La carta (segunda parte: la decisión)

Con reflexiones semejantes a las anteriores, aunque sin el orden que se llega a mostrar en la escritura, se revolvía Esteban por toda su cama; unas veces miraba el techo de su compartida habitación, otras miraba la foto de su última pareja, a veces se flanqueaba la inquieta cabeza con sus dos almohadas pretendiendo dormir, pero no podía hallar la respuesta. Quizás en eso radicara su error, en buscar afanosamente una respuesta.

Había recibido, el inquieto joven, muy pocas cartas, podía contarlas rápidamente y recordar íntegramente el contenido de cada una, los trazos, la personalidad de quienes las habían escrito y hasta la última ocasión en que vio a cada una de esas personas. Recordaba, por ejemplo, aquella vez en la que se desveló platicando y riendo sinceramente (con lo que pudo reflexionar largamente sobre el tiempo). Mas la reciente misiva lo puso a reflexionar sobre todo lo que era capaz. Al menos eso creía el mismo. Lo evidente era que no podía dejar de pensar en otra cosa que no fuera la carta y todo lo que ello traía consigo. Había que responder. Necesariamente tenía que responder. También podía dejar la respuesta para cuando el clima mejorara o él lo hiciera mejorar (cuando esta idea le pasó por la cabeza, no pudo contener una ligera y tranquilizadora sonrisa).

Sabía que su contestación, a las varias e importantes páginas recibidas en un pequeño sobre cremoso, no sería como dar un like, escribir con medida o dejar un comentario casi anónimo. ¿Por qué no podía ser tan fácil?, ¿por qué la vida tenía que ser tan difícil? ¿Realmente lo era o sólo se lo configuraba así? ¿Por qué no podía desinstalar sus sentimientos? (nuevamente volvió a reír, afortunadamente reía).

Conforme reía se iba tranquilizando. Haya sido porque su risa le tranquilizaba el pecho o por el tiempo que se había mantenido pensando, pudo atrapar una nueva y esclarecedora idea: “si no fuera por estas situaciones, no sabría quién soy”. Realmente se sentía agradecido por haber agarrado la idea antes de que cayera, pues en el suelo se habría tardado en verla y atraparla. “Tal vez a esto se referían mis abuelos cuando hablaban de madurar. Qué estúpido fui al creer que ellos estaban podridos; ellos sí sabían escribir cartas. Hubiera podido aprender a responderlas en su compañía”. Justo en el momento en el que casi rompía a llorar, volvió a ver la carta posada encima de la mesa como si lo estuviera esperando con tremenda paciencia. Se levantó de su cama con movimientos tranquilos. Al llegar a la mesa miró la carta durante algunos minutos, cuidadosamente la tomó y la leyó tres o cuatro veces. No, no estaba equivocado, quería y debía responderla. No sólo se trataba de escribir unas cuantas letras, poco pensadas, que formaran palabras con azaroso sentido; la respuesta debía contener cierta audacia, pero mucha claridad, una decisión que marcaría un camino poco inusitado (quizá nunca recorrido).

Una vez que hubo meditado sus palabras el joven, tal vez adolescente, Esteban, fue por papel color crema, dos plumas y un sobre. Comenzó a escribir. Tardó toda una tarde en terminar casi tres páginas (afortunadamente con pocos borrones). Leyó la carta tres o cuatro veces y volvió a sonreír.

Yaddir

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