LA GRAVEDAD DEL “SILENCIO AMOROSO”

La gravedad del “Silencio amoroso”

¿Son necesarias las palabras cuando se ama?, es la pregunta a que da respuesta el poema de juventud de Miguel Hernández “Silencio amoroso”. Pero antes de ver qué responde, lo que habríamos de ver es ¿Quién lanza la pregunta? El que se sorprende ante tal proposición es el hombre que ya no necesita de las palabras al amar, el que sólo requiere del movimiento exaltado de su pecho junto a su amada, del vaivén en que se inundan los cuerpos. El hombre que pregunta: ¿Por qué son necesarias las palabras en el amor?, ¿es todavía un hombre?

     ¿Qué se pierde o se gana sin las palabras en el amor? Para responder a esta pregunta desde el poema de Miguel Hernández hay que notar que la única voz ahí es la de un amante que le pide a su amada no deje que bulla el silencio, pues le aterra que éste al ir bullendo suba como espeso vapor hasta nublar la boca, provocando esto que las palabras sean tan ligeras que se vayan al viento. De hecho, hay que notar, también, que con las insistentes preguntas del amante, nos contagia de una desesperación parecida a la que ha de experimentar un ave en la tormenta que intenta regresar a casa. Grave situación que prefiere no sentir la amada. El amor se vuelve una cosa liviana, sin ningún peso en la vida, y todo por dejar que bullera el silencio. El único lastre que le impide volar impulsivamente a la amada, son las palabras del buen poeta español.

     Por eso a toda pregunta el joven encuentra un silencio que amenaza perderlo. Y aunque ella ha tejido una red donde puedan descansar, él sabe que esa red tan frágil que es el silencio no logrará ligar nada. Al final se romperá y cada uno se quedará con un hilo desgarrado, sin poder volver a unirse. Por esto le advierte que: “Lo que es peligroso/en una pareja/ de amor, es callar, /porque sin la lengua, /discurre la carne/políglota terca.” Pensemos que no dice de la carne que es políglota por lo mucho que dice, sino por lo mucho que intenta decir, en mil contorsiones, ahogándose siempre en un mudo silencio que la quema. Y es ese calor lo que ella espera atraiga al otro.

     Al final del poema, pregunta el amante: “¿Sí? ¿Ya?… ¡qué tristeza!”, por lo que podemos pensar que la mujer sí se decidió a ya no hablar, convirtiéndolos en carne silenciosa, que nada puede decir del amor. La tela de la muda araña se rompió, la carne se está incendiando y el amor se fue volando.

Javel

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