La llegada de la caravana

«Ay, ¡pobre hombre! Me apena muchísimo lo que le ocurre. Supongo que no ha tenido descanso desde que supo la muerte de su hijo, su cara muestra lo duro de estos días. En medio de este suceso supe que se ha lanzado a encabezar un movimiento social. He escuchado sus discursos y me parece un hombre cuerdo. Por ello es una lástima lo que quiere hacer. Tiene tan buenas intenciones en un país como el de nosotros. México es corrupto. Así somos y seguiremos siendo. Me da lástima porque sus buenas acciones nunca lo llevarán a nada. Perder a su hijo lo convirtió en un pobre soñador. Aun así, nadie lo detiene para pelear por sus derechos (está en su derecho, ¡ja!).»

«Amanecí y me enteré del terrible suceso. Lo recuerdo perfectamente. No sé qué fue lo que me causó mayor impresión: pudo haber sido la sangre que volvió a correr o el hecho de que la desgracia ocurriera en un personaje cultural. O incluso pudo haber sido escuchar la gravedad en la voz de aquel hombre, pocas veces he sentido ese pesar en las palabras de alguien. Nunca había escuchado que una persona pública insultara a los políticos con tanto dolor y desesperación. La tragedia estaba encarnada en ese hombre. Posteriormente todavía me impresionó más el contenido de sus discursos, ya fueran proclamados o escritos. Sus palabras eran bastante reveladoras, ellas me hicieron ver la situación difícil y miserable que vivimos. De igual modo me mostraron un mundo desconocido y casi caduco para mí: el cristianismo. Hasta él pude darme cuenta que la vida dedicada a Dios no se limitaba a una convicción, asumir la fe involucraba el modo en que vivimos. Más allá de haberse acercado a las víctimas o haber conseguido una respuesta de las altas esferas, ese hombre pudo mostrarnos que la enseñanzas de Cristo aún son pertinentes.»

«Me sorprende el alcance que puede tener un arrogante. Pudo derrotarme: yo creía que nada podía superar ese beso de fanfarronería ocurrido en Chapultepec (¡ay, Maximiliano, te retuerces en tu sepulcro ante nuestros ridículos!). Nadie imaginaba que se atrevería a integrarse a las filas de los desestabilizadores, hasta ahora muestra su verdadera cara (en una extrañeza coincidencia con el berreo de los maestros, ¿verdad?). Estoy preocupado y harto de su búsqueda por la justicia, esa persecución por la fama terminará por perjudicarnos. Pedir el voto nulo no sólo resulta un síntoma de apatía política, en realidad es un atentado a nuestra democracia naciente. Sé que varios de ustedes me replicarán que lo que afirmo es una vil mentira, que hablo de manera muy ingenua al tener esa esperanza con el PRI en el poder. Sin embargo me gustaría insistir en el hecho de que estamos en el proceso de aprendizaje de la ciudadanía, es decir, estos quince años nos han enseñado los errores y aciertos posibles en el ejercicio electoral. Cada triunfo de la democracia es un triunfo nuestro. Cualquier logro es signo de nuestra madurez política y todos tenemos el derecho de gozar de ese beneficio. Si alguien no los niega, debemos tener cuidado: nada lo diferencia del tirano que quiere suspender nuestras garantías individuales. ¿Eso no es pertenecer a la situación de emergencia nacional?

Comprendo su dolor y realmente me apena mucho la tragedia que vivió. No obstante, me parece que ese hombre ha exagerado. El supuesto horror que nos pregona no es compatible con el carnaval que realiza. Perdón, con la caravana que emprende. ¿Recuerdan a David Páramo? Sí, ese otro desdichado por la batalla contra el narcotráfico. Bueno, yo le tengo que admirar dos cosas. La primera está en haber soportado tantos vituperios de la población. Eso debe avergonzarnos a todos como mexicanos. Segundo, el señor Páramo vivió su luto como tuvo que vivirlo: en discreción. En unos días cambió el lazo negro por la corbata negra, y eso es de aplaudir.»

Bocadillo de la plaza pública. Interesante resulta la indignación suscitada por cierto vídeo de graduación. Los estudiantes del Instituto Cumbres México nunca imaginaron que sacudirían las buenas consciencias del país. Destacan entre éstas algunas defensoras por los derechos de las mujeres. Unas voces han calificado el vídeo como un insulto a la desigualdad sufrida en el país, otras voces, como aquéllas, protestan señalando el terrible sexismo contenido en la pueril grabación. Además de ser un episodio curioso o patético (en el país ocurren polémicas más importantes), lo interesante del asunto es la hipocrecía de los indignados. Atacamos a los fresas por ser unos despilfarradores de mal gusto o por denigrar a las mujeres como sumisas a la voluntad viril. Sin embargo cabe preguntarnos lo siguiente: ¿no se nos pregona la felicidad en la riqueza y lujo? ¿No todos nos regocijamos en el hedonismo de nuestros días? ¿Acaso nuestra vida no es orientada por la satisfacción en la recámara? ¿No aspiramos a llegar a lo más alto posible? Queramos o no, esos niños fresas son el espejo roto donde nos reflejamos.

Señor Carmesí

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