La barca

La barca

 

Padres y maestros, me pregunto:

 “¿Qué es el infierno?”.

Me lo explico así: “Es el sufrimiento de

 no poder volver a amar jamás”.

Los hermanos Karamázov, Libro VI

Ante la bravura de las aguas, lo más natural parece el miedo, como le sucedió a Pedro mientras caminaba sobre ese ancestral elemento. Si los tiempos parecen oscuros, pueden buscarse lumbreras y fuegos artificiales para allanar el camino. Eso es todo lo contrario de la fe. Y eso, si se me permite decirlo, es algo en lo que nosotros creemos como ciegos. En la noche, nadie se atreve a viajar solo. El supuesto de esa actitud es que el hombre ha nacido enteramente solo. No es un supuesto, decimos: nos lo muestra, amargamente, la ciencia, el gay saber. En los círculos y las elipses infinitas, dentro del enigma de las incontables lámparas de gas, dentro del espacio insondable que pierde su nombre, nos gusta demostrar que estamos totalmente solos, mientras buscamos como ahogar nuestras lágrimas de profunda confusión.

El pasaje del evangelio al que aludí hace rato es uno de mis favoritos. Puede que sea ingenuo decirlo de este modo, pero creo que nada muestra mejor la razón por la que a la fe se le haya llamado virtud. Nuestra esperanza ante el mejoramiento de la circunstancia y nuestro alegato por la dignidad humana provienen, en buena parte, de una interpretación de ese gran misterio. En algún lugar, Chesterton les decía a sus compatriotas que, a diferencia de la esperanza y la idea de la caridad, la fe ya no está de moda, lo cual sigue siendo cierto. No sé si sea una coincidencia que, al mismo tiempo, nuestra idea sobre lo erótico sea la más pobre que se haya dado hasta ahora. Pero no es que nos haga falta romanticismo, quiero dejarlo en claro; al menos no nos hace falta en el sentido del grito de la libertad encadenado por la historia y la ley. La enseñanza de la caminata sobre las aguas es lo misterioso de la bondad y lo grandioso de pisar sobre lo que no se puede pisar, aun cuando un rayo nos pueda partir o la nube más oscura se cierna sobre nosotros. Lo que muestra la imagen es que no hay que acobardarse ni aún por la patencia del infierno como se le entiende tradicionalmente.

Curiosamente, tanta sabiduría sólo nos ha llevado al fracaso. Nos ha llevado, por un lado, a ponernos una elegante soga mientras decimos que nada es cierto; por otro, nos ha llevado a agudizar la nostalgia del hombre que le pide, a gritos de razón, al universo que se ordene. Pero no creo que la tristeza la ocasione el saber necesariamente. Creo que es más bien la idea de la salvación (o del alivio, como nosotros decimos) a través de la demostración. No podemos creer, decimos, después de lo mucho que nos muestra la conciencia. Pero yo creo que no nos ha enseñado sino a hacernos más cobardes. Nos ha mostrado el orden estricto, la repetición geométrica de los saludos del sol, que no ha hecho sino despreciar los misterios con aire de desdén incomparable. Sin embargo, ¿no muestra también la experiencia, como algunos se aferran en decir, que las cosas no parecen estar en su lugar por nuestra voluntad? Es decir, ¿no será que, en realidad, la maravilla del mundo consiste precisamente en que nada es lo que es ni existe como existe por estar sujeto a la cotidianidad de la regla abstracta? Eso no significa el caos; significa que la maravilla se renueva y se mantiene, que lo asombroso es el mundo mismo y todo lo que en él lleva su nombre. Es el misterio ante nuestros ojos lo cual despreciamos.

Entiendo que la posibilidad de bajarse del barco para caminar sobre las aguas resulta inverosímil; de eso se trata. Me gusta pensar también de esa imagen que muestra la posibilidad de que no estemos solos en esas aguas furibundas. Que no estamos solos lo muestra el giro de la mirada: el quebrantamiento de mi experiencia individual, el misterio humano a través del más común de los mortales. Y lo muestra, con más profundidad, la posibilidad de amar, flor en la hojarasca. “Resolver el misterio” nos dio una fuerza tremenda, pero nos quitó el entusiasmo.

Tacitus

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