La vid infértil

La vid infértil

Hay un nombre ya famoso en las discusiones sobre la educación moral: el valor. Inmediatamente, podemos ver la aparente ironía de sostener dicha bandera en tiempos en los cuales lo que escasea es el valor. El fracaso es casi rotundo, en este contraste. Solemos asumir que, aparte de la educación teórica, lo que hace que “progrese” un país es la solvencia moral, tanto en el ámbito privado como en el civil. Aprovechamos la contemplación de los próceres nacionales en las campañas electorales como una muestra más de que lo que hace falta es sanear el alma con discursos y ejemplos de trabajo, rectitud y honestidad, que evite la producción de humanos defectuosos como nuestros políticos.

Si alguien quisiera notar las oscuridades de la educación, seguro podría dudar incluso de su posibilidad remota. Pero es claro que la educación, en un sentido específico, existe; no existe, sin embargo, una sola. No existe, tampoco, una como absoluta. Lo que sí se puede distinguir es entre una educación como mejor que otra. Y, de hecho, la educación actual no es de las mejores. La indignación contra esta última afirmación sólo la prueba: lo que queremos cuando nos echan en cara las faltas de la educación es una solución “eficaz”, una propuesta innovadora en la cosecha de los métodos pedagógicos. Y, en seguida, viene también el rechazo del “sometimiento” al régimen retrógrado de la opinión en que el niño no es especial, que no considera que, cuando todos son especiales, nadie lo es de veras. El método efectivo es inexistente, pues la educación es una relación que depende de notar que no todas las almas son iguales. Eso no quiere decir, no obstante, que la empresa de la educación pública sea necesariamente imposible, quiere decir que la escuela pública pierde su directriz cuando deja de lado la posibilidad de sembrar el amor por la verdad, sin el criterio de la utilidad y lo pragmático.

El problema del profesor como educador “teórico” no está tan separado de la educación que el padre como supuesto moralizador debe afrontar. Ambos, de uno u otro modo, coinciden en lo que consideran bueno, e intentan formar al niño con ello. ¿Qué podría tomar un niño como guía en su educación, si le dejan creer que la solución más evidente es creer en el “valor”, cuando al mismo tiempo se le enseña la valiosa lección de que no debe creer en ningún juicio más que en el de su preciada libertad? Eso sí conlleva a un fracaso. Sea como sea, no se puede evadir el hecho de que los que creemos en esto lo enseñamos porque lo consideramos bueno o evidente.

Quizá sí haya un método pedagógico de los valores, y me imagino que puede resumirse del siguiente modo: trate usted, bajo cualquier circunstancia, de hacer el bien, recordando, que los mejores jueces para ello son usted y su bienestar, por lo cual nunca debe de hacer el bien cuando le pueda perjudicar. En todo caso, creyendo en la solución mágica de la educación moral no hacemos más que esconder la posibilidad de asumirnos como parte del defecto. Le podemos echar la culpa a los jóvenes irresponsables, a los políticos corruptos, a los padres pedófilos, a los narcos malévolos, al maestro deficiente, pero asumirse como cómplice en el hundimiento del barco siempre es la última opción. Eso sí es absoluta carencia de valor, pues hace falta sangre para sentirse “común” en el sentido más humano posible. Por eso una salida fácil es el método de los emprendedores. Si no hay humanidad, no se sabe qué es, entonces, lo que enseñamos. Producir buenos hombres es un imposibilidad que topa de frente con ese misterio insondable que es el alma; aplicar el criterio productivo de ese modo trae amargura indefinidamente.

 

 

Tacitus

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