Menguante

Menguante

 

Hay algo difícil en la sencillez de Amado Nervo; así como se filtra la altivez entre la sombra de su humildad. Quizás Amado Nervo no es poeta solar y heroico como Homero, ni lunar y taciturno como Verlaine, sino crepuscular, acaso un poeta de luna menguante. Un buen ejemplo sería su poema de 1898 “Al Cristo”.

Señor, entre la sombra voy sin tino;
la fe de mis mayores ya no vierte
su apacible fulgor en mi camino:
¡mi espíritu está triste hasta la muerte!

Busco en vano una estrella que me alumbre;
busco en vano un amor que me redima;
mi divino ideal está en la cumbre,
y yo, ¡pobre de mí!, yazgo en la sima…

La lira que me diste, entre las mofas
de los mundanos, vibra sin concierto:
¡se pierden en la noche mis estrofas,
como el grito de Agar en el desierto!

Y paria de la dicha y solitario,
siento hastío de todo cuanto existe…
Yo, Maestro, cual Tú, subo al Calvario,
y no tuve Tabor, cual lo tuviste…

Ten piedad de mi mal, dura es mi pena,
numerosas las lides en que lucho;
fija en mí tu mirada que serena,
y dame, como un tiempo a Magdalena,
la calma: ¡yo también he amado mucho!

 

Para ser uno de los poetas más populares, el poema de Nervo es escandalosamente culto: popularidad no vulgarizada. La primera estrofa, por ejemplo, remite en imagen y sonoridad a un famoso poema anónimo del siglo XVI que se conserva en la frase coloquial “no me mueve, mi Dios, para quererte”, de la que tan variadas aplicaciones todavía pueden escucharse. Incluye, además, una referencia al “Auto de los Reyes Magos” (que se nutre directamente de Tertuliano) y rige los cambios o/e-e/o en la estrofa. Culmina con una cita del libro de Job -quizás el tercero de los versos más interesantes de ese libro sapiencial. Poesía castellana del XVI, drama toledano del XII y sapiencia hebrea del VI a. C. en tan sólo la primera estrofa. Cristianismo, islamismo y judaísmo reunidos en una plegaria mexicana. Estilísticamente, además, disocia sonoridad y escritura en la segunda estrofa: una estrella que mea lumbre/una estrella que me alumbre o yazgo en la sima/yazgo en la cima; reiteraciones “vanas” en los primeros dos versos; versos profanos entre los sagrados: mi divino ideal está en la cumbre. O ese juego cultísimo de la estrofa central que compara el descenso al Hades de un Orfeo nervioso con el inicio de la Hégira, y que por el juego de fechas (16 de julio) nos lleva directo a la subida al Monte Carmelo, el lugar más elevado de la mística cristiana. Reúne el poeta los montes Carmelo, Calvario y Tabor para recordarnos la batalla contra Ba’al (cfr. 1 Reyes 18:16-40 con Corán 37:123-130), de necesaria referencia en nuestros tiempos de ISIS y de conocimiento reservado sólo a los más enterados. Y al final, en un giro que presagia a López Velarde, aparece Magdalena para demostrarnos que por deficiencia de amor no entendemos absolutamente nada. Insisto: popular mas no vulgar. Algo raro hay en este poema de Amado Nervo.
La primera estrofa conserva una ambigüedad sospechosa. En una primera lectura parece referir al hombre sin fe que nostálgicamente busca volver al redil. Sin embargo, la sombra no es la noche, sino el lugar en que uno se guarda de la luz del sol. El hombre que aparentemente carece de fe en realidad se está escondiendo de la visibilidad propia del creyente. No habla el hombre que ha perdido la fe, sino el que ha disipado el prestigio: el ateo no es quien pierde la fe en Dios, sino la fe de los hombres en los hombres. Nuevo Job quien no puede ser tentado a pecar. El hombre que se cree excelente, ese que en la segunda estrofa no encuentra luz digna o merecimiento amoroso, ese que es voluntad pura en sí mismo, ese que es la autoproducción más libre… pero vana.
La estrofa central de poema es una pieza clave. El hombre más moderno por excelencia, el gran Orfeo, sabe que nadie recordará su canto, sabe que muchos considerarán bastardos sus versos, sabe no poder volver atrás y se ve imposibilitado de seguir adelante: ni tiene Eurídice ni es Mahoma; ni salvará al arte ni podrá salvar la fe. ¡La modernidad habrá de destruirse a sí misma!
Las últimas dos estrofas marcan la única decadencia posible, a la mirada de Nervo, de la modernidad: sacrificio del solitario y sacrificio del amante. A diferencia de, digamos, Rousseau, el solitario Amado Nervo se sacrificará a sabiendas de la huida de lo sacro: niega hasta el final digno del héroe trágico. A diferencia de, digamos, Shakespeare, el amante Amado Nervo se sacrificará a sabiendas de la vanidad de las pasiones: niega hasta el final catárquico del héroe romántico. La modernidad, como la luna menguante, nos va advirtiendo la muerte. La vida, como la luz de la luna, es una apariencia, un reflejo. El hombre moderno es imagen de Cristo cuando ha olvidado imitarlo.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. El pasado 26 de agosto llegó a las librerías “Los 43 de Iguala. México: verdad y reto de los estudiantes desaparecidos” de Sergio González Rodríguez bajo el sello de Anagrama. Libro de lectura indispensable a un año de la desaparición de los normalistas, brinda información importante para comprender el hecho. Señalo tres de sus aportaciones.
1. González Rodríguez nos hace ver que mirando el problema de los desaparecidos de Ayotzinapa bajo el simplismo de una nación agrupada en dos bandos desgastamos innecesariamente el lenguaje y con ello alejamos la posibilidad de la justicia: de un lado reducimos todo a la neutralidad del lenguaje legal, con lo que negamos valor a la ley y legitimidad a cualquier iniciativa oficial sobre el caso; del otro, elevamos la lucha como ideal y con ello reducimos la búsqueda de la justicia al afán de venganza.
2. Los grupos anarquistas que se han adherido a la “lucha” por Ayotzinapa tuvieron su origen en las ideas de un anticastrista deportado de Cuba y agente de la CIA de nombre Gustavo Rodríguez Romero (p. 146).
3. El gobernador interino de Guerrero, Rogelio Ortega Martínez, ha sido señalado por sus vínculos con las FARC, grupo armado que actualmente se financia mediante el narcotráfico en alianza con Al Quaeda (pp. 156 y 157).

Coletilla. El pasado domingo 30 de agosto murió Oliver Sacks. Comparto la necrológica más bella de las que he leído y se han escrito en su honor. Se intitula “El arte del médico” y la publicó Jesús Silva-Herzog Márquez en Reforma.
El médico, el médico de veras, no es un científico, es un artista. Si al científico le importa la verdad y podría decirse que sólo eso le importa, el médico se empeña en hallar el camino al bienestar, al alivio. Naturalmente, el médico necesita de la ciencia y se sirve de ella. Su trabajo, no hay quien lo dude, cultiva conocimiento cotidianamente. Su meta, sin embargo, es otra. Cuando Paul Valéry se dirigió a los cirujanos que lo invitaron para abrir uno de sus congresos, el poeta los llamó “ministros de la voluntad de vivir”. Hay en ustedes, les dijo, “un artista en estado necesario”. Su materia no es el lienzo o el mármol sino la carne viva. El cirujano es un artista, dice Valéry, porque “su obra no se reduce a la ejecución uniforme de un programa impersonal de actos”. Quien interviene el cuerpo para sanarlo no puede actuar como el mecánico en la línea de producción. En la receta, la cirugía o la terapia está el paciente único, irrepetible y la inteligencia imaginativa del doctor.

Pienso en el artista que hubo en Oliver Sacks, muerto hace unas horas. Artista por cuenta doble: primero como neurólogo, después como escritor. Tal vez haya sido una empatía literaria lo que le permitió imaginar la vida de los otros, sentir la experiencia interior de sus pacientes. Sacks se acercaba así a sus pacientes, simultáneamente buscando el tratamiento y la evocación: el dictamen y el relato. El diagnóstico del neurólogo es, necesariamente, un retrato. La enfermedad se disuelve como abstracción para ganar vida. Los ensayos de Sacks pueden leerse como relatos fantásticos: cuentos de la confusión más profunda, de la desmemoria más severa, de los talentos más sorprendentes. Diagnósticos que son ensueños: los colores se huelen, las personas se convierten en cosas, lo ido puede verse todavía. En uno de sus grandes maestros, el neuropsicólogo A. R. Luria, encontró la capacidad para transformar la ciencia en poesía.

La ciencia se convierte en arte porque no hay asomo de generalización en sus oficios. El paciente, lo sabe bien, es único, irrepetible. Podrá haber nombre que describa un malestar pero la experiencia que vive un paciente es sólo suya. Ahí es donde se abrazan el novelista y el terapeuta porque cada uno, por las necesidades peculiares de su oficio, esculpe a un personaje. Incapaz de aprobar un examen de opción múltiple, torpe para reconstruir una teoría, el doctor recuerda vivamente a cada uno de sus pacientes. Nada le irrita tanto como esa medicina impersonal que trata a las personas como portadoras de una enfermedad, no como personas. Nada tan lejano a sus escritos como los manuales de diagnóstico estadístico. En El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, defiende este deber clínico de proceder narrativamente. Hacer cuento, historia de los padecimientos de un paciente: tocar así a la persona, al individuo real, al hombre o la mujer de carne y hueso. Escapar del qué que enferma, ese trastorno abstracto que corroe el pulmón para hablar del quién que lo padece.

Oliver Sacks pudo publicar su autobiografía pocos días antes de saber que su vida llegaba al fin. Por fortuna, esas memorias no tienen el sello de la urgencia, la tonada de las despedidas. Fue ahí, en su último libro, donde abrió públicamente su intimidad. Recuerda en ellas el momento en que su madre al saber de su homosexualidad, le dijo: “eres una abominación. Ojalá no hubieras nacido”. Súbitamente, el hijo preferido se convirtió en una vergüenza familiar. Sacks lo recuerda con dolor pero sin resentimiento: todos somos hijos de nuestro tiempo, de nuestra crianza. Mi madre, advertía, nació a fines del siglo XIX, su familia era profundamente conservadora. Y la sexualidad sigue siendo, como la religión y la política, fuente de irracionalidad para la gente más sensata. La empatía del novelista, del médico, del sabio.

Al enterarse que el cáncer lo llevaría en poco tiempo a la muerte, escribió en el New York Times: “No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y algo he dado a cambio; he leído, y viajado, he pensado y he escrito. He tenido relación con el mundo, esa relación especial que se puede tener como escritor y lector. Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura”. Una vida bien vivida.

W. H. Auden, quien admiró su primer libro sobre la migraña supo ver en él a un artista porque entendió que la medicina es el “arte de seducir a la naturaleza”.

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