Danza con Lobos

Fui a pedir trabajo a un lugar especial, un lugar que me llamaba a gritos como una madre desesperada al hijo ciego que se ahoga en un río embravecido. Paso con frecuencia por este recinto de culto a un dios falso, que se encuentra por el museo del Chopo, y no, no es la biblioteca más malhecha de México que lleva el nombre de un imbécil de raza cósmica y que sigue el “Camino del Padre!” Si a ustedes, al igual que a mí, en sus ratos libres les gusta ir a ver a las prostitutas monearse, esas que se ponen afuera de la sede del PRI sobre insurgentes; es muy probable que se hayan cruzado algún día con un montón de cartelones promocionando conferencias gratuitas los martes y los jueves impartidas después de las ocho de la noche para todo el público. Estas charlas, mejorarán tu calidad de vida, te enseñarán cómo ser más feliz y te harán crecer los colmillos. Ésta no es una entrada promocional, y no fui a pedir trabajo como publicista de aquella cofradía, no, simplemente quería impartir esos cursos (aun siendo gratuitos) con la esperanza de que más adelante, al ganarme un grupo de groupies y el cariño de los hombres que llevan aquél negocio a buen puerto, pudiera impartir mi cátedra sobre el éxito cobrando unos pesitos como remuneración. No es un sueño imposible, tampoco es una labor que me supere, así que me dije, ¿por qué no? y dando las siete de la noche en punto me adentré en aquél lugar que tenía fachada de escuela y cuyas escaleras de la entrada tenían la pinta de un dispensario médico de tiempos de mis abuelos. Había dentro de él un montón de cartulinas anunciando los cursos impartidos por un montón de nombres de ambos sexos precedidos por el pomposo título de licenciado (casi todos ellos psicólogos ¡quién se lo hubiera imaginado!), tenía también unas paredes de madera barnizadas con esa laca perfumada de viejo y de santidad que tienen las bancas de las iglesias de mi querido país. A mano derecha, una recepción antiquísima como de un hotel o como de una taquilla para el teatro, me esperaba carente de un empleado que pudiera darme informes sobre cómo lograr mi propósito.

Toqué un par de veces el mostrador de la recepción, y al no tener respuesta alguna me decidí entrar por un pasillo no muy profundo que tenía a su derecha y a espaldas de la recepción un salón parecido a donde van los policías gringos de las películas a chismosear y tomar café, pero en chiquito, y a mano izquierda, opuesto a estos dos salones, un patio estrecho con salones vacíos que en otro tiempo debieron haber tenido un montón de gente dentro de ellos. El pasillo me condujo a un salón del doble de tamaño del cafetero y sobre el cuál estaban acomodadas sillas baratas de armazón de fierro y vestiduras de plástico negro a lo largo de su periferia. En el fondo del salón colgaban un montón de cuadros enmarcados (como esos que tienen los médicos en las paredes de sus consultorios) contenían leyendas sobre los beneficios de la vida positiva y del modo de pensar que te va a hacer triunfar. Eran frases sueltas, sin aparente relación una con otra, como las que te encuentras en tuiter o en mi página de life coaching (esta sí fue autopromoción), había también una mesita de té achaparrada en el extremo izquierdo del fondo del salón con un montón de propaganda del sitio éste y una bolsa de dulces (porque los hombres y los ratones no hacemos nada sin recompensas). Una puerta que daba al patio, se encontraba abierta y obstruida por un hombre mayor, de unos setenta años que vestía humildemente y que me dio la bienvenida sin mucho ánimo.

— Buenas noches, me dijo mientras sostenía la puerta de metal que estaba pintado con un color blanco muy parecido a la cal con la que se recubren los árboles para evitarles las plagas. — Buenas noches, busco trabajo, le dije, sin notar en un primer momento, a otro anciano, éste de piel blanca y de una cara muy amable, que bien podría ser el abuelito buena onda de cualquier cuento para niños zonzos. Me pidió que esperara un momento, prometiendo que me daría más información apenas la manecilla más larga del reló hiciera tantitos movimientos más. No pasaron ni seis, cuando de el patio entró un tercer hombre viejo cargando con mucho esfuerzo un púlpito hueco que se miraba hecho con una madera bastante pesada y maciza de buena calidad. Me saludó con un tono estudiado, me dijo buenas noches y se adentró en el salón donde estaban los dulces. Yo me ofrecí a ayudarle, pero él simplemente ignoró mi propuesta. Una vez acomodado su púlpito, sobre el que más adelante se recargaría columpiándose ligeramente y extendiendo sus pies hacia el frente. Me preguntó si venía a tomar la plática gratuita. — Busco trabajo, le dije, sin más preámbulo. Me gustaría trabajar con ustedes y quisiera saber si tienen vacantes de algo. — Ah, espérame tantito, me dijo y corrió al salón del café a la vez que me pidió que me sentara donde me placiera. Yo me arrané en la silla más cercana al pasillo que conducía a la salida, previendo un escape sencillo en caso de ser necesario. Después de un par de minutos, el hombre éste, regresó acomodándose la corbata y vistiendo un traje bonito, pero que a leguas se veía usado y anticuado.

— Así que buscas trabajo, bien, pues déjame decirte que haces bien, y que lo primero que necesitas para conseguir trabajo es saber qué es lo que quieres en esta vida, porque no es sencillo que el hombre sepa lo que quiere  — comenzó a darme este discurso con una notoria pericia que casi le alcanzaba para ocultar que lo estaba improvisando en el momento, trataré de escribir lo que me dijo según me lo permita mi memoria —  Es muy común que los hombres queramos cosas sin saber lo que queremos, muchos, como tú, quieren un trabajo y dicen “quiero trabajo” pero terminan sin conseguirlo porque no saben lo que quieren. Por ejemplo, si yo fuera a buscar trabajo en un banco, no es lo mismo llegar a recursos humanos y decir “quiero trabajo” a decir “quiero ser gerente, o quiero ser cajero”  — hablaba mirándome a los ojos, pero sus manos y expresiones se desarrollaban con la notoria intención de llamar la atención de los otros viejos. Con tanta prudencia como me fue posible, interrumpí su discurso en este momento —

— Quiero trabajar con ustedes, quiero impartir sus curso, tengo estudios en filosofía y tengo experiencia haciendo life coaching <esto no es autopromoción> pero necesito saber más cómo trabajan para ver el modo en el que impartiría los cursos. El hombre me interrumpió, y como si solo hubiera escuchado la mitad de lo que dije, me advirtió que la filosofía que yo había estudiado en la escuela no me iba a servir de nada en aquél lugar, que la que ellos manejaban era distinta y que por lo general no se enseñaba en las escuelas (sonreí un poco al pensar que la filosofía que estudié me serviría para algo en ese lugar, o en cualquier otro).

— Es que hay mucha diferencia que tal vez tú no puedes ver ahorita, pero que nosotros te vamos a enseñar aquí si te quedas a tomar el curso, o asistes regularmente a las charlas, son gratuitas y se imparten martes y jueves después de las ocho de la noche  — añadió desinteresado de mi solicitud de empleo — . Por ejemplo, mucha gente ha venido pero ninguna me ha sabido decir qué es el intelecto, o qué es el espíritu, eso es muy común porque es poca la que se dedica a estudiar estos temas, pero nosotros no tenemos ese problema, porque en las enseñanzas que tenemos, que nos fueron… bueno, sí, con intervención de la mano del hombre, pero que tenemos en nuestra posesión, porque hubo quien se puso a escribir todo ese conocimiento en un cuadernillo que aquí tenemos y que nos juntamos a estudiar a la hora de hacer estas pláticas, en él viene explicado qué es espíritu y qué es el intelecto, para que así podamos ponernos de acuerdo y sepamos qué cosa son. Bueno, pero no queremos tener conocimiento así como así, porque el conocimiento, así como las enseñanzas que damos aquí deben tener un uso, si no solo estás perdiendo tu tiempo. Yo tengo mi propio negocio, el caballero de aquí, que nos ha seguido durante varios años, también tiene el suyo  — dijo señalando al abuelito de cuentos infantiles —  y este otro caballero, también tiene trabajo. Eso sucedió porque hemos puesto en práctica lo que aquí hemos estudiado. Tú vienes a buscar trabajo, pero debes recordar que no todo trabajo se paga. Por ejemplo, ahorita yo traía cargando este mueble  — sus manos dieron palmaditas en los extremos del púlpito —  que bien pudiste haber cargado hoy y todos los días de la semana, traerlo del patio al salón y de vuelta al patio terminando la conferencia, pero, ¿cuánto me vas a cobrar por eso? Ni modo que te de diez pesos. Debes saber lo que quieres, eso es lo primero.

El abuelito bonachón asentía a todo lo que el hombre decía, mientras que el otro, que yo imagino en mi recuerdo como el conserje del lugar, se limitó al igual que yo, a guardar silencio durante todo el rato que estuvimos ahí.  — Porque esto sí funciona, eh, no creas que son puras palabras, mira, esta institución fue creada en 1936 y desde entonces no ha dejado de transmitir el conocimiento, claro, bajo la advertencia de que hay que ponerlo en práctica, hay que darle uso, porque si no, no sirve. Hace varios años, así como nos ves ahora, un tanto descuidados, nos hubieras encontrado en el extremo opuesto, llenos de personas queriendo aprender, saber, conocer los secretos, bueno, que no son secretos porque los tenemos publicados en nuestro manual. Pero es que todo tiene sus altas y sus bajas, ahorita estamos en una mala racha, pero después nos levantaremos. Los tenemos publicados porque precisamente hay que darle uso, todos somos hermanos  — exclamo con una sonrisa que mis añejos acompañantes vitorearon por dentro —  de la raza humana, todos somos seres humanos y somos de la misma especie, por eso no debemos negarnos la ayuda unos a otros. El problema está cuando nos creemos personas, ¿sabes qué significa persona? —lanzó la pregunta al aire y guardó un silencio incómodo que solo terminó después de unos segundos al preguntarle yo si quería que yo contestara lo que acababa de cuestionar. Me tomó unos segundos distinguir que la pregunta iba dirigida a mí, y no era parte del discurso elaborado en el momento; pero me llevó más tiempo darme cuenta de que era las dos cosas. Le contesté con la ya cansada alusión al teatro clásico, y él, entrecortó su discurso que presuponía que yo erraría en mi respuesta.—   Muy bien, justo eso significa persona, y es por eso que se hacen las guerras, porque la raza humana no sabe quitarse la máscara, o se acostumbra a vivir con una toda la vida, y eso no es lo que somos nosotros, eso no es lo que eres tú. Muchas veces nos preguntamos quién soy yo, y si yo te preguntara ¿quién eres tú? Seguramente tendrías problema para responder  — adelantó mi respuesta con su boca esta vez previendo que yo pudiera contestar tan difícil pregunta de acuerdo a su convención. Yo por mi parte, di gracias a Dios que esta vez la pregunta no fuera dirigida a mí y fuera solo un adornillo del discurso que me estaba aleccionando, porque efectivamente no sé qué hubiera respondido que no diera paso a una discusión en la que yo tuviera que participar activamente. Pero ahora que repaso esa situación seguramente hubiera intentado darle la vuelta diciendo que estaba mal formulada la pregunta, que no era yo un quién sino un qué y que cualquier cosa que pudiera responder sobre ese qué podría ser tomada como una cualidad de la esencia, y no como la esencia misma que es inefable, librando de este modo el enfrentamiento con sus creencias, y ahorrándome mucho tiempo de discusión sin sentido. Porque lo que yo quería era trabajo (dinero, pues), no comenzar una guerra. —  porque siempre me responderías con la máscara que traes puesta. Salud, Dinero y Amor es lo que todos los hombres quieren, ¿cuál de ellos viene primero? Ah, eso no lo sabemos, ni lo sabrás tú, pero si sigues lo que dice en el cuadernillo que te vamos a dar, vas a conseguir los tres. Tu persona te va a exigir uno de ellos primero, pero debes aprender a quitarte la máscara, y a usar la que más te convenga en el momento, de modo que consigas lo que quieres. Eso es lo que enseñamos aquí, a quitarnos las máscaras, a dejar de ser personas. Es absurdo que haya guerras, una vez que aprendes a despersonalizarte, te darás cuenta de que puedes estar en paz con la mayoría de la gente, incluso contigo mismo. Quieres trabajo, eso viniste a decir aquí, y yo, te digo en este momento que eso es lo que tu persona quiere, mas no lo que tú quieres.  — interrumpí en este punto, le dije que a modo de cabecera del recinto había un letrerote en el cuál se hacía explícito que era un templo a la impersonalidad, y que sería yo muy ingenuo o muy soberbio si había entrado allí no previendo que tenía que quitarme (por no decir cambiar) la máscara de mi persona; añadí que yo no era ninguna de esas dos cosas, además de que yo podría sin problema alguno dar uno de los cursos, que si me daba una oportunidad yo podía trabajar con ellos —  esta vez puso más atención a mis palabras, o al menos eso creí cuando sonrió un poco (todavía no sé si en burla o en simpatía) cuando le dije esto, luego me dijo, ¿cómo vas a enseñar algo que todavía no conoces? Tienes que estudiar primero lo que aquí te enseñamos, bueno, más que estudiar, ponerlo en práctica porque muchos hombres vienen diciendo que quieren aprender, se ponen el manual bajo el brazo y lo traen así todo el camino de su casa a este lugar, llegando aquí lo ponen junto a ellos, se sientan callados, escuchan lo que les digo y al terminar lo vuelven a poner bajo el brazo, para regresan a arrumbarlo a un cajón en su casa, pero no ponen en práctica lo que les enseñamos. El uso que le damos es lo más importante.

Lo que aquí vas a aprender sí da resultados, sí funciona, de vez en cuando han venido personas a las que instruimos hace ya varios años a darnos las gracias, llegan y nos donan fuertes cantidades de dinero porque nosotros los llevamos a conocer el éxito. Es por eso que los cursos son gratuitos, no hacemos esto con fines de lucro, simplemente aceptamos donaciones, necesitamos unos doscientos pesos de nuestros miembros al mes para pagar agua y luz y los gastos básicos de servicios, pero fuera de eso, nuestro principal interés es difundir las enseñanzas. Porque esto es para todos, todos somos humanos y todos somos iguales cuando nos quitamos las máscaras. Aquí han venido de todo tipo de gente, vienen a aprender, vienen porque quieren cambiar su vida o porque simplemente escuchan su vocación. Yo conozco a un hombre que es médico, y que se fue a Estados Unidos a ser taxista, ¿qué hace como taxista siendo médico? Ah, pues ser médico no es su vocación, y anda perdido por el mundo sin saber cuál es. Toda esa gente viene a este lugar, viene a saber cómo tener éxito en la vida o cómo cumplir sus metas. Por ejemplo, hace tiempo estuvo viniendo un hombre a nuestras reuniones, hablamos con él varias sesiones como ahorita lo estamos haciendo contigo. Fue hasta que comenzó a leer el manual con atención que un día de buenas a primeras nos confesó su profesión, nos dijo que él era ladrón y que se dedicaba a robar carteras en el metro y cuando se podía, se metía a casas a sacar lo que encontrara. Esta persona  — añadió desde su púlpito —  nos dijo que si él ponía en práctica lo que aquí enseñamos nadie lo iba a poder detener, nos dio las gracias y nos regresó el manual. ¡Quién lo diría, nos salió muy decente ese ladrón!  — Se burló con la sonrisa más encendida y sincera que le vi en toda la noche —  Lo que pasa es que la gente cree que hay… (aquí se interrumpió un poquito, yo quiero pensar que por pudor, pero no podría afirmar que hubiera tal cosa en aquella reunión), bueno, la vocación del ladrón era ser ladrón y no lo que aquí enseñamos, por eso se fue.

Su discurso se vio cortado un poco, porque llegó una dama, se veía guapa en cierto sentido, como que hubo gozado de una belleza considerable unos diez años atrás, pero ahora no quedaba más que un cuerpo viudo, cansado y hastiado de tener que trabajar para ganarse el pan. Yo la vi entrar, con un vestido colorido, manchas azules, naranjas, verdes y rosas configuraban el estampado de ese diseño pasado de moda que se notaba desgastado, sus zapatos bien combinaditos ayudaban a acentuar su modo de andar que reflejaba cierta finura. Su cabello esponjado y teñido de un rojizo parecido al de los tabiques, no disimulaba su edad, y su bolsa que no se escondía nada bien debajo de sus flacos brazos venía remendada. Esta mujer dio las buenas noches y se sentó a un par de sillas de distancia de mí, no volvió a pronunciar palabra y se dedicó a prestar la más profunda de las atenciones y a capturar todas las enseñanzas que se nos compartían con sus amodorrados ojos azules. —No creas que son cosas complicadas —fue así como continuó su discurso después de saludar a la mujer moviendo la cabeza sin dirigirle la palabra— el manual viene muy detallado, cada una de las lecciones vienen desmenuzadas, casi casi hasta lo absurdo. Es para que cualquiera pueda entenderlo, allí se explica todo paso a paso, incluso vienen ejemplos de cómo debes poner en práctica lo que allí dice, no necesitas hacer otra cosa que darle uso. —Habló un poco más sobre la excelencia didáctica con la que se había escrito el manual, pero yo no puse atención, porque comencé a pensar en Plaza Sésamo y en el orgullo que hubieran sentido los pedagogos que conozco al escuchar la facilidad con la que se transmitían estas enseñanzas gracias a la didáctica.— El manual no tiene costo —fue lo que escuché cuando retomé el discurso del hombre— te lo podemos dar de una vez si así lo quieres, te lo llevas a tu casa, lo estudias, lo usas y luego vienes con nosotros y lo comentamos, para aclarar tus dudas. Sí funciona, y de verdad si le das uso vas a conseguir lo que quieres. Tu mayor problema, como el de todos los que estudiamos el manual, va a ser el miedo. Vas a tener miedo a conseguir lo que quieres, pero, no tienes nada qué temer, lo primero que vas a aprender aquí es que no hay reglas (en esta ocasión no le estorbó el pudor), en el mundo no hay reglas y por lo tanto no hay nada que te impida conseguir lo que quieres. Bueno, sí hay una regla, la regla del balance, que consiste en que si haces algo malo, eventualmente se te ve a regresar, como un boomerang —sonrió al decir esto y los otros dos viejo junto con la mujer asintieron con la cabeza, como si revivieran en su imaginación un ejemplo o una experiencia propia que reafirmara con un carácter de verdadero lo que el hombre acababa de decir—, pero eso ya depende el uso que tú le des a las enseñanzas, eso ya depende de si dejas que tu persona te domine o trasciendes a ella y te identificas como un ser humano, más que como una persona. Si quieres trabajo, sal allá afuera y consíguelo, toca puertas y busca oportunidades, no hace falta otra cosa que hacerlo y después ven a contarnos tu experiencia, no importa si no lees el manual ahorita, si sigues viniendo, nosotros te vamos a mostrar muchas cosas que no sabes y que te ayudarán a tener el trabajo que viniste a pedir aquí. Paró en este momento su discurso y de una manera nada amable me preguntó: ¿te es suficiente con lo que te dije o quieres quedarte a la plática de hoy?, está a punto de comenzar. Yo le dije que le agradecía su tiempo y su atención, además de que se hubiera tomado la molestia de compartirme su secreto como si yo fuera uno de ellos; añadí que yo había ido a buscar trabajo, pero que había encontrado un gran tesoro en su palabras y que eso fue mucho mejor que el dinero que había ido a buscar. Extendí mi mano a la mujer en forma de despedida, y continué con los otros dos ancianos silenciosos que seguían muy despiertos después de tan largo discurso; terminé por extendérsela al hombre que seguía columpiándose en su púlpito que al estrecharla me miró a los ojos y me preguntó mi nombre. A diferencia de lo que hubiera hecho en otra situación, esta vez di mi nombre real, y me despedí diciendo: “muchas gracias de nuevo, les deseo la mejor de las suertes en su empresa, yo solo venía a buscar trabajo”. Pensé en muchas cosas al salir de ahí, no reflexionando sobre el discurso que literalmente me sé de memoria, sino en lo extraño que fue que no me hubieran dado uso a pesar de mi insistencia.

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