Claroscuros en nuestros demonios

Hundido en el estanque, sostenido desde el fondo por rocas, yace el cadáver de un estudiante. Tras efectuarse la investigación correspondiente, se halla que el crimen fue planeado e incitado por un correligionario del mismo círculo intelectual. Junto con eso también se descubre que este círculo no era una simple tertulia literaria, en realidad pretendía ser el nudo de una red política tejida bajo una causa común. El suceso conmocionó a muchos en Rusia e incluso algunos otros en Europa, entre ellos el escritor Fiodor Dostoievski, quien con su impresión logró conformar Los demonios.

Al publicarse la obra los detractores no se hicieron esperar. Varios le achacaron que la novela no retrataba con fidelidad al responsable del homicidio, que su Verhovenski no es una imagen exacta de Sergei Necháiev. Por lo mismo la novela es un falso testimonio, comete grandes errores si intenta iluminar el evento tenebroso. Todavía más grave: el narrador del relato nos advierte que estamos frente a una crónica, cualquier imprecisión es imperdonable.  Ante esta crítica, ¿la novela puede ser importante?

Considerando su densidad y extensión, con facilidad respondemos negativamente. ¿Quién demonios querría leer una novela sumamente larga llena de personajes violentos, atormentados y desagradables? La novela podría tener un papel relevante en nuestra vida si la tomamos como un pasatiempo. Nos partimos tanto el lomo, hora tras hora, que merecemos un ocio apropiado, mejor aún si es cultural. No obstante, como ya vimos, Los demonios sigue perdiendo.

Retomando los personajes extraños, otra opción podría ser que la novela sirve para recordar los horrores en el hombre. Sus páginas señalan dolorosamente qué tan enfermos estamos o podemos llegar a ser. Coloquialmente diríamos que retrataría perfectamente los demonios que sufrimos cada uno. Nuestra vida cotidiana sería una lucha por vencerlos, por no dejar que emerjan a la superficie. Colaborando en esta tarea aparecen diversos especialistas con terapias que intentan arrullar a nuestras bestias internas. Su riesgo se debe a que éstas refunfuñan desde el fondo insondable, los gruñidos se traducen en acciones en el mundo. Así el paciente no es responsable por lo que hace, sus amos residen en su propio corazón.

Frente a ello debemos alegar que es un hecho que juzgamos esas acciones. No vivimos guardando una actitud escéptica cuando se presenta alguna, por lo mismo no asumimos que otro sea responsable de ella. Siendo acertados o no, calificamos a alguien como sensato, virtuoso, criminal o perverso. Ni siquiera lo misterioso de la acción nos detiene en nuestro juicio. Pese a que no veamos su origen o su alcance final, nos animamos a hablar acerca de ella (lo cual varias veces nos orilla a cometer errores o malinterpretaciones). Si quizá no llegamos a apresar a los demonios, al menos podemos hacerlos manifestar en penumbra.

Teniendo estas limitantes nebulosas y el propósito iluminador de la novela, ¿aquí residirá su utilidad? Con la presentación de la obra literaria, el autor permite que veamos cosas no tan claras en nuestra vida cotidiana. De este modo podemos realizar una observación más minuciosa de los personajes involucrados en la novela. Consciente de esto, Dostoievski pudo replantear aquel sombrío evento para ponerlo a la luz pública. Si bien no conseguiría una respuesta última, al menos tendría una explicación de un posible problema. Pasando a la vista de los críticos, el ruso logró un testimonio más completo. Quizá esto sirva para los días convulsionados donde aparecen tiradores en iglesias protestantes o jóvenes saboteadores en las calles. La novela sería el fósforo encendido en nuestros tiempos oscuros.

Bocadillo de la plaza pública. Engaños, difamaciones y acoso otra vez, sí, en el periodismo nacional.

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