La gota que derramó el vaso

La gota que derramó el vaso

Él era de los que veía el vaso medio lleno, más por comodidad que por optimismo. La vida se le antojaba como para no tener que volver a comenzar desde cero. Con todo lo que ya tenía era bastante para empezar a trabajar o, mejor aún, seguir en lo propio. Porque, ¡qué molesto es ir a repetir todo aquello que no es de mi agrado!, pensaba este hombre. Así estoy bien, ahí la llevo, se decía. Además, ¿quién entre los presentes se atreverá a dejar a este pobre hombre más pobre, con algunas de esas preguntas que hartan a cualquiera, pero que al final, dice la mayoría, te deja vacío?

Así es como vivía este hombre, sin preocuparse por nada más que por acumular experiencias y exagerarlas cada vez que llegaba el momento de dar cuentas a un desconocido charlatán o a algún amigo más, de esos de ocasión. Realmente sus relaciones no duraban, pues lo importante  –todo el mundo lo sabe– es avanzar. Cada vez que le ocurría conversar con alguien comenzaba dando su amasijo de historia, después de lo cual guardaba silencio, veía en el rostro de su interlocutor si había triunfado o no, sonreía patéticamente –daba la impresión de que no sabía hacerlo– para disponerse a escuchar al otro, y dar un veredicto parecido a éste: “Yo creo que estás exagerando, te falta ser más objetivo”. Con pomposo acento se perdía la conversación, pues nunca llegaba aquella sonrisa amable, que es como el punto y seguido de una plática, ni la voz franca y seria para tratar otros asuntos. Se podría decir que las charlas de este hombre no tenían principio ni fin, ni arriba o abajo.

Pero algo le pasaba, y era grave. Por más que vivía, no lograba superar ese mediocre nivel de vida que tenía. ¿Tendría fugas su vaso? ¡Tantas experiencias y ninguna lograba elevarlo!, pero al poco tiempo se le olvidaba esto y regresaba a vivir como antes.

Leyó, escribió, platicó y vivió mucho, incluso se dio la oportunidad de ser audaz. El tiempo nunca fue su enemigo, pero tampoco le agradeció nada. Así fueron todos sus días, hasta el final, sin enturbiar el agua, sin verla derramarse. Un día, cerca del final, se preguntó: ¿Qué hice? ¿Qué sé de mi vida que no sea exagerada construcción mía?, ¿qué he hecho?, ese día no murió. Ahora vive con un vaso lleno de franqueza, y vacío de vanidades.

Javel

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