La idea de la vida

La idea de la vida
(Contra el realismo)

 

La idea de la vida hizo de Pedro Henríquez Ureña un maestro regañón. No fue Henríquez Ureña un mero maestro, sino que intentó ser siempre un maestro ideal: un contagiador de ideas vivas en la charla con sus discípulos y un alentador al ideal en la vida con sus amigos. Pedro contagiaba lecturas leyendo, inoculaba ideas ideando, infundía la vida viviendo. Fiel a su estilo, Pedro Henríquez Ureña regañaba regañándose, pues sabía que las faltas de sus amigos mostraban las propias faltas al educarlos, que las debilidades que ellos mostraban le exhibían debilidades propias al intentar formarlos, que regañaba los alejamientos del ideal porque lo alejaban cada vez más de lo ideal. Si fue regañón el maestro Pedro Henríquez Ureña, lo fue porque así vivió la idea.

En 1913, el grupo del Ateneo de la Juventud se hallaba desperdigado a causa del polvorín revolucionario. En París, un destemplado Alfonso Reyes escribía a sus amigos buscando consuelo a sus penas, compañía contra su soledad y certeza ante su incertidumbre. Tras varias cartas que imploraban auxilio, el maestro Henríquez Ureña le contesta severo a Alfonso: “No he querido escribirte antes porque he creído que lo mejor para ti era olvidarte de México y llenarte de Europa. Desgraciadamente tus tarjetas demuestran lo contrario. Lo siento. No debemos hacerte falta por allá: acostúmbrate a preferir aquello, aun con los inconvenientes de la soledad (que yo conozco)”. Y tres días después, el 23 de octubre, cetrino añade: “Tu carta me confirma en la idea de que debo aconsejarte no pienses en México ni escribas apuros. ¡Tú que nos dejabas aquí sin compañía tan a menudo, ahora la echas de menos! Todo se paga, Lampuga. Por mi parte, te diré que no te hemos echado de menos ostensiblemente, y yo (¡oh escándalo!) ni siquiera interiormente. Hemos tenido tal cantidad de preocupaciones que no ha habido tiempo de echarte de menos, y cuando me acuerdo y nos acordamos de ti, sólo surge el unánime contento de que estés lejos. Egoístamente me alegro de no haber sentido soledad de ti, porque esto me indica que soy, como antes, reacio a los hábitos”. El alma de Reyes, seguramente, experimentó el dolor del regaño: su maestro cercenaba sus sentimientos para que él pudiese entregarse al ideal en la nueva situación. Cualquier otro, no Pedro, hubiera compadecido a Alfonso, le hubiera acompañado a llorar, le hubiera consolado las tristezas. Pero Pedro, no cualquiera, le prohibió llorar a Alfonso, le canceló las tristezas, y lo condicionó a que, de insistir en ellas, al menos las elevara a la altura del arte. El maestro Henríquez Ureña renunció a la cercanía del discípulo Alfonso Reyes para que la amistad contribuyera al ideal. La severidad de Pedro compensó a la levedad de Alfonso y el talento se aquilató en muchas líneas inolvidables. El regaño del maestro Henríquez Ureña impidió que los sentimientos de Alfonso Reyes se desperdigaran en un torrente irracional y logró que irrigaran la poesía desde las raíces.

El 13 de agosto de 1914, el maestro escribe a otro discípulo: Julio Torri, el mejor amigo de juventud de Reyes: “Alfonso está contentísimo en Europa. Yo le escribí contra sus preocupaciones y le exigí que saliera a la calle de noche”. Pedro regaña al par de amigos para que dejen de inflamar sus penas con palabras mediocres y orienten sus talentos a las palabras mayores: que la amistad exhorte a la virtud, y no que conforte al vicio. Un mes antes, Henríquez Ureña le reprendía severo: “México me desconsuela cada día más. Miro con horror hacia allá y me animo en el propósito de no volver por ahora. Sobre todo me espanta la idea de que ustedes se han resuelto a la inacción y a la ocultación. Sé que nunca se ven. Sé que tú, y Urbina, y González Martínez, no dais clase en Altos Estudios ¡Y yo que he ponderado tanto las clases! En ti, ya me lo imagino, sigue obrando la influencia deplorable del escéptico… No diré más; es inútil que yo pretenda desde aquí influir contra la costumbre mexicana del escondite”. Pues Torri, talentoso pero disipado, se negaba a trabajar: en lugar de escribir, borraba; en lugar de corregir, huía. Pedro le incitaba a trabajar para el espíritu, a pesar de que Julio insistía en la pesadez de los días, la turbulencia de los problemas y la poca salud de los amigos. Interesante, además, que al regaño del maestro el discípulo minucioso contestaba como no contestaba el caballeroso Reyes: “No creas que sigue obrando en mí sus efectos la deplorable influencia que dices. […] Eres injusto en pensar que yo soy un amigo egoísta y sin generosidad. Me entristece esto profundamente”. A lo que el maestro, cortante, reiteraba el regaño y cambiaba de tema: “Creo que ha sido desidia tuya para dar la clase la causa de que Erasmo [Castellanos] haya quedado en el lugar de Alfonso [Reyes] y mío. ¿O me equivoco, y tú has dado clase? Dejemos lo enojoso; me desagraviaré escribiéndote como siempre”; Pedro no discutía en vano, sino que daba al tiempo su maduración para mostrar las cosas. ¡Si Torri hubiese escrito cuanto Pedro le exigía! Mas a juicio de Henríquez Ureña el egoísmo de Julio Torri consistía en creer que de la amistad se cuida más atendiendo a los amigos enfermos que escribiendo para la salud espiritual. ¡Ojalá lo entendieran los lectores de Torri que se niegan a escribir!

En la generación más joven, los regaños de Henríquez Ureña también fueron severos. En uno de los más bochornosos pasajes de La estatua de sal, Salvador Novo nos cuenta un regaño merecido. Debido a sus excesos, Novo se sometía a un tratamiento de reconstrucción anal por el que debía portar en el ano un algodón durante todo un día. Al visitar a Henriquez Ureña, y tras ser reprendido por sus malos deseos, Salvador abandona la oficina de Pedro y describe: “no me di cuenta de que al retirarme había resbalado hasta el suelo el algodón que horas antes había depositado en mi grieta el doctor Voiers: un cuerpo del delito que habría de enfurecer al burlado Pedro y de trocar en la más combativa, furiosa enemistad, los favores con que antes me abrumaba”. Novo, contrario a Reyes quien aprendió de los regaños, y a Torri quien aprendió pero tarde, hubo de pagar las consecuencias de soliviantar el regaño. Meses después, la joven generación, el grupo de amigos de Salvador Novo, pasaba de los divertimentos de un círculo del infierno al otro: “Me apresuré a compartir con Xavier [Villaurrutia] y Delfino [Ramírez Tovar] mi descubrimiento de un nuevo goce. El recetario a mano de mi tío Manuel me hacía fácil hurtarle una hoja, escribir «Rpe. Clorhidrato de cocaína, 1 gmo.» y un garabato por firma. Cualquier botica surtía la receta: a 2.50 pesos el gramo de la más pura cocaína. Aunque empezábamos los toques en algún recinto cerrado, la hiperquinesia nos lanzaba a caminar sin tregua ni fatiga por las calles; a hablar, drenados de toda mezquina necesidad: hambre, sueño. Los actos sexuales pasaban a segundo término. El goce estaba en aquella exaltada nerviosidad, en aquella cenestesia depurada, superior y magnífica que afinaba hasta el paroxismo todas las percepciones y disecaba las metáforas más inesperadas y lúcidas cuando elaboraba, bajo los efectos de la droga, poemas que el insomnio lleno de estruendosas palpitaciones cardiacas pulía en mi mente”. Metáforas disecadas, poemas carrasposos, estruendos y escándalos que acabaron con poesías posibles, que deterioraron el ideal para no hacer frente al regaño, que enviciaron la amistad para que en lugar de ser incitación a la virtud fuese invitación al vicio. Novo aprendió a usar a sus amigos como pretextos; y terminó la vida sin amigos. ¡Qué hubiera sido del más poeta de sus amigos, Xavier Villaurrutia, si Novo hubiera sido un mejor amigo! Para ser el poeta ideal, ha de vivirse la vida ideal; negar el ideal a la vida es negarle el ideal a la poesía; y Villaurrutia fue excelente para escribir la muerte.

De esa generación, aunque unos años mayor, Daniel Cosío Villegas también fue regañado por Pedro Henríquez Ureña. Contrario a los poetas que vivían en la disipación del espíritu, los académicos sobrevivían en la disipación de las ideas. Pedro se lo sabe decir perfectamente a Daniel en una extensa carta del 12 de noviembre de 1925, y en un párrafo sintetiza la esencia del regaño contra la disipación intelectual y del exhorto a la idea de la vida: “Por mi parte creo que tus artículos adolecen de vicios graves. Ante todo: no se sabe adónde van, ni se comprenden tus orientaciones fundamentales. Te contradices. Los artículos resultan, así, series indefinidas, amorfas, de observaciones casuales, unidas por el acaso. Hay una unidad, sí: la del mal humor. Siempre estás disgustado. Siempre te parece mal todo en México. Y hay que ponerse en guardia contra la tendencia a encontrárselo todo malo, porque entonces, no sirve uno de nada. Me gustaría que te pusieras a buscar a fondo qué piensas, como fundamento general, de todas las cosas. Significa, como comprenderás, los cinco o seis problemas fundamentales del hombre. Hasta llegaría a desear que escribieras, en quince o veinte páginas, la definición de tus ideas filosóficas y sociales; pero eso sí, esas páginas no debes cometer el error de publicarlas. No las publiques, pero cuando hayas definido así tus conceptos, debajo de todo lo que escribas se descubrirá la unidad. Ahora no la posees, porque nunca te has preguntado lo que realmente crees, sino que provisionalmente, al escribir, improvisas el background ideológico en que te colocas y de cuando en cuando lo cambias. ¿Temerás que definir tus ideas te ate a ellas? Sólo te atarán mientras realmente pienses así; cuando cambies, te darás cuenta de que realmente cambias. Resumen: hasta ahora, no tienes propiamente ideas, sino emociones. En eso eres de la familia mexicana de Caso y Vasconcelos, naturalezas emocionales que se han pasado la vida tratando de definir lo que piensan y a cada rato destruyen lo que antes afirmaron: Vasconcelos, escribiendo, con trechos de años; Caso, en la conversación, a todas horas: escribiendo se mantiene en mariposeo prudente, de mariposa que no se quema porque cuida de no acercarse demasiado a la luz, a la luz de la verdad. Alfonso Reyes, en cambio, nunca ha definido sus ideas en conjunto, pero su obra revela unidad. Y eso que también tiene emoción. Pero no teme a la verdad, y deja que las ideas se le maduren interiormente”.

El amigo que debe irse lejos para servir al ideal, el amigo que debe ponerse a trabajar en el ideal para servir a la amistad, la amistad que debe trabajar por la vida y la vida que debe entregarse al ideal, todo ello encuentra unidad en la maduración interior que el maestro Pedro Henríquez Ureña llama amor a la verdad. ¿Estamos a la altura del ideal?

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. El pasado 2 de junio, la UNAM entregó el reconocimiento Autonomía Universitaria a ocho personalidades que han fortalecido la autonomía de las instituciones de educación superior. Las personalidades fueron: Justo Sierra, dos integrantes del comité de huelga de 1929, Ignacio García Téllez, Manuel Gómez Morín, Ignacio Chávez, Javier Barros Sierra y Guillermo Soberón. Me llama la atención que los directivos de la UNAM han olvidado a Antonio Caso, sin duda el padre de la autonomía universitaria junto a Gómez Morín. Caso, por desgracia, no se presta a las caravanas políticas, pues no representa a ninguna ideología; al contrario, es uno de los hombres que con más claridad advirtió los perjuicios de las ideologías en México. La UNAM lo tiene tan olvidado que ni sus obras tiene en venta.

Coletilla. El pasado 3 de junio, en Reforma, Jesús Silva-Herzog Márquez publicó el interesante ensayo “Tinta y pixel” que comparto a continuación.
Nos han dicho que el libro es solamente el recipiente de la escritura. Tan libro la edición antigua e ilustrada del Quijote como la pantalla en la que fluyen cada una de sus letras. Leer en kindle es una experiencia idéntica a leer en papel, nos dicen los entusiastas de la novedad. Los signos comunican el mismo mensaje así estén inscritos en piedra, en papel o en tijera. Absurda nostalgia, la del lector que se aferra a su fetiche estorboso, pesado, grueso y polvoso. Las ventajas son innegables. Se puede cargar una biblioteca en la bolsa sin cansarse el brazo. Los entusiastas empiezan a ver las librerías como tiendas de antigüedades. Se ríen de la única función de esos arcaísmos: solo un libro contiene un libro. Ese volumen de Moby Dick cuenta solamente un cuento, mi kindle, dirán presuntuosos, tiene a la ballena y al submarino, al astronauta y a la bruja.
Resulta que la experiencia no es la misma. Que el medio no es transporte inocuo de las letras. Quienes nos aferramos al papel no lo hacemos solamente por añoranza del peso y los olores, sino por advertir un tipo de vivencia, por honrar un vínculo con el texto, por practicar una gimnasia dactilar que termina por acercarnos de un modo peculiar a los símbolos. Cualquier lector sabe que su edición es un puente único a la lectura. Entiende bien que la tipografía y la disposición de los espacios, que el grueso del papel y la imagen de la portada marcan el cortejo de su lectura. El “dispositivo” en el que leemos marca la experiencia lectora. No es lo mismo leer en la pantalla que en el papel.
Maria Konnikova publicó hace un año un artículo en el New Yorker (“Being a Better Online Reader“, 16 de julio de 2014) que vale rescatar. El cerebro reacciona de modo distinto a la palabra “casa” cuando está escrita en papel que a la misma palabra escrita en una pantalla. Podría decirse que, en pantalla, la palabra es la fachada y en papel es la fachada y la cocina, la alacena, la recámara y sus cuadros. La fisiología de la lectura importa. No puede pensarse que los elementos tecnológicos del libro sean irrelevantes. Un libro tradicional tiene una entidad física que llama a cierta postura, a ciertos ejercicios manuales. El texto avanza gracias a nuestros ojos y nuestras manos. No se escurre angustiosamente por una ventana, permanece con tranquilidad en su sitio. El párrafo que nos cautiva está siempre en su sitio. Por eso recordamos que ese pasaje estaba en la zona baja de una página impar. Tal vez no recordamos el capítulo pero ubicamos ese territorio.
El argumento de Konnikova es que, a través de la pantalla, apenas rozamos la lectura. Nos quedamos en la superficie porque tendemos a brincotear. El papel, por el contrario, nos exige una concentración mayor. Nos invita a profundizar, a penetrar los significados que se encierran entre las tapas de un libro. Eso: el libro es un paréntesis del mundo. Estudios que la escritora cita lo demuestran. Un experimento dio a dos grupos del mismo nivel escolar y de calificaciones equivalentes el mismo libro en dos formatos. Un grupo leyó en papel y el otro en e-book. Quienes leyeron en papel comprendieron mejor lo que el libro decía, los lectores electrónicos se quedaron en la superficie del texto.
El mosquito que ronda la oreja de nuestra era es la distracción electrónica. La información de todo, accesible todo el tiempo, la comunicación perpetua, con todo mundo. El papel, silencioso y quieto, es un espacio de resistencia.

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