A propósito de la primavera

A propósito de la primavera

A muchos nos indigna que la política mexicana parezca el teatro del absurdo, o una novela de televisión. Nos indigna, decimos, ver que en las candidaturas haya hombres que no gozan de prestigio o de experiencia política. Ante la amargura que produce vislumbrar la famosa semejanza entre la política y los circos, ante el espectáculo, nosotros armamos muy bien otro tipo de telenovela: el drama que surge de la lamentación por la efectividad que se anhela en el ya clásico “por eso estamos como estamos”. Ello nos arrastra, no sin cierta naturalidad, a dramatizar nuestra búsqueda de identidad con el sambenito del agachado, del pobre y del subdesarrollado, todo lo cual produce bajeza moral, apego a los instintos: infelicidad.

Darse el aire de civilizado, lo cual hemos hecho más de una vez, envuelve siempre una ambigüedad que me deja absorto: el devaneo y la caricia de lo que nos otorga, según, la posición privilegiada del juicio, que es la educación progresista. El paraíso del cual provienen esos altos soplos fue moldeado a partir de un mito tan grande como el firmamento, que es el del bienestar burgués. Es decir, generalmente degradamos a los “vendepatrias” por ser inefectivos para el progreso y por estorbar, con su corrupción y su deshonestidad al florecimiento de nuestro país. El otro lado del argumento es que la paz material que buscamos no se encuentra porque lo amargo de la experiencia política proviene de lo cotidiano de nuestras relaciones más inmediatas.

Querer resolver la crisis espiritual con una revolución de tweets bañados de nuestra indignación no hace la discusión pública, sino que encubre nuestro amor al mito del bienestar burgués. La mímesis del intelectual progre destruye más de lo que podría edificar, pues está velada por un pudor más tenso, fuerte y mezquino que el de los vilipendiados puritanos: el pudor que produce el mito del bienestar burgués, lo incuestionable del progreso como meta, y del placer que promete. Con ese ritmo tan acelerado, tan vanguardista, la simulación del hombre culto se echa la soga al cuello al deplorar lo esencial para la comprensión de los problemas políticos: la experiencia de la naturaleza humana, con todas sus dimensiones; digo que destruye eso, porque, precisamente, lo que vemos con las guerras armadas de internet es, en vez de liberación intelectual, lo contrario.

El mito al que aquí hago referencia es un problema digno de pensarse, pues es nuestra máscara más grande. Es cierto: la realidad política del país no concuerda con los calores de la primavera, sino con los del más ridículo desierto. La revolución, no obstante, es otro mito burgués. La cultura no es un arma, sino una palabra que, desde su significado, está en relación con las artes de la paz y el fruto trabajado de la tierra. Ella no funciona, estoy convencido, si no se entiende, básicamente, como conversación. Y entenderla como conversación es entenderla, sobre todo, como vínculo entre hombres naturales. La queja y el lamento son vacíos cuando ellos no nos hacen llegar a notar los abismos de nuestro espíritu conformando la experiencia privada y pública que se entreteje en toda comunidad, sólo destruyen la posibilidad de dicho entramado, antes bien, la pervierten. Eso, sin embargo, no es el drama de la efectividad y la infelicidad burguesa, sino que pertenece a la posibilidad de sostener una conversación, que, hasta donde sé, no se hizo para ser práctica como los remedios caseros. No sanemos los absurdos del espectáculo con el ridículo drama del barbarismo burgués.

Tacitus

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