La Casita del Horror CCXVI

                                                                                                                                                                                                      Benditos paganos
                                                                                                                                                                                                     —Homero Simpson

¿Por qué los gringos le tienen miedo a las casas embrujadas? Los fantasmas también existen en la tradición mexicana, sin embargo, siempre existen allá afuera, nos acechan desde la sombras como los lobos o como el futuro. Si hay algo así como una casa embrujada, aquí en México, es porque un fantasma se metió, no porque la casa viniera embrujada (salvo Cañitas, que como es inventada, es la excepción de la regla). Imaginen un multifamiliar con fantasmas en el departamento 216. ¿Será posible que se limite a asustar solo a los habitantes de ese reducido espacio de veinticinco por veinticinco sin tener la necesidad de subir al piso de arriba o de bajar? ¿Existe tal cosa como arriba y abajo en el mundo de los fantasmas (gringos)? Debería porque de lo contrario, bien podrían subir o bajar en un multifamiliar, luego los fantasmas poseen algún tipo de sentido de orientación (tal vez tengan un GPS integrado en su piel ectoplásmica). Bueno el punto es que en cuanto a las películas de terror gringas, siempre tratan de que una pareja despistada termina mudándose a una casa que trae un inquilino indeseado, puede ser un fantasma un demonio un duende o un hada que les hace la vida imposible durante un ratito hasta que se los carga. En cambio, en las historias de terror mexicanas, el miedo no se encuentra en nuestro hogar tomándose una cerveza mientras estamos lejos esperando sorprendernos a la hora de nuestro regreso. No, el peligro sobrenatural está en los caminos y no en el cruce de caminos como reza la tradición gringa (hablo de los gringos porque lo he visto en un montón de películas y series, pero sospecho que la tradición de los demonios de los caminos es un uso forzosamente europeo) al que le vendes el alma una noche de luna llena enterrando una fotografía tuya en el mero centro donde coinciden las cuatro o cinco sendas que llevan a diversos caminos, mientras rezas una canción y bailas levantándote las enaguas (porque esos ritos se hacen con enaguas si no, no funcionan). En la tradición mexicana los fantasmas son almas en pena que no tienen un lugar al cual asirse y caminan (¿o flotan?), hmm, andan de un lado para otro. Más de uno cuenta la historia de un pobre hombre borracho se topa con una mujer que tiene cara de caballo y va vestida de novia a mitad de la carretera; o cuando los alaridos de la llorona lo despiertan a media noche a uno, solo basta asomarse por la ventana para ver a la pobre llorar por sus pequeños ahogados. Los fantasmas en México son una especie de espectáculo, recuerdo cuando mi primo de unos cinco años se levantaba en la madrugada y se salía a al patio a jugar; mi tía nos contaba que ella lo encontraba porque escuchaba ruidos y el niño le decía que había salido al patio porque un gato (por supuesto era un gato fantasma o alguna suerte de demonio felino) le enseñaba juguetes y él quería verlos. ¿Qué clase de juguetes le mostraría? ¿Serían alguna cosa extraterrenal? ¿Cómo son los juguetes de los fantasmas, cómo sabía mi primo que eran juguetes? ¿A qué juegan los fantasmas? Vaya, sea real o no esta historia, nunca me ha dejado de parecer fascinante tratar de imaginar una respuesta a todas estas preguntas. Sin embargo, la traigo al tema porque muestra perfectamente que para nosotros los mexicanos los fantasmas están allá afuera (en el patio).

Hay algunas veces en las que suenan objetos, se escuchan que mueven sillas en la sala de mi casa o incluso se escuchan risas, cuando mis abuelos (que en paz descansen) vivían, decían que eran difuntos, porque cerca de mi casa hubo muchos que murieron a manos de bandidos y maleantes que, como los fantasmas, también abundan en mi colonia. Mis abuelos nos contaban, no solo a mí sino también a sus hijos (mis tíos, pues), que eran almas en pena que querían olvidarse por un momento de estar muertas, pero que no les pusiéramos mucha atención y volviéramos a dormir (dejando a un lado el hecho de que querían que los dejáramos descansar y paráramos nuestras burradas infantiles, las historias para explicar los ruidos me parecen bien bonitas). No había, al menos en esta experiencia, peligro alguno por parte de lo sobrenatural. Los fantasmas del pedazo de tradición que me tocó vivir, son más como visitantes, y los sustos no pasan de encontrarte a un hombre desconocido o a un niño (también desconocido) con sus pantalones cortos y una boinita de tela desa que tiene cuadros plasmados, corriendo por tu sala mientras tú estás en plena duermevela. De las varias historias de miedo que he tenido suerte de escuchar (mexicanas, por supuesto, de ranchos y demás lugares alejados de la ciudad donde todavía creen en esas cosas pasadas de moda, superadas por la ciencia), el terror no pasa de ser un mero espectáculo indeseado, algo así como despertar un día y encontrar tu cuarto inundado de una luz roja (cosa que me sucedió cuando la loca de mi vecina se le ocurrió que sería buena idea vestir sus ventanas con cortinas rojas y dejar la luz de su buró prendida toda la noche). Vamos, una vez mi abuelo me contó que había visto al Diablo, y éste, sin más, les puso una tremenda madriza (a él y a mi tío Celedonio que en paz descanse) que jamás olvidó. Hablando de tradiciones sobre naturales. no puedo dejar pasar a las brujas. que son otro cuento. En las películas gringas las brujas casi siempre son negras que se trajeron de áfrica (donde nacieron Adán y Eva según algunos, y que también eran negros según otros racistas) para esclavizarlas y pos siguieron con sus prácticas paganas aquí en América, el continente favorito de Jesús. Las brujas mexicanas no son negras, algunas serán prietas, otras morenas, otras güeras, eso es lo de menos. Las encuentras anunciándose en papelitos que te regalan en las esquinas o en la televisión. Mi bisabuela era famosa en su pueblo por soltarle dos cachetadas a la bruja del pueblo sin recibir castigo alguno, y eso que esa mujer podía volverse una bola de fuego y cruzar el cielo para posarse sobre el cerro más cercano donde se movía de una manera distinta a la que tiene el fuego por naturaleza (nuevamente nuestros espantos aquí son espectaculares, ¿sí ven?) o transformarse en guajolote a voluntad, del mismo modo en que lo haría el nahual que se convertía en coyote o en algún animalejo desos que se comen a las gallinas y a los borregos. Pero eso sí, la brujería aquí en México pone a temblar hasta al más ateo de los hombres. Conozco a un tipo duro, que a diferencia de mí, no cree en fantasmas, en demonios, en brujas o en maldiciones; es muy centrado y bastante cuerdo la mayor parte del tiempo, maduro responsable y trabajador, es un tipazo. Pero está convencido de que la locura de su costeña esposa (locura certificada por los honorables psicólogos del IMSS, que comparten el súper poder de todos los psicólogos de distinguir la locura de la cordura) es producto de la brujería. Bueno, si no me creen, hagan como yo y tírenle patas de pollo quemadas con un huevo a la puerta del vecino y verán que no tarda en colgar sábilas con moños rojos en la entrada de su puerta. Pongan alguna cosa rara amarrada de listoncitos de colores y plantitas o huevos (los huevos les gustan mucho a los brujos mexicanos) enfrente de cualquier casa y vean cómo se vuelven locos creyendo que están siendo víctimas de un ataque de brujería, para el que no hay escape ni protección mas que más brujería (y casi nadie quiere hacerla porque hace llorar al niño Jesús). Sin embargo, la brujería ataca cosas ajenas a la casa de uno, la brujería (aquí en México) sirve para que a aquél que está tan sonriente, se le acabe el trabajo, lo deje la mujer y se tire al vicio; ayuda a que aquella domine al galán que la hace suspirar sin importar que tenga un diente podrido y le falte una mano. La brujería mexicana mueve las fuerzas del Caos, pero nunca, nunca, nunca pone el peligro dentro de casa. Cuando uno tiene pesadillas, es porque agarró un aire en el camino, no porque la vecina esté picándole los sueños en su muñequito vudú. Los fantasmas mexicanos vagan por los caminos, sin hogar, pero pareciera que saben lo que es el hogar y respetan el ajeno, o al menos así me parece.

En cambio, los gringos son otro cuento. Los fantasmas no solo se aparecen o bailan descabezados a sus espaldas sin que ellos se enteren, no, también atentan no solo contra su vida, sino contra su alma (la vida y el alma de la víctima de sus sustos, no la del propio fantasma). Las casas embrujadas de las películas me llaman mucho la atención porque me hace pensar en la naturaleza gringa que es errante, volátil. El terror no se queda fuera de casa, en forma de charros negros que te esperan al final del camino y que nunca alcanzas a tocar. No el terror gringo te espera debajo de tus sábanas, debajo de tu cama, en el armario, en la cocina, detrás de las paredes y hasta en tu sala. No hay lugar donde se pueda sentir uno a salvo, los malvados fantasmas gringos viven hasta en la tina de baño. ¿Cuántos de nosotros no hemos visto al menos una escena donde una mujer está bien contentita bañándose y de repente, ¡zas!, le jalan las patas y la ahogan? No hay paz para el ciudadano gringo, ni siquiera en su propia casa. Eso o sus fantasmas son más terribles, más invasores, tienen menos respeto y poseen reglas muy bien establecidas acerca de lo que es la propiedad (privada) y bajo qué lote queda limitada su maldición. No recuerdo haber visto una sola película (o serie) en la que el fantasma de una casa se confunda y vaya a espantar al vecino creyendo que está todavía dentro de su propiedad. No, los fantasmas gringos quedan condenados a un pedazo de tierra (y no porque su cuerpo esté ahí enterrado o emparedado o embaulado o flotando en un alambique lleno de cloro), yo creo que es porque eso de la propiedad se les queda grabado en el alma, ¿y qué más hay en tierra gringa sino fantasmas gringos? ¿Qué cosa es más gringa que la propiedad privada? Si me preguntan a mí  por qué los gringos le temen a las casas embrujadas, les respondería sin temor a errar que a lo que de verdad le temen los gringos es al hogar, ya que se saben extranjeros (por no decir invasores) en su propia tierra.

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