Razones para sonreír

¡Ah! No me desampares, Señor Dios mío; no te apartes de mí.

Sal. 38,22

Mis faltas son tantas… sólo por recordarlas me duele el alma, si trato de enumerarlas mi lengua acaba pegada al paladar; y si contemplo lo que de mí ha resultado con esta vida de pecado, no veo más que huesos raídos y secos.

No es difícil darse cuenta de la necesidad que tengo: necesito el agua que da la vida, pero mis pesquisas son infructuosas, y no logro dar con el manantial. He caído en el pozo del pecado, y en mi soberbia intentado levantarme, sin más éxito que el de caer nuevamente y perder toda esperanza cifrada en mis fuerzas: la ausencia de palabras que me den consuelo, es lo peor de este infierno, el silencio es aterrador y la búsqueda de confort para mi ánimo sólo me ha dado sinsabores.

Despúes de mucho meditarlo: comprendo que no puedo sostenerme en pie por mí propio esfuerzo y veo que sólo de rodillas es posible mantener el equilibrio en medio de la obscuridad de este abismo. Sólo de rodillas alcanzo a ver hacia arriba, y mi sorpresa es grande… veo la mano del amigo, tendida y dispuesta para auxiliarme, veo sus labios sonrientes, capaces de reconocer mi miseria y de perdonar mi falta, veo al fin que todavía hay razones para hablar y sonreir.

Maigo.

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