Dos de marzo no se olvida

“Y otra noche más tú querrás soñar pero la más pura soledad no se cura con champán y cocaína”
—Nacho Vegas 

Hace unos ayeres comenté en este mismo espacio un problema que me aquejaba a la hora de escribir, sigo sin resolverlo, pero me gustaría volver abordar el tema porque sí. Porque sí hablamos todo el tiempo y normalmente no pedimos mayor motivo ni causas (ni a nosotros mismos ni a los demás) para decir lo que decimos. Simplemente abrimos la boca y tiramos un sonido como lo hacen los lobos al anochecer. No importa si uno está en la cola de las tortillas, aburrido formado en la fila para tomarse la foto en el INE o en el cine viendo softcore en cincuenta matices. El hablar es un don divino y habemos muchos enamorados del logos, aún sin saberlo, aún sin siquiera poder decir algo que haga honor a este amor. Hablar ayuda al hombre a callar al silencio, ayuda a ahuyentar a la soledad y más bien que mal, resulta una breve aventura entablar una plática con un extraño, no importa si se le encuentra en el metro o en el microbús, uno habla y el otro está obligado a escucharlo (ya después se verá si tiene suficiente interés o tedio como para seguir intercambiando palabras que no tienen mayor relevancia en la vida de los platicones). No hay mucha educación acerca de esto (sí ya sé que hay un montón de libros de oratoria, retórica y que a las Geishas les enseñaban a entablar una buena conversación antes de instruirlas en placeres más vulgares), a lo que me refiero es que uno aprende a hablar por obra divina e inmediatamente empieza la larguísima aventura de no cerrar la boca jamás, sin importar que esté uno molestando al prójimo o asediando jovencitas, uno habla y habla y no se calla. Vean a sus madres, vean a sus vecinas y a las señoras que se encuentran a diario a la hora de ir al mandado. Vean a las personas que abordan el trolebús cuando coinciden con uno para ir a trabajar (yo conozco más de una historia de amistad que comenzó así, en el trolebús) y se darán cuenta de que el fino arte de la conversación (y poderoso recurso bélico dicen por acá) no está reglamentado. No hay educación (Bendito sea Dios) sobre cómo hablar, sobre cómo no incomodar y sobre cómo agradar, porque de haberlo, la palabra se volvería un terrible instrumento de entretenimiento. De haber una educación para charlar, habría menos gente hablando de mierda (literal, a la gente le gusta hablar de mierda, y es tan común que casi no nos damos cuenta), habría menos gente hablando del clima o de lo que hace otra gente en la tele (programas de entretenimiento, no telenovelas las telenovelas son otra cosa más fina).

Bueno, lo que vengo a explorar queridos lectores, no es si la tele educa o si hay educación lógica (para el uso del Logos entendido como palabra). Tampoco me interesa mucho hablar sobre política o criticar al grueso de la población por hablar de desechos humanos (quedando así yo, como un intelectual bien pinche listillo, jojojo). No, lo que me interesa tratar aquí es contarles (ya verán por qué) cosas que pienso, así, nomás por matar al silencio y ahuyentar a la soledad, que aunque uno no quiera, van de la mano un par de pasos atrás de la palabra. Hay mucha diferencia entre hablar por entretener y hablar por no sentirse solo, creo que es un tanto obvia la diferencia, pero no por eso voy a dejar de señalarla: cuando se busca entretener, se puede hacer de todo, desde bailar hasta llorar, el punto es servir a otro, o que el otro nos sirva, como cuando las mujeres están aburridas y buscan pleito para pasar el rato, o como cuando los hombres están aburridos y llaman por teléfono a una escort con la misma finalidad. En ambos casos se busca el entretenimiento, el hacer a un lado (y olvidar por un momento) el continuo y pesado paso del reló, que nos lleva arrastrado entre sus patas (o manecillas) con él hasta la muerte, a través de utilizar el tiempo de otro a capricho nuestro. Cuando se busca compañía (ahuyentar a la soledad) bueno, uno está mucho más dispuesto a no imponer su voluntad sobre el otro, así mismo el otro tampoco busca imponerse sobre uno. Creo yo, que ahí está la distinción (muy burda y muy a grandes rasgos), pero servirá para abordar mi tema. Es sencillo hablar con la gente, y es más sencillo que se disfrute de estas charlas, de esta comunicación y los dos participantes normalmente quedan satisfechos. Decía una amiga por ahí que disfrutaba más de una buena plática que de un buen polvo, tal vez le dé la razón, porque después de una buena plática no se acerca de nuevo el tedio a latiguearnos las espaldas en su insistente y malsana rutina. Pero lo que mi amiga nunca me dijo, es, ¿qué chingados es una buena plática? Pareciera que una buena plática es aquella que nos entretiene, o una que nos educa, o una que es de utilidad. Yo no sé qué es una buena plática, de hecho hasta dudo que se pueda tener una plática (ni buena ni mala) con la mayoría de las personas. Vamos, fuera de hablar de mierda o de hablar del clima, rara vez uno expresa cosas que quiere expresar. Ese es el punto que quiero tratar aquí: ¿con quién se puede hablar genuinamente? Cuando digo genuinamente no quiero entrar en problemas Heideggerianos de autenticidad, o en tonterías similares. Cuando digo genuinamente, me refiero a poder decir lo que pensamos, no importa si esto es hablar sobre mierda, o hablar sobre el clima. La mayoría de las mujeres que he conocido se quejan todo el tiempo, (desde mi punto de vista) hacer eso es hablar genuinamente, hablar de sus sentimientos, miedos y esperanzas, y eso no lo hacen con cualquiera, eso lo tienen reservado para personas muy específicas, incluso hay veces que se lo niegan a su propia pareja o a su marido. Hablar de lo que piensan se lo tienen reservado a sus amigos, y las mujeres son muy quisquillosas para decir quién sí y quién no es su amigo de verdad. Si no me creen, pregúntenle a una quién de sus conocidos es su amigo y serán testigos de una depuración finísima y muy cuidadosa. Bueno, el punto es ése, en un principio se podría creer que solo podemos tener una charla genuina con los amigos.

Uno puede llegar con la comadre, con la vecina y hablarle del tiempo o de sus perritos. Uno puede llegar con una nena hermosa en la calle que trae paseando a su chiguagüeño envuelto en un suetercito para que no le de frío y hacerle la plática sobre el perrito para después conseguir su teléfono y llevarla a la cama. Uno puede preguntar sobre cuánto tiempo lleva formada a la chica de enfrente de la cola del INE nomás para matar el tiempo, pero uno no pude llegar con cualquiera y decirle que la Benicia tiene los pezones como castañas pilongas. Y es que entre más lo pienso más me asalta la siguiente duda, ¿a quién chingados le interesa que el tirano de Metaponte murió derrocado por el valor que nace del amor o a quién que el Matiítas haya muerto al dar a luz al hijo bastardo de la revolución, o a quién más le importa si el Rey Cirilo de Inglaterra existió siquiera, cuando todos ya conocemos su terrible muerte? Dejen a un lado que todo eso me lo haya inventado o lo haya leído por ahí en un librejo o en un panfleto que me encontré tirado. Lo importante es que quiero hablar de eso, pero, ¿con quién se puede hablar así? ¿Con quién se puede hablar de eso? Una posible respuesta es con nadie. Vaya, con los amigos uno puede tocar temas muy íntimos, y con la pareja otros todavía más,  dice una mujer que viene de una costa con nombre de flor, que los novios se cuentan todo, todo: si tu pareja no sabe que tienes hemorroides, entonces no la amas de verdad. Pero, ¿con quién chingados uno puede hablar sobre las putas de la casa de la Parrocha? ¿Cómo llega uno a decirle a alguien (sea amigo, esposa o amante) que se siente embelesado por que acaba de enterarse de que lo recto es aquello cuyo medio yace enfrente de ambos extremos? ¿Quién está dispuesto a escuchar que el fuego no tiene partes o que refuta la existencia del alma, o que solo es el fenómeno de luz y calor producido por una reacción química? — cosa que nos oscurece más  lo que el fuego es y no ayuda en nada saberlo —  ¿A quién le puede decir uno que cuando mataron a Lázaro Codesal al pie de una higuera desapareció la raya del Cerro? ¿Con quién puede abrir uno el alma y decirle que cree que Raquel es la mujer más hermosa de todo el antiguo testamento? Vamos no es porque tus amigos, o tu pareja no conozcan lo que te gusta, o no les emocione lo que lees, o lo que escribes. El problema es que uno quiere hablar sobre lo que le gusta (y no solo yo), el problema es que uno está enamorado terriblemente de la palabra y lo único que puede hacer es hablar, no importa aquí (como no importa en el amor verdadero) que no haya quién lo escuche, quién le corresponda o quién quiera continuar la conversación aunque no entienda de qué coño se está hablando. Una de las caras de la soledad es esta, la más burlona. Uno no puede hablar con todos de lo que quiere hablar (ni siquiera con los amigos), uno no puede tener la confianza de andar diciendo que “México no es un país, porque para serlo necesitaría tener una política que no pidiera chingadazos para existir”. Esta es una cita que un buen amigo me dijo que otra persona le confió así sin más en una charla cualquiera. Lo que me sorprende es, ¿cómo uno dice cosas así? O bien está esperando que el otro va a entender lo que uno está diciendo, o que al menos va a tomarlo sin extrañarse de cómo una sentencia bien elaborada, compleja y bien profunda está sin más preámbulo dentro de una plática cotidiana. Vamos, la sorpresa que me nace es pensar que o uno está suficientemente solo como para andar soltando estas cosas a los amigos, o uno está suficientemente confiado de que los amigos tienen la mejor de las disposiciones para la amistad.

Con esto no quiero decir que uno esté condenado a no hablar nunca, o a que no hay tal cosa como comunicación verdadera o que uno no tiene nada qué decir. Esos problemas sonsos no me ocupan, ya hay demasiados filósofos creyendo esto y hablándole al aire, hablándole a la soledad y al silencio que ellos mismos defienden. Lo que quiero decir con este texto, es que esta es la razón por la que escribo. Ya les había adelantado en una entrada anterior, que la única finalidad que tengo al escribir, es ser leído, bueno quiero complementar aquí que escribo porque no confío en tener a alguien con quién hablar. Escribo porque no puedo decir lo que quiero decir con mucha de la gente cercana a mí, no porque no los quiera o no los aprecie, simplemente no se pueden decir muchas cosas que se quieren decir, así sin más, nunca es el momento adecuado o no hay interés o no hay disposición ni de uno  ni de los demás. Uno quiere hablar, quiere tocar temas, hacer como que no está solo en el mundo, inventarse el cuento (y contárselo a uno mismo hasta creérselo sin dejar lugar a dudas) de que no hay un silencio enorme envolviendo a la humanidad que le impide sacar lo que lleva dentro. Uno quiere hablar y decir burradas una y otra vez aunque a nadie le importe, aunque nadie se entretenga con ellas, aunque nadie quiera escucharlo. Cuando uno se da cuenta de esta terrible soledad, que impide con sus miles de manos que la palabra escape de nuestros pechos, entonces, un enamorado de la palabra, no tiene otra salida que hablar con el papel (aunque éste sea electrónico).