Un amor puro

La lluvia arrecia… no importa, estoy tranquilo, nada me detiene. Apenas me enteré de su regreso salí corriendo a verla. Recuerdo cuando nos conocimos, ¡cómo olvidar el momento divino! Desde el primer minuto adoré su rostro, esa mezcla de rasgos que hacía que conservara esa imagen infantil. Quedé embelesado por sus ojos de ternura, su naricita de inocencia y las gotitas de chocolate en sus mejillas. Nuestras pláticas eran fugaces, mi timidez no permitía que muchas palabras se cruzaran. Me consolaba con escuchar su risa de chiquilla a lo lejos.

Fuimos creciendo juntos y debo decir que la madurez no la afectó. Ni su espíritu de alegría consiguió marchitarse ni pudo perder esa belleza pueril. Por fin nos acercamos más, fuimos privilegiados con la confianza y cariño. Tengo muy presente un momento. A punto de dirigirnos a la universidad, ella no pensaba en otra cosa más. Sentía como si esa decisión definiría el resto de su vida. De alguna manera se vio afectada por lo que le decían a su alrededor: «ya no eres una niña, debes tener tu cabeza en asuntos más importantes, en ti misma». Y ella les creyó. Madurar significaba olvidar los chistes y niñerías, ahora debía comenzar a preocuparse por el pan. Recuerdo que yo la acompañé a una entrevista para la universidad. Ella estaba sumamente nerviosa, lo reconocí por su rostro afligido. Quería verla feliz, la apreté con tanto cariño. Después de unos segundos incliné mi cabeza y me di cuenta que ella estaba dormitando. Su respiración me fascinaba, no sé si por la lentitud con que sucedía o por sus hermosos pechos que se acercaban en cada inhalación. Adoraba cómo éstos eran de piel tostada, un color que despierta la pasión. Mejor aún al verlos en época de frío: sus poros relucían en la piel, en cuestión de segundos varios puntos inundaban los pechos perfectamente redondos. Ello no era flaqueza, la firmeza persistía, continuaban siendo hermosos, tan perfectos, como si fueran un peñasco resistiendo a los golpes de una catarata, eran la cuna de la vida, de mi vida… Ahí descubrí que la amaba.

Este ardor especial crecía. Ya fuese que sintiera envidia por sus novios o coraje cuando era lastimada, yo sufría. Mi alma se exaltaba y me sentía vivo, en euforia o sufrimiento. ¡Yo la amaba! Y no era mía. Debo mantener la compostura. Ese camino de sufrimiento lo recorría en lágrimas y humillaciones, incluso llegué a ser burla de muchas personas. Pero no importaba, mi amor por ella justificaba todo. De hecho el peor dolor no tuvo nada que ver con aquellas personas, su daga clavó más hondo. En algún momento se hartó de mí, detestaba que me inmiscuyera en su vida. Yo tenía buenas intenciones (créanme, por favor), sólo quería estar a su lado. Ella era digna de admiración y yo me moría por alabarla.

Puedo parecer pusilánime, pero mi amor por ella justifica todo. No me arrepiento de mis lágrimas, al menos me di cuenta que soy capaz de llorar por una mujer. Díganme, ¿quién no ha sido víctima de un sentimiento tan elevado? Nada importa después de hoy. Sus años de viaje no han podido apagar este amor ardiente. Muy dentro ella siente lo mismo, los dos nos sinceraremos y liberaremos nuestra pasión. Estará en mis manos y la llenaré de besos, por todo su cuerpo, a lo largo de su piel. ¡La tocaré y será mía por primera vez! ¡Todopoderoso, no me culpes! Ten compasión de mí, ¡yo la amo! La tormenta arrecia, mejor me apuro, hoy estaré con ella.

Bocadillo de la plaza pública. Quien dispara al aire nunca sabe dónde terminan las balas perdidas (¿o no le importa?): http://www.milenio.com/estados/hijos-comer-circos-Tizayuca-tigres-animales-ley-vida-silvestre-ingresos-crisis-PV_0_476352374.html

Señor Carmesí

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