Condena

Condena

Dicen quienes han tenido la suerte de no sufrir en la soledad un luto que platicar de él hace mucho bien. Algunos lo explican desde la psicología rupestre de la vida diaria: el luto se supera por la empatía del prójimo. Otros más, aficionados antropólogos, ven en el rito del luto compartido la renovación del lazo social. Y los menos, quizá, creen que nunca nos enlutamos solos, que siempre nos morimos con otro. Quizá por ello, también, es que no entiendo cómo han pasado tantos muertos en la crisis nacional, cómo han pasado tantos días desde los terribles hechos de Iguala, cómo hemos sentido tantas muertes a nuestro alrededor, sin siquiera acercarnos a compartir el luto. Algún día dirán que nos negamos la suerte de no sufrir en la soledad un luto.

Parece excesivo que en estos tiempos en que no hay tiempo que perder, en el que todos estamos tan ocupados en nuestras bellas acciones y preocupados por nuestras buenas y elevadas intenciones, alguien proponga un poco en serio que necesitamos todos compartir nuestro luto. Ni la economía, ni la competencia electoral, ni el sistema nacional de becas, ni los ánimos que la productividad pide mantener altos nos permiten enlutarnos. Necesitamos con presteza una verdad histórica y pasar a lo que sigue: la revolución, la parranda, el trabajo, la marcha, el escándalo mediático, el porno o el gym. Necesitamos con presteza pasar a otra cosa que no sean ni el luto ni la soledad. Las viudas tendrán tiempo de llorar sus muertos; los huérfanos, la oportunidad de sentirse miserables; y esos innombrados que han perdido a sus hijos tendrán tiempo de aleccionarse sobre lo mal que los habían educado y lo bien que lo hubieran podido hacer para que no muriesen por andar en malos pasos. Los hombres fuertes, sanos, decentes y caballeros contribuyen al progreso del país; los otros, somos un lastre lastimero que la economía se encargará de eliminar. Parece excesivo que en estos tiempos en que queda todo por ganar alguien proponga enlutarse; por su exceso lo pagará.

No podemos sufrir el luto nacional y lo peor es que no encontramos las razones para renunciar a él. Importa a los más tener un posición sobre Ayotzinapa, sobre la guerra contra el narco, sobre los demasiados muertos; no importan las razones de la posición: por eso no las discutimos, por eso sólo culpamos, por eso a la guerra contestamos con guerra verbal, a la ejecuciones con linchamientos de la razón posible, a los muertos contestamos con una vida que se cree eterna y descree de la esperanza… No podemos entregarnos al luto nacional; que los depresivos lo sufran en su soledad. Quizá por ello México se ha condenado a la histeria.

Námaste Heptákis

Garita. El discurso antipolítico predomina en la actual campaña electoral, por lo que resulta de especial importancia señalar y compartir las opiniones razonadas que nos permiten separarnos un poco de dicho discurso. En los últimos días, yo reconozco dos importantes artículos de opinión política. Primero, el de Denise Maerker el pasado 14 de abril en El Universal y, después, el de José Woldenberg en Reforma del pasado 16 de abril.

Escenas del terruño. Indispensable la lectura del artículo de Ricardo Alemán del pasado 15 de abril en El Universal.

Coletilla. “El bien es un contrasentido ante la vida”. Antonio Caso

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