Bibliofagia

Fedón 98c

Para qué leemos se preguntan varios por ahí con cierto aire de erudición. Incluso hay aventureros que dedican gran parte de su tiempo tratando de explicar el gran misterio que encierran las letras. Otros, un tanto menos cuerdos, se avientan la tremenda puntada de escribir libros enteros, extensos tratados con rebuscadas analogías e imágenes danzantes y figuras de humo mal trazadas, pero bonitas, fingiendo que explican algo que ni siquiera pueden ilustrar. Del otro lado de la mesa, hay un montón de seres que leen como comen, que literalmente beben tinta y devoran ideas, adoptan por nombre propio y bandera cualquier palabreja que les venga a la mente y que suene sesuda. Es que hay que pecar de soberbia o de ceguera para creer que uno puede hablar sobre lo que es la finalidad de la lectura (o para creer que se puede aprender tal cosa). Para qué leer, es una pregunta eterna que muy pocas veces nos lleva a un puerto firme construido sobre tierra más amplia que un ligero islote flotante en medio de la nada. Algunos listillos se levantarán el cuello y dirán que tiene tanto sentido buscarle la causa final a la lectura como lo tiene buscársela a un perro. Y tal vez digan bien, tal vez no se le encuentre mayor provecho a una labor tan redundante y la respuesta a la pregunta sobre para qué leemos, no sea otra que “para leer”. A ésta se le puede unir encaje con finos hilos retóricos invisibles como los del traje nuevo del emperador, se les puede pegar con Resistol cinco mil una sonrisa irónica como la del gato de Cheshire y condimentar nuestros discursos profundos con un picante y sutil toque de pedofilia citando a Alicia en el País de las Maravillas (para aparentar harta erudición e ingenio). Vaya, siempre se le puede perfumar a las palabras, darles texturas e incluso hacerlas parecer como que dan un orden al caos, hacer creer al lector que por el hecho de leer, por la sencilla suerte de tener un código descifrable podemos encontrar el hilo de Ariadna con el que está tejido el Caos de la realidad. Sí, quien escribe sobre para qué leer dice un montón de cosas similares, lo vi en un tuit con fotografía, por lo tanto es verdad.

Yo no soy listillo ni quiero verme como tal, por eso los señalo a la distancia, desde la comodidad de mi silla reclinable de peluquería. No pretendo ser un ordenador del Caos, ni mucho menos creo poder hacerlo. Sin embargo, creo que el Cratilo no pasó en vano por mis ojitos que se han de comer los gusanos con su muda hambre natural, y aquél que me quiera apantallar diciéndome que un montón de locos voluntarios usan el lenguaje arbitrariamente, bueno, tendrá que hacer más que ponerle chispitas de color azul pastel a su texto, de eso ya estoy curado. Me preocupa más la causa de los lectores de dichos textos, es cierto que hay un montón de gente que le gusta leer sobre leer (así como hay gente que le gusta escribir sobre leer y titula sus textos con nombres que rebosan de ingenio como “Lecturas sobre la lectura”). Estos comensales de ideas siempre terminan contándonos lo maravilloso de la lectura con un intento vano de lograr los colores tan bonitos que el escritor que les vendió su libro alcanzó a iluminar. Tristemente, hablo por mi experiencia cotidiana, aclaro que no todos los lectores que conozco caen dentro de esta categoría; una gran parte de ellos cae en la más común y vulgar (desde mi punto de vista) admiración por lo escrito de “es que te hace sentir cosas” (hablando a grandes rasgos), estas cosas pueden ser tristeza, alegría, emoción, amor, excitación y un sinfín de emociones de esas que también te transmite el cine, el teatro, o la música, y de las cuales la gente se expresa por igual cuando habla sobre cualquiera de ellos. ¿Quién quiere leer sobre para qué leer? Mi pregunta está plagada de genuina duda, vaya, es como querer comer mientras comes, dormir mientras sueñas, o despertar en vigilia y creer que estás haciendo algo correcto porque le estás dando un uso a tu libro (o a tu comida, o a tu sopor, o a tu vida). Vaya, ¿por qué quisiera saber cualquiera para qué leer? Me resulta tan absurdo como decir que todos alcanzamos a ver el fin último de nuestras acciones todo el tiempo, y de no lograrlo, preferimos no actuar. Tal vez parezca interesante la pregunta de “¿para qué leer?”, tal vez haya un punto que en lo personal no alcance a ver; sin embargo, uno lee y ya, no hay más. Que si la escritura es un modo de comunicación, también son los gestos. Que si la escritura es la caja de pandora donde se guarda toda la información, tal vez lo sea, pero saberlo no nos sirve de nada, y no saberlo tampoco es causa de acción alguna, vaya, lo que quiero decir es que me parece que la pregunta es tan trascendental como el gruñido de un babuino.

Creo, en lo personal, que este tipo de textos son un vicio de nuestro tiempo, son el vómito consecuencia de nuestra terrible adicción a la educación y nuestra ciega fe en su poder salvador. (como diría por ahí Dante en su Convite) La educación es como un festín de algunos pocos convidados  — o eso quieren creer esos pocos —, uno come y come y come y solo Dios sabe con qué cosa provechosa se le queda en las tripas de la cabeza, y qué otra deja ir sin apego alguno. No me imagino a Avicena convenciéndose a sí mismo (mucho menos convencido por otro) de que hay un para qué ejercer la lectura, cuando lo pienso leyendo a Aristóteles, o a Borges leyendo a cualquiera, no creo ni por un momento que hayan necesitado una educación que sembrara la semilla motriz de tan noble tarea. O al revés, me cuesta mucho trabajo pensar que, cual Testigo de Geová o mormón en misión evangélica, un día pueda pararme fuera de una secundaria predicando a esos pequeños salvajes el para qué leer (consiguiendo el éxito en la misión). No imagino siquiera cómo venderles la finalidad de la acción, ¿les diría que serán más sabios, más fuertes, más listos, más astutos? ¿Qué no la vida se encarga ya de eso? Basta con tener experiencias como para adquirir sabiduría (no importa si mundana o refinada, eso es lo de menos). ¿Les diría que sabrán más? No sé, tal vez ellos tampoco, y por muchos libros que lean hay cosas que solo la experiencia se los dará. Nuevamente, no puedo imaginarme a Kant leyendo a Homero o la Biblia porque algún ilustrado y bien letrado caballero le pasó un panfleto con un razonamiento que explica para qué leer (o uno adornado con imágenes creativas y didácticas de Plaza Sésamo). Lo que quiero mostrar y tal vez no lo he logrado hasta ahora, es que aceptar que uno lee teniendo en mente un para qué, elimina en gran medida al amor por la lectura (si no es que lo suprime del todo). Ya, lo dije así, sin pelos en la lengua. Volviendo al ejemplo de Avicena, no lo imagino leyendo a Aristóteles por una razón que no sea la de amar leer a Aristóteles; así como no me imagino a Kant leyendo la Biblia sin querer hacerlo, sin sentir ese amor por la acción, más que un vulgar condicionamiento que busca un beneficio al final de la tarea; vaya, valga la analogía, no me imagino a Ovidio salivando como perro de Pavlov por leer a los trágicos y después de hacerlo quedarse quietecito, sin mayor trascendencia, bebiendo el vino agrio del exilio y esperando la visita de la Muerte. Querer educarnos en todo, es un error, un error que cometemos bien seguido, tal vez no sea nuestra culpa, y lo sea de Plaza Sésamo por hacer irresistiblemente divertido el aprender, eso o que toscamente logró mezclar el placer de la diversión en un licuado de enseñanzas. Tal vez sea nuestra necedad de darle uso a todo, las propagandas del Estado para que leamos son muy concretas, muy directas: Las cosas son para darles uso, ¿no? Los libros son para leerlos, uno tras otro y entre más, mejor: como la ropa de las plazas comerciales, como las palomitas de maíz en el cine, como las prostitutas de Puente de Alvarado. No sé, tal vez nunca lo sepa, me cuesta trabajo pensar que es posible escapar a los dogmas culturales que me tocaron vivir según mi época. Tal vez esté equivocado, tal vez la educación sea el camino que nos hará más humanos y reedificará la mancillada dignidad que poco a poco ha ido perdiendo su valioso significado (como dicen por ahí los pedagogos, que saben sobre la importancia de la necesidad a la hora de concluir premisas y elaborar correctos razonamientos sin ayuda de Abelardo y su verde plumaje); tal vez solo hace falta publicar un montón de tuits y entradas de Facebook, imprimir un montón de panfletos y llenar los espectaculares del periférico con la definición de la palabra Dignidad, poner a los niños de primaria a hacer mil planas de ella, (no importa si en escalerita o normal, lo que importa es que se lo aprendan); para que ésta sea parte de nuestro ser. Por lo mientras, vuelvo a recostarme sobre la costumbre del día a día; antes de volver a sumergirme en el interminable oleaje de información que intenta educarme cada vez con más fuerza y violencia, déjenme decirles que me ofende que haya textos de este tipo. Creer que hay un para qué en la acción de leer, me parece tan aberrante como pensar que basta con saber para qué se le paga a una prostituta como para poder someterla a nuestra voluntad. Dirán lo que quieran esos intelectuales que escriben sobre para qué leer, pero me niego a aceptar que basta con saber que el cuerpo humano está para alimentarse.

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