Loas a la igualdad

Hemos de reconocerlo: nos gusta pensarnos como seres únicos, originales y originarios que siempre destacan del montón, entre el que se encuentra la gran mayoría de seres con los que nos encontramos cotidianamente.

Queremos creer que todo, absolutamente todo lo que hacemos y pensamos es tan original como nosotros, pero a veces nos damos cuenta de que en muchos aspectos nos parecemos a ese montón de sujetos que solemos despreciar y comenzamos a buscar desesperadamente lo que es único entre lo que producimos en serie, y que por único en el mundo nos haga resaltar entre todos los que al ser del montón también se piensan, sin fijarse mucho, como individuos originales, únicos y merecedores de toda la atención debida.

No es de extrañar que en esa búsqueda constante por lo original surja una lucha en busca del reconocimiento del otro, en la que los otros, al igual que nosostros, quieran olvidar lo que somos para dejar por doquier la impronta del yo. Lo que resulta de esa lucha es el reconocimiento de que somos tan originales como todos aquellos con los que nos topamos día a día, por lo que nos vemos en la necesidad de respetar su originalidad como ellos han de respetar la nuestra.

Así pues, entre tantos seres originales y únicos, por originales, no es de extrañar que pronto se pierdan las distinciones entre individuos que acaben apostando por la igualdad de la que tanto huían y que al verse nuevamente iguales pretendan producir diferencias loables donde ya no hay diferencia y donde nada es ya loable.

Considerando que las musas cantaban lo que es loable, y por ende lo que todos reconocían como mejor, no debe de extrañarnos que el hombre productivo deba hechar mano de todos los artefactos que puedan cantar los honores de la igualdad y la ausencia de diferencia, en especial cuando éste sólo tiene cabida en un mundo donde sólo se reconoce como mejor lo que ha sido producido en serie y da la sensación de originalidad al tiempo que genera unidad.

Maigo