El arte de la abogacía

En el Especial de Noche de Brujas IV  de Los Simpsons  (or Treehouse of Horror IV) podemos encontrar el despliegue perfecto de un abogado. Obviamente éste ocurre en un juicio —realizado a Homero Simpson, mismo en donde fácilmente puede robar nuestra atención su primera y única intervención. En realidad no sé si la escena pudo alojarse en mi memoria por despertarme una que otra carcajada o por sentir el ejemplo muy cercano a mí (en ocasiones ese licenciado se hace llamar Leobaldo Luna… ¿o puede haber otra cercanía registrada en mí, lector?). Sea el caso que sea, creo que resultaría interesante que platicáramos un poco de ella*.

Tratando de defender a su cliente de la acusación de incumplimiento de contrato (el Diablo le prometió una dona al atolondrado padre de familia a cambio de su alma), el licenciado responde:

Ah, muy bonito discurso, señor, pero yo me preguntó qué es un contrato. El diccionario lo define como un acuerdo legal que no se puede romper… que no se puede romper.

Al escuchar esas palabras uno termina contrario al malévolo jurado del proceso: es imposible permanecer perplejo, atónito o indiferente. La ineptitud del defensor fue capaz de motivarnos un estallido de risa, a veces discreto, a veces sonoro. En vez de ayudar, sus palabras acaban por hundir a su cliente. No hay objeción que valga, Homero no puede evadir ese compromiso, ninguna eludición es posible. La escena todavía resulta más hilarante si recordamos algún abogado o anécdota en especial. Ya sea por inocencia o torpeza, ¿quién no ha conocido alguien que resulta tan distraído que ni atiende a lo que dice? Así, el licenciado Hutz solo no huye, lleva consigo el sosiego de su espectador.

Dando rienda suelta a nuestra curiosidad, podemos remitirnos al diálogo original de la caricatura. El interés proviene en que tal vez esas palabras sean arbitrarias y el actor de doblaje decidió insertarlas. Recurrentemente quienes prestan sus voces deciden ser muy benévolos con su audiencia o ser demasiado jactanciosos al remediar los diálogos originales. Por un lado saben que ciertas frases no podrán ser comprendidas por sus oyentes, así que resulta mejor familiarizarlas a su público. Por ejemplo, nunca falta el actor sudamericano de doblaje que tropicaliza las obras importadas. Cabe señalar que esto indicado va más allá de la adaptación o traslado (Los Simpsons es un ejemplo de un buen trabajo en estos ejercicios), aquí trato de indicar cuando uno desconfía de la genialidad del escritor o guionista: en este sentido parece otra versión del remedio de diálogos.

Con dicha advertencia, es pertinente que demos palabra otra vez al licenciado Hutz:

That was a right-pretty speech, sir. But I ask you, what is a contract? Webster’s defines it as an agreement under the law which is unbreakable. Which is unbreakable!

Al volver a escucharlo nos damos cuenta que parece haber una variación, habiendo puesto atención fruncimos el ceño ante la extrañeza. En la versión original no se dice que un contrato no se puede romper, sino que es irrompible. Deteniéndonos en la expresión del mismo abogado, percibimos que ejerce una mayor acentuación en una segunda parte de la palabra. De este modo el juego de palabras intenta mañosamente convencernos de que el contrato puede ser rompible (which is un… breakable). Con ello, nuevamente (¿o inicialmente?) no logra defensa alguna. Quien tradujo esta escena para la población ibérica comprendió esto y realizó un intento decente por trasladarlo:

Sin duda un discurso muy convincente, señor. Pero yo pregunto qué es un contrato. Según el diccionario, un contrato es un acuerdo legal irrompible. ¿No lo cogen? I-rrompible.  

Siendo bien pensados, imaginamos que este actor de doblaje quedó tan maravillado por el juego de palabras que decidió hacer énfasis en él. Quiso indicarle a su público que prestaran atención ante el fabuloso chiste. Si bien estas palabras no lograron la defensa, ellas pudieron brindarnos otra visión de este licenciado: en el doblaje ofrecido a nosotros Leobaldo Luna es un tonto descuidado de lo que dice, ahora —en el ibérico y original— Lionel Hutz es un licenciado astuto y engañoso. ¿Cuál será el verdadero? ¿Quién puede representar mejor al gremio? ¿O en realidad son dos visiones que se complementan? Muchas preguntas nos invaden, al menos agradezcamos a Lionel Hutz que pudo mostrar que no siempre hablamos como si estuviéramos escribiendo contratos.

*Antes debo pedir una disculpa. Alguna vez un amigo mío me comentó que un hombre muy refinado le había dicho que era una grosería aclarar un truco de magia o explicar un chiste. Lo siento si alguno se siente ofendido por tal razón. Quizá pueda indemnizarlos ofreciendo una recompensa si terminan de leerme sin considerarlo una pérdida de tiempo.

Bocadillo de la plaza pública. En estos días corrió un chismezaso en nuestra gran vecindad: la querella entre el comentarista deportivo Christian Martinoli y el ex técnico de la Selección Nacional Miguel Herrera. Sería redundante volver a contar lo sucedido, ya que al inicio de esta semana el pleito ocupó los titulares y algunas discusiones de los periódicos y noticieros (tanto que varios consideraron el hecho como una cortina de humo). Entre los que comentaron el suceso, hubo algunos que estaban fuertemente indignados por la falta cometida a la libertad de expresión. Por un lado son comprensibles estas palabras. No es secreto que México es un lugar muy inseguro para el periodismo, sea que lo demostremos por estadísticas o registrando los nombres de periodistas asesinados, desaparecidos o exiliados. Siendo todavía más específicos, situaciones como la de Veracruz resultan preocupantes para el gremio: la actual administración ha destacado por su incomodidad o desinterés por la libertad de expresión. Prueba de ello la encontramos, por ejemplo, en el cruel asesinato de Regina Martínez, corresponsal de Proceso en la entidad. Después de 1190 días de opacidad, aún es incierto lo que ocurrió en torno a la periodista. ¿Cuál fue su error? No haber tenido un noticiero matutino en radio, así varios seguidores hubieran ejercido presión en las calles. Al menos un gordito megalómano sí hubiera sido sancionado.

Mondadientes. ¿Qué? ¿Los entretuvo? De todos modos no había pizza o recompensa alguna.

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