Digresión sobre la experiencia del alma

Digresión sobre la experiencia del alma

Quizá sea una imprecación muy injusta de mi parte, pero no creo haber visto demasiadas escritos dedicados a analizar mínimamente la obstinación que tenemos por defender todos los derechos, hasta los de los animales. Un orgullo se torna en una necedad cuando pierde toda posibilidad de estar fundado en una idea defendible de lo bueno. Lo cual no significa que la idea de que existan derechos animales no esté fundado en algo así como nuestra idea de lo bueno; significa que esa idea, además de haber renunciado, en algún punto, a la posibilidad de sostenerse racionalmente (con razones), encubre un equívoco fundamental en nuestra manera de experimentar y explicarnos la verdad sobre nuestra relación anímica y natural con otros entes vivos.

No podemos negar que reconocemos la diferencia. Decir que no la hay es reconocerla implícitamente: tuvimos que realizar un juicio de asimilación y semejanza, a través de nuestra visión del movimiento animal, para llegar a dicha articulación, lo cual no le interesa, en lo más mínimo, al más amigable de los perros. He notado, perplejo, que cualquiera que intente defender que hay algo semejante a lo humano en los animales no puede evadir el hecho de referirlo con términos sacados de su observación de la naturaleza básica del alma: los animales sufren y sienten agrado, placer; saben lo que les conviene; son dignos de respeto. Obviamente, esa afirmación encubre no un equívoco completo, sino algo que puede llamarse intuición con algo de sentido común. Ese tipo de cosas no las diríamos jamás, a menos que quisiéramos bromear, de un ser inanimado. Hay algo en esas relaciones que dice mucho más de nosotros de lo que quisiéramos decir de los animales.

El respeto y el amor debido a los animales, según sus defensores, recibe siempre la justificación de que el sufrimiento es malo para ellos. El problema en esa afirmación no es tanto el hecho de que para dicho intento de juicio moral hayamos tenido que colocar análogamente la experiencia del sufrimiento en el comportamiento animal; no, el problema es el de no saber separar el fin del medio, y lo natural de lo arbitrario en lo que vemos y juzgamos de la vida animal. No es un problema moral, sino de investigación natural. Se torna problema moral, cuando reducimos la felicidad que experimentamos a la región sensible que, supuestamente, compartimos con el animal en nuestra analogía. Se torna problema moral cuando eso muestra nuestra pobre idea que el sufrimiento sensible es el opuesto total a la felicidad humana; se vuelve moral al entrar en la región de los criterios éticos de la vida humana.

No he conocido, jamás, animal alguno que no cumpla eficientemente el fin para el que fue creado. Ello es así porque, en realidad, los animales no necesitan encontrarle sentido alguno a su vida: siempre ha sido, es y será el mismo. Los animales no pueden tener derechos por el simple hecho de que jamás han violado la ley, ello también por el hecho de que eso jamás les será posible de ninguna manera; sólo conocen una ley, y no les es necesario interpretarla o adecuarla: existen por ella y en ella. Ese sentido común que nos hace reconocer la sensibilidad por las caricias o los maltratos, esa necesidad de comida ni siquiera es experimentada jamás del mismo modo que en nosotros: es sólo un reconocimiento parcial. Esa reflexión no se puede hacer a fondo si no negamos, por otra parte, la visión del cuerpo y los organismos más y menos desarrollados biológica y materialmente.

Nosotros hacemos cosas semejantes a los animales, salvo por el hecho de que ni siquiera el comer o el palpar es los mismo para nosotros. Creo que ni siquiera los supuestos niños salvajes ven un plato de carne del mismo modo en que lo hace un animal cualquiera. Ninguno de los modos de “comunicación” animal es algo análogo al lenguaje: en ellos no hay tal cual palabras y unidades articuladas, sino sólo el ruido y el sonido que su propia naturaleza les otorga en cada caso. Y esto lleva a una conclusión al respecto del fin, avisada un poco antes. El hombre tiene la posibilidad de vivir en una dimensión de la ley superior a la que tienen los demás animales: la dimensión política. Los animales pueden pelearse por comida o por una hembra; los hombres discuten por lo que les parece bueno, y se alejan de lo que les aparece como malo, al mismo tiempo de que se equivocan muchas veces en su juicio sobre lo uno y lo otro. No siempre son felices del todo. Pero eso no implica que no puedan serlo; al contrario, precisamente ese hecho de que algo no es correcto, o de que algo no les es suficiente, es muchas veces lo que les permite vivir del modo en que lo hacen. Sobre todo, el hombre tiene la necesidad de vivir o de ignorar la verdad. Esa es su feliz condena.

El fin del hombre es controversial, pero nunca está bajo total oscuridad, por mucho que así lo parezca. Nunca podemos actuar en contra de ese fin, pero lo que sí parece es que no llegamos a él del mismo modo, ni otorgándole el mismo nombre. Si creemos que sólo el placer o el sufrimiento son guías suficientes para ese problema, ya hemos prejuzgado, no guste o no, éticamente. Es necesario, sin embargo, que escaparates de nuestra sentimentalidad moderna como los derechos animales, no oculten el problema de verdad: la necesidad de distinguir entre una vida más alta y mejor, y una inferior. En ello se ve la necesidad de la investigación natural que supone el conocimiento del orden de la vida.

Tacitus

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