Aprender a callar

Llega la silenciosa noche, nos tumbamos en el sillón mullido, y encendemos la televisión para que la voz de un periodista –según el gusto de cada quien– comience a darnos cuentas de los sucesos mortales del día, o de quien se peleó con quien, o de quien ya no tiene amigos influyentes, noticia que no sería nada sin la imagen del siniestro, suspiramos hondo y nos callamos gracias al impacto que han recibido nuestros ojos y oídos. ¡Malditos!, dirá uno, cada día estamos peor, suspirará otro, después de lo cual callamos otra vez.

Y es que hemos aprendido tan bien de nuestros profesores, que no se nos puede culpar por callar. Callamos porque algo nos ha impresionado, algo con su fuerza nos ha dejado sin palabras. ¡Cállate y no hables –le dice el profesor al alumno– para que pongas atención! Es la voz enérgica del profesor, junto a sus ademanes exagerados, los que han disminuido una voz. Ahora el alumno sabe que aprender es estar callado y que la educación está en manos de quien tenga una voz fuerte para rebajar al otro. ¿Cómo hablar en tal caso? Hay dos posibilidades: una es hablar (con miedo) esperando que el otro no nos calle; y la otra es la que efectúan los más listos: hablar con la voz de un especialista o escritor, así cuando llegue el reproche por su participación, podrá decir: ‘lo dijo el otro que no soy yo’.

Pero acaso hayamos entendido mal a los profesores, ellos no buscan que bajemos la mirada o el ánimo de aprender, lo que ellos buscan es que guardemos la lección del día. Guarda silencio, no anotes, escúchame a mí, le pide algún maestro al estudiante, y es que sólo guardamos lo más valioso, lo que más nos importa, y lo que más le importa al estudiante es aprender. ¿Qué no hemos visto que por guardar lo más importante se producen guerras? Sí, precisamente por esto necesitamos toda la fuerza posible; al acto de poner toda la fuerza del espíritu para guardar silencio, se le ha llamado contemplar, lo cual no sería posible si la fuerza de lo cotidiano o de los profesores no nos alertara de algo importante.

A la mañana siguiente, después de leer el diario, después de guardar silencio, quizá comencemos a notar que sí tenemos algo que decir.

Javel

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