En la ciudad de los muertos

En la ciudad de los muertos

Él se quiso morir. Nadie lo mató, ni mucho menos le llegó alguna enfermedad. Se quiso morir para ser un fantasma más en esta ciudad. Dejó de vivir honradamente.

Ahora se escuchan por todas partes sus gritos plomizos, esos que salen en el diario y que atemorizan a muchos de los que siguen vivos. Esos mismos gritos que él lanza son los que pudieron matarlo, es decir, los gritos de los que ya se habían desesperado terminaron por matarlo. Y es que en uno de esos lamentos escuchó que las buenas costumbres ya habían muerto; en otro se dejaba escuchar la falsa pronunciación a favor de abolir la confianza en las buenas personas, a cambio de la desconfianza entre todos. Estos gritos pueden matar a cualquiera, convirtiéndolo en vana sombra de la vida.

El que más sufrió al verlo inscrito en la fila de los cadáveres fue su hijo, que con una inmensa alegría salió de la morgue con su padre al ver que aún seguía vivo, de hecho, muchos de los que se encontraban ahí seguían vivos, pero estaban ciegos y en su mayoría sordos, lo que los hacía arrastrarse, pues ya ni el valor de caminar entre los hombres tenían, no, ahora pretendían arrastrarse por encima de todos, decían. Saliendo de la morgue su hijo lo llevó a casa. Una vez ahí se percató de que la cerilla que obstruía sus oídos debía ser derretida con el propio calor humano: la amistad, la familia  y la cordialidad, con esto el cuerpo del frío cadáver comenzaría a recordar y producir el calor que se le hacía tan necesario en esta noche eterna. Poco a poco se levantó en él una llamarada por la que volvió a confiar en los hombres. Es cierto que iba contra la ley, pero sólo así podía vivir en esta ciudad de muertos. Él vive, igual que todo lo que en un principio habían matado los desesperados.

En la ciudad de los muertos él quiso vivir. Ahora sale a trabajar como antes, es decir, no sólo con la cabeza y el corazón, sino también con las manos.

Javel

Primera función

Ir al teatro es para mí una experiencia nueva. Hoy iré hacia ese mítico lugar por primera ocasión (realmente no es la primera, pero la anterior fue hace tanto que la he olvidado). No sé qué esperarme cuando esté ahí, ni cómo saldré de la función. ¿Será cierto que al ver extraños actuar algo se aprende?, ¿eso no pasa cuando se ve una película en la adormecedora comodidad de un sillón?

Llegando a la sala veo a muchas personas, todas hablando incesantemente, como si fueran dueñas de un secreto oculto que sólo se pudiera transmitir con más de mil palabras. ¿Hablarán de la función antes de verla?, ¿o acaso estarán criticando a los diletantes espectadores? Afortunadamente nos llaman la atención y todos callan; escucho a lo lejos una garganta que protesta carraspeando por el silencio al que fue condenada y a un niño deseoso de seguir platicando. Nuevamente soy afortunado, pues el silencio se impone obligando a los inquietos a quedarse callados. La función comienza. Todo inicia con mucha intensidad para mí: la luz sorprende a mis débiles ojos, la voz de los actores desgarra mis oídos, sus pasos retumban en el escenario y los latidos de mi pecho copian la constante rapidez de aquéllos. Aunque la impactante emoción inicial dura poco; comienzo a acostumbrarme a la función; me tranquilizo. Las acciones fluyen en el escenario como si fueran sucesos del día a día; más bien me parecen situaciones mucho más entretenidas, pues el día a día suele ser aburrido. Baja el telón y una brisa de aplausos llena la sala, quizá porque la gente necesitaba hacer siquiera un ruido ligero después de una de mantenerse callados. Fin del primer acto.

En el intermedio las personas dejan caer sus pies por un suelo alfombrado mientras sus voces corren velozmente entre sí, como en competencia (como casi todas las personas están hablando, no puedo ver quién va ganando); pobrecillos, pienso, cuántos deseos de hablar tenían. Otro sonido atraviesa los pasillos, obligando a que las voces aminoren… es una campana que nos avisa el fin de nuestro intermedio.

Al comenzar el segundo acto no me espanto como al inicio de la función. Esto no es señal de que la trama se haya debilitado en algún sentido y las ejecuciones actorales dejen de ser verosímiles; incluso a mi lado veo el rostro de una persona que parece estar padeciendo los sufrimientos junto con los personajes. La escena me impresiona tanto que comienzo a percatarme de algo que se mueve en mi interior, también mi rostro lo siente. Deseo hacer algo, expresar lo que siento con un abrazo fraternal a mi hermana o a un amigo, es como si los extrañara y los sintiera cerca al mismo tiempo; qué bien se siente tener a quien abrazar fuertemente. Evidentemente esto no es como ver una película, pues ahí a los actores no los ves tan cerca, los sientes lejos, sus voces son más débiles, así como sus pasos son más quedos (casi no se escuchan).

Al finalizar la función todos los presentes aplaudimos estruendosamente, alguno que otro se seca las lágrimas de un rostro que ostenta una decidida sonrisa. Veo a todos los demás como compañeros, sus voces me comparten las sensaciones que experimentaron durante la función, lo que pensaron sobre algún personaje en particular o la obra en general, detalles de vestuario y escenario, etc.; en varios asuntos nuestros comentarios difieren, pero en un punto todos coincidimos: las actuaciones estuvieron llenas de emoción. Cierto, eso es indudable. Lamentablemente es muy tarde y debo irme. Me despido y les gradezco a mis compañeros los comentarios. Espero asistir proximamente a otras funciones.

Yaddir

Dos líneas del castigo

Abusan de la aplastante impunidad de este país los criminales; pero también los que encuentran placer en su convicción de que la ley fue propuesta para hacerle un mal a quien hizo un mal. Por otro lado, hacen bien en acatar la ley los que castigan justamente; pero también quienes logran lo más difícil, aprender a perdonar.

La vida extraña

La vida extraña

 

para mi amigo A. Cortés,
por su cumpleaños

 

Questions of science, science and progress
Do not speak as loud as my heart

 

En el opúsculo tomista De motu cordis el lector puede encontrar, sorprendido, lo que para muchos sería una pregunta trivial: ¿cómo influye la luna en el movimiento del corazón? Romanticismos aparte –y apuntando de paso que la respuesta a dicha pregunta es la vía más filosófica a pensar la melancolía-, la inaceptable influencia del movimiento lunar en el movimiento del corazón es análoga a la aceptable influencia del movimiento lunar en el fenómeno de las mareas. Lo más extraño al lector contemporáneo es pensar a las mareas sin física de fuerzas y al corazón sin circulación sanguínea. Exagerando, hasta parece otro mundo e incluso otro corazón. Evidentemente, dirán los anatomistas, es el mismo corazón, las que cambiaron fueron las ideas. Evidentemente, dirán los historicistas, nos cambió el corazón. Y otros dirán que evidentemente fue el mundo el que cambió. Yo creo que nos entendemos menos y no es muy evidente.

En Homero, la muerte transpira psyche. Para Aristóteles, la respiración es el fenómeno que delata la vida. Para el tomista que escribió De motu cordis, el corazón es el asiento del alma, pues por su movimiento se exhibe animada. Y en el testamento de Alfonso X el Sabio se determina que su corazón sea sepultado en el monte Calvario ofrendando su vida a Dios. La vida, en los sabios del pasado y en lo que queda del saber popular, se cincela en el corazón entre sístole y diástole, como las mareas delinean la arena, como la luna ilumina las noches.

En 1959, cuando la luna ya fue una pantalla carente de propia luz y las mareas un efecto gravitacional que da más trabajo a los empleados de los hoteles de playa, un par de científicos definió la “muerte cerebral” y el corazón exudó la vida. Estar vivo tornó la ejecución de funciones cerebrales. Respirar y palpitar devinieron movimientos de reproducción mecánica y manipulación técnica. Nació el trasplante de órganos. La vida tornó pantalla; la existencia un efecto de gravedad inadecuada. La “muerte cerebral” diluyó el problema de la vida, redujo la angustia por la muerte y emplazó a los vivos a vivir con responsabilidad: hay que cuidar el propio cuerpo porque sus órganos pueden servir a alguien cuando muramos. En el trasplante de órganos el problema son los vivos. Eso lo entiende, lo muestra y nos ayuda a pensarlo Maylis de Kerangal [Toulon, 1967] en su novela Reparar a los vivos [Anagrama, 2014].

En líneas generales ha de decirse que Reparar a los vivos es una novela sobre la muerte: un joven muere y los sobrevivientes han de enfrentar el dilema del trasplante de órganos. Pero en otro sentido ha de decirse que la nueva novela de Maylis de Kerangal es sobre la vida: un joven muere y el trasplante de sus órganos brinda nuevos cauces a las extenuadas vidas de los condenados. Mas en otro sentido, Reparar a los vivos es un drama sobre la imposibilidad de vivir cuando la vida se define desde la “muerte cerebral”: un joven muere y los vivos han de aprender a vivirse como azarosamente vivos, como funciones cerebrales, como vidas que no pueden esforzarse porque dependen finalmente del esfuerzo médico. Reparar a los vivos es la novela de la vida extraña. Maylis de Kerangal nos muestra que vivir es una suma de influencias mucho más inaceptable que la influencia lunar.

Para vivir en el mundo en que se ha conceptuado la “muerte cerebral”, el viviente ha de ser ante todo el producto de la técnica médica. Sobrevive a su infancia por la planificación del esquema de vacunas. Por la dietética y la gimnástica define las condiciones de su salud. Por la productividad y el entretenimiento delimita su originalidad. Y por el progreso de la técnica médica llega al final de su vida y hasta se le da la oportunidad de dar la vida a alguien más. Vivir en el mundo en que se ha conceptuado la “muerte cerebral” es vivir por una fortuita confluencia de la burocracia iátrica. En este mundo, insisto, el gran drama es reparar a los vivos.

Reparar a los vivos de Maylis de Kerangal comienza con la muerte de un joven surfista que se sobrepone a las mareas. De motu cordis describe la línea sutil en que nuestra vida, como las mareas, es iluminada por la luna. Vivir es esforzarse por la luz como la luna se esfuerza por la noche. Reparar a los vivos es creer que una noche iluminada en neón es la iluminación. Eso ya no lo entendemos y no es evidente.

Námaste Heptákis

 

Chapología. Horas después de la fuga de “El Chapo”, un grupo de frenéticas adolescentes hizo tendencia en Twitter con la petición de que el recién fugado trajera al país a una boy band. Esas muchachitas creen que es bueno el consumo, aunque sea financiado de manera ilegal. Esas ilusas del encanto creen que con dinero se puede todo. Lo curioso es que, entre sus justificaciones ante la fuga, también lo cree el secretario de Gobernación Miguel Ángel Osorio Chong; nadie diga que piensa como una frenética adolescente.
Como los metaleros hermanos mayores de las muchachitas aficionadas a la boy band, muchos sabihondos denuncian que en la fuga de “El Chapo” todo es apariencia, que todo ha sido un espectáculo. Ilusos del desencanto, todavía creen en el mito del Estado.
Difícil será para ambos grupos de ilusos reconocer la anomia, la posibilidad de que el ahora prófugo impera por su pura fuerza mientras las buenas conciencias lo reducen todo al dinero o a la distribución palaciega del poder. La fuga de “El Chapo” inaugura un uso del poder que hace a la violencia inevitable.

Escenas del terruño. 1. Mañana se cumplen 10 meses de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa. Hace dos días la CNDH emitió 32 recomendaciones sobre el caso y declaró que de ninguna manera la investigación puede estar cerrada. No debe olvidarse.
2. Advertí hace algunas semanas que en la sucesión de la rectoría unamita se juegan puestos y posibilidades políticas (acá se confirmó una de nuestras lecturas). El rector Narro sacó del olvido a un exrector para tomarse la foto y envió un mensaje a una aspirante. La aspirante acusó de recibo y el pasado martes sacó a pasear al secretario de Educación para enviar mensaje al Pedregal. Narro no quiere a Robles en Rectoría; Robles quiere que Narro no esté en Educación. ¿Para qué quiere Robles la Secretaría de Educación? Para disputarse al electorado joven en 2018 (la elección del bono demográfico) y ganarle el partido a la encargada de Educación en el GDF. ¿Competencia Robles-Barrales?

Coletilla. “Enfermamos antes de morir para poder destetarnos de nuestro cuerpo”. J. M. Coetzee

Las cenizas de Roma

Las cenizas de Roma

 

La verdadera liberalidad,

en resumen, consiste en ser capaz

 de imaginarse al enemigo.

G. K. Chesterton

 

Dirán que soy adicto a repetir, pero me gusta pensar que la civilidad no es sólo un ilusión de deficientes mentales o de débiles anticuados en medio de un porvenir bastante misterioso, pero dadivoso. Más allá de ese paraíso que nos imaginamos con aires de superioridad en el que todos saben con qué cubierto comer, o en el que todos dan de lo suyo sin segundos pensamientos, o en donde todos pueden cederle el asiento a un anciano, creo que la calidad de civil es algo por lo que sí se debe luchar, pero de modo tan discreto y elegante que no parezca una guerra de voluntades.

Hay una manera segura de condenarse: flotar en un barco fantasma, en el que cada quien es el capitán, que rema con sus propias extremidades fabricadas de la madera que más le agrade a cada uno. Así podemos vernos cuando plañimos sobre un nombre que es difícil comprender ahora: el de la ciudad. Por más que queramos esconderlo, hay una gloria que ya no merecemos, pero que se antoja como necesaria: la de ser un ciudadano.

A menos que concedamos la voz a una metafísica en la que ser hombre tenga sentido en comunidad, seguiremos engañándonos al respecto de la posibilidad de armonizar esa tempestad que osamos llamar individualidad y diferencia. Esos conceptos parecen hacer una sola cosa evidente: nuestra propia imposibilidad para notar las diferencias, sin ahogarnos en nuestro propio vaso de agua. Para que no todo resulte en el caos con el aroma a la derrota, o para entender y subsanar las aporías de los que llamamos optimistas o pesimistas, admiradores ambos del sí mismos, se requiere admitir una cosa que nos cuesta mucho: que siempre, ante todo, es necesario tener una comprensión articulada de lo que nos sucede como hombres, es decir, que, en la ciudad, el instrumento máximo de la civilidad es la razón o, como los antiguos sabios solían llamarle, el logos.

Nada pierde su lugar natural sólo porque el hombre lo desee, pues jamás será tan poderoso. Aunque parezca sobrevenir la oscuridad, hace falta siempre la luz para distinguirse de ella. Puede que ya no aceptemos que la discusión valga la pena, pero entonces, en ese caso, estamos yendo en sentido contrario de la meta que nos grita toda aspiración al bien. Es necesaria la lucha de opiniones porque sólo así el hombre logra lo que está dentro de él: vivir bien. Es necesario que la civilidad no sea sólo el maquillaje de la buena costumbre, sino que sea, ante todo, valor en la palabra. Si la ley parece estar rebasada, no podemos quejarnos al respecto, porque dejamos de creer en la ley y en su justificación. Si lloramos al anochecer, sentados en los tilos de la desesperación, escondemos nuestra secreta complicidad en la incapacidad para recobrarnos del fuego que nosotros hemos ocasionado. Las fantasías de pequeño tirano (desde donde sea que vengan), sean en el nombre de la cultura, de la educación o de la economía, son parte de la estupefacción para entender las realidad ajenas, necesarias en la vida política. En el momento en que decimos que la verdad en la ciudad es una ficción, hacemos un retrato de nuestra situación exagerada: mostramos nuestra desfachatez.

 

 

Tacitus

Absolución

Sólo la pena de la penitencia libera al alma del peso de la culpa y del pecado. Ni el descaro del que se presume malvado, ni el olvido sobre aquellos a quienes se ha ofendido, lavan las manchas que nuestra maldad va dejando.

Es necesario saberse culpable, y también lo es saberse perdonado para cambiar de vía, para que la alegría se imprima en el rostro antes altanero, lloroso o enojado y para que el alma vea el peso enorme del que se ha librado. La tristeza no libera, por eso no basta con saberse malo, no es suficiente con enlutarse y dejar de hacer lo que hacen los malvados, porque la culpa no contiene la alegría de saberse salvo, ni contiene la esperanza de llegar a serlo un día. Cierto es que abre la puerta para verse rescatado, pero nos deja en el umbral de la alegría.

Sólo la absolución que recibe el alma conversa, es decir, la que se aleja de justificaciones en el presente, el futuro o el pasado contiene la alegría que da la fe, la esperanza de ser salvado y la caridad para perdonar y ser perdonado.

Maigo

El Rap de los Caballeros

El día de ayer visité a una amiga que acababa de parir a un chamaco hace no más de un mes. Fuimos a conocer al neonato, y de paso a felicitarla por haber adquirido el mayor logro que cualquier mujer realizará jamás: ser mamá (es lo que ellas mismas dicen, no me lo inventé, lo juro). Lo interesante de esto no es el niño, que como buen autómata y mudo ente natural, se dedicó a hacer lo que hace todo lo que parece tener vida en la naturaleza. Lo interesante de la visita fue la abuela de la festejada madre del morro. Todos los ahí reunidos pasamos como imbéciles varias horas alabando todas las gracias del chiquillo que apenas si podía abrir los ojos y pataleaba como si su vida dependiera de ello, excepto, claro, la abuela. Nos sorprendíamos de su tamaño, de sus uñas, de lo monas que eran sus ropitas y de las técnicas aun en desarrollo de los nuevos padres por darle un baño y cambiarle el pañal. La abuela no prestaba mayor interés, se dedicó a contemplarnos desde la distancia y a responder alguna duda (como si era normal que el bebé vomitara tanto) que le hiciéramos de vez en cuando. Estaba abstraída en un mundo que nosotros no compartíamos a pesar de estar encerrada junto con nosotros en el mismo cuarto. Sin embargo, de parte de la señora, no todo fue indiferencia, noté casi sin querer, que lo único que llamaba su atención era cuando hablábamos sobre enfermedades o afecciones físicas. Cuando llegamos al lugar, lo primero que hizo, después de recibirnos con todas las atenciones que la buena educación dicta, fue hablarnos acerca de porqué tenía enyesado su brazo, nos habló de su osteoporosis y en cada oportunidad que tenía nos hablaba sobre sus enfermedades pasadas y se condolía sobre las nuestras que llegamos a sacar al tema por simpatía con la vieja.

Como pretendo mostrar a lo largo de este texto, me llamó la atención la indiferencia de la vieja, al mismo tiempo que me hizo recordar un comercial de Cinépolis que vi hace unos meses. En él salían unos jóvenes bien concienzudos conviviendo con unos ancianos bonitos de algún asilo de alta sociedad. Se mostraban audaces, compasivos y los viejos fingían lo más que podían una sonrisa e interés por la situación representada. El tema del videíto era que había una campaña (propuesta, según recuerdo, por Cinépolis) que trataba de llevar a los viejos, ipads y computadoras para que pudieran “reconectarse” al mundo y estuvieran más en onda. La intención del publicista que llevó a cabo el proyecto era mostrarnos cómo los ancianos eran infelices porque no tenían internet, y no podían disfrutar de la maravilla que es facebook, con todo ese troleo, fiestas locas, pornografía y nacadas que hacen brillar como a ningún otro al rey de los blogs y a sus blogueros de closet. Resulta evidente que enchufar a los ancianos que están en los asilos olvidados por sus familiares, no va a hacer que se reintegren a la sociedad, ni van a lograr que efectivamente sean amados o tomados en cuenta. Por supuesto, me parece macabra la idea de ponerles al alcance de las manos una tableta para que puedan ver todo lo que hacen sus parientes en vez de ir a visitarlos (o llevarlos a vivir con ellos, o llevarlos a esos paseos a divertirse con ellos), como si de una tortura absurda se tratara. Claro, todo bajo el supuesto de que los ancianos de estos asilos tienen todavía ganas de algo que no sea no morir.

Pone en boca de Céfalo, Platón un diálogo bien interesante al principio de la República. En él habla el dueño del perro mágico con el todopoderoso Sócrates acerca de lo chingón que es tener ya más de cincuenta y cinco años y haberse independizado de la maldita tiranía que ejerce Cupido con su arquito y sus flechas que huelen a fresa, sobre todos los pobres hombres y mujeres que tienen una edad menor a la antes señalada. No sé hasta qué punto sea esto cierto, sin embargo, tengo la esperanza de que así sea. A qué viene todo esto, bueno, a que llevo ya rato pensando qué chingados con los ancianos (perdón, adultos mayores para que no les sangren los ojos a nuestros lectores políticamente correctos), vamos, es evidente que a esa edad uno no puede andar retosando por el mundo como un quinceañero, no tiene la fuerza que necesita como para establecer una tiranía, fuerza física, pues, tal vez pueda ser buen gobernante, pero, ¿de verdad quiere uno gobernar a esa edad? ¿De verdad quiere andar uno viendo chismes, quién hizo qué y quién no hizo lo suyo? El gobierno es desgastante, la política es hermosa, pero exigente. Tal vez, y lo dejaré así de parco, a esa edad lo único que le quede al hombre sea la política.

Bueno, resulta que el fruto parido de mi cavilación sobre los ancianos fue que son testimonio de otro mundo, de un mundo de silencio y muerte. Parece, y lo digo desde la juventud, que al llegar a cierta edad uno no se preocupa más que por mantenerse vivo, no en un sentido de ganarse el pan para comer, sino en un sentido de simplemente no morirse. En otras palabras de cuánto más le va a durar la vida y cuánto más va a poder soportarla como un marido a su quejumbrosa esposa, sin volverse loco. Aprovechando el punto de Facebook, podemos ver con facilidad que hay ciertas cosas en común entre las generaciones que habitan el mundo hoy en día activamente, conocen más o menos las mismas cosas, los más viejos (cuarentones o treintones) recuerdan cómo se divertían de niños, en qué se entretenían y las actividades que marcaron su vida como conciertos musicales o fiestas del pueblo donde terminaron en una batalla campal o conquistando a la flor más bella del ejido, o bien marihuanos. Los más jóvenes hablan de lo más nuevo, de los suyo, deso a lo que los viejos no tienen acceso por tener que trabajar, además hablan de lo retro, de lo que fue lo más nuevo para los más viejos y de cómo eso está chido o chirle dependiendo el gusto de cada quien. También hay chismes en el discurso de los hombres, hablan sobre tal o cual cosa que sucedió o que va a suceder, de quién se mete con quién y quién muere en el intento, lo hablan con tanta emoción como si eso fuera lo único importante en el mundo y lo único sobre lo que valiera la pena hablar. Bueno, chicos de la generación equis que después se llamó yé y que ahora les dicen Milenials, ¿qué va a pasar cuando ustedes sean los últimos de su generación? ¿A quién chingados le van a contar sobre el Pato Lucas, o sobre Boba Fett, o sobre la banda de los panchitos que aterrorizaba a la colonia? Ya sé que no pensamos en eso y que muy en el fondo esperamos morir antes de ser el último espécimen de nuestra generación, pero, el problema es real, es cierto que en algún momento en el tiempo habrá solamente un hombre (o mujer) nacido en el año de 1999 y será el último de su generación. Nosotros lo vemos muy lejano, y tal vez las guerras atómicas, el comunismo o el feminismo terminen con nosotros antes como si fuesen los cuatro jinetes del Apocalipsis. Pero los viejos de los asilos están viviendo esa realidad, y por mucho que les den facebook, tuiter o snapchat, su situación de saberse los últimos de su especie (por así decirlo) es algo que pesa y pesa más que los huesos osteoporosos de las viejitas o la protectora loza sobre la espalda del que alguna vez fue héroe nacional y le llamaban el Pípila. Llegará un momento en el tiempo, en el que nadie habrá oído la canción de la Abuelita de Batman, la cumbia del abuelo, o el rap de los caballeros.

No pretendo sonar como un humanitario defensor de la dignidad del adulto mayor, pero está cabrón estar en sus zapatos. Así como el recién nacido mudo y torpe que fuimos a ver el día de ayer, no podía hablar con nadie sobre la experiencia de estar vivo, ya fuera por que no sabe que se puede, porque Dios no ha entrado en su cuerpo, porque la comunicación es imposible o porque no hemos aprendido a comunicarnos con los recién nacidos; así mismo los ancianos no pueden hablar desde su lejano lugar del mundo. ¿Con quién pueden hablar sobre la experiencia de sentir los pasos de la muerte cada vez más cerca? Creo que desde su perspectiva no estarían interesados en ver a un chamaco mientras le cambian el pañal, ellos ya vivieron eso, no les interesaría, tampoco, corretear a la moza de mejor pinta, o salir a rayar las paredes y luchar a muerte en una fiesta de viernes por la noche, porque eso ya lo vivieron, ya lo sobrevivieron y ya no pueden volverlo a hacer. Sin embargo tienen una nueva experiencia e imposibilidad: la muerte. La abuela de mi amiga, se le veía en la mirada las ganas de hablar sobre luxaciones, fracturas, dislocaciones y padecimientos en general. No porque fuera una anciana hambrienta de atención, o porque tuviera la perversidad de complacerse con el dolor ajeno; sino porque en nuestra experiencia (como jóvenes contemporáneos que vivimos sin prejuicios) el dolor es el punto más cercano que tenemos a la experiencia de la muerte, a lo que ella está viviendo y a lo que trata desesperadamente de darle sentido hablando con una bola de sordos y un bebé mudo. Los ancianos son testimonio de silencio y soledad, eso es una situación que ni siquiera Facebook puede cambiar.