiana siendo parte de la mejor de las amistades: la televisada. Pensé en toda la gente que cree que eso es la amistad, que busca jugar como ellos cuando se reúnen, que busca burlarse de quien se tropieza una y otra vez como en los “bloopers”. Y después de tanta pensadera dije: bueno, ¿y por qué quiero yo o alguien tener amigos como esos? No es que estuviera lo suficientemente aburrido, siempre podía ver a la quinceañera que estaba sentada detrás de mí y fantasear con ella, siempre podía ponerme a pensar historias que nunca escribiré porque me superan, medios de entretenimiento hay de sobra. Sí, no traía mi celular conmigo porque no tenía batería, pero vamos, siempre podía platicar con la señora que había pasado el mismo martirio que yo desde el día anterior y que estaba sentada a mi derecha, bromear sobre prenderle una veladora a la foto de la encargada (Lilia Gyssela Martínez Elizalde) del módulo del INE para que aparezca y tengamos con quién quejarnos por el mal servicio (porque nunca está y por lo tanto nunca se encarga del módulo del que es encargada). No necesito amigos con quién adivinar la película (dudo que alguien lo haga), con quiénes festejar que seamos tan listos como para hacernos entender a señas como esos chimpancés extremadamente listos que ya se dan a entender con señas dentro de laboratorios de científicos que no hablan entre sí usando señas, no necesito estar en un grupo de personas que compita entre ellas por un premio inexistente solo para matar el rato. Tal vez no lo necesite, tal vez incluso no quiera tener amigas más buenas que Valentina Nappi, tal vez yo no, y tal vez por eso no veo la televisión por gusto. Sin embargo no puedo hablar por el resto de los televidentes que sí lo desean, que alegran sus días con las ocurrencias de todo el equipo de la industria del entretenimiento, que se sienten identificados con el Estaca y hablan de él como si todo el mundo se hubiera puesto una peda con él y le hubiera vomitado encima por el exceso de risas que compartieron en la ocasión.

¿Por qué querrían ellos (los demás televidentes) tener amigos así? La respuesta me parece que tiene dos caras: la primera de ellas carece de labios y se llama soledad. Yo sé lo que es la soledad y me ha mordido en más de una vez con su fría sonrisa sin lengua hasta nuestro cansancio mutuo. Seguramente los demás televidentes también la conocen. La segunda cara es una que no tiene ojos, que brilla sin mostrar nada y que, sin embargo, nos deslumbra con su estupidez, esta cara es la desdeñada ignorancia que se ha convertido en el nuevo y único pecado capital del cuál debemos huir como si fuera la peste misma. Ahora que la moda (excelente propagandista de la ciencia), se ha empeñado en darnos guías ilustradas para todo, darnos un patrón qué seguir, darnos una esperanza de que tenemos la más remota idea de cómo funciona el mundo; ahora que tenemos ese montón de guías, de información, de educación sexual, ¿qué más da si la televisión sirve de guía para la amistad? ¿Por qué alguien con un poco de corazón se encargaría de tan mórbida labor? El día que comiencen a legislar (si es que no lo están haciendo ya los mercadólogos y los publicistas) el modo en el que debemos amistarnos de los demás, ese día estaremos perdidos y caminaremos largos trechos a una soledad de la que no volveremos jamás. El sexo se puede ir al carajo, total, solo es un ratito y siempre viene acompañado de un tedio postcoital del que nadie habla y del que nadie quiere hablar. Incluso hoy, en la época en que toda la información está al alcance de nuestras manos, en estos tiempos en que se cuentan el número de espermatozoides que contiene cada gota seminal o de los muchos fluidos internos que se liberan a la hora del orgasmo, nadie te advierte (ni lo filman en las películas porno), ni te da una guía de cómo combatir ese tedio en específico, cómo protegerte dese desinterés que nace en las entrañas de todo ser humano después de cada ayuntamiento carnal, y que lo golpea a uno tan fuerte con la dureza de la cotidianidad, que termina por caer noqueado en un sueño profundo (si su pareja se lo permite, claro está).

Vamos lo único que trato de decir con todo esto es que la industria del entretenimiento, sea porno, sea televisión o literatura fina, nos amenazaría menos si no estuviéramos tan solos sin saberlo. Ahora, no me queda más que recomendar que no le digan a la ciencia, porque corren el riesgo de ser tachados de ignorantes y retrógradas, de contreras, necios y pendejos; pero tal vez dar una guía (ilustrada o no) sobre cómo ser amigo, sea imposible para ella (pero no para la televisión). Tal vez (y espero que así sea durante mucho tiempo más) la amistad se mantenga misteriosa y ajena al dominio público (por extraño que esto suene), si tenemos suerte, la televisión tomará el camino del sexo y se empeñará más en vendernos fantasías sexuales, que en vendernos fantasías amistosas que son, por su carácter cotidiano y fundamental, mucho más peligrosas, más íntimas y más perversas. Porque, ¿qué es la amistad, sino el principio del amor?

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