Espacios públicos

Espacios públicos

“No se trata de destruir la ciudad, sino de limitar su cáncer…”

Javier Sicilia

Cada vez que Sócrates caminaba por la polis para dialogar con algún conciudadano suyo, la suerte le sonreía, pues casi siempre encontró bellos jovencitos con quién platicar. A estos púberes (palabra que comparte raíz con pueblo) Sócrates les dirigía la atención hacía la actividad y cualidades que le son propias al verdadero ciudadano. Preguntaba en la casa de Callias, por petición de Hipócrates, a Protágoras, si él podía, ¿en verdad?, educar a los hombres, así llevaba un asunto público a lo privado de la reunión, quizá porque la educación comienza en lo privado del alma del maestro y del estudiante. Hablo del reconocimiento del bien, y del deseo de ser buenos hombres. Hombres que bien pueden ser reconocidos como lo fue Agatón, aunque éste por su poesía, quien también habló con Sócrates acerca del amor en un banquete privado, asunto en el que no cabe extrañeza, pues del amor se puede hablar en la intimidad de la casa. Aunque, recordemos, el convite fue a causa de la premiación pública del poeta, como si Platón nos dijera que el reconocimiento de la excelencia y el deseo por ella son actividades propias del hombre que busca ser buen ciudadano.

Sócrates muestra que lo privado es posible gracias al deseo de vivir bien en comunidad, así como al lugar que cada hombre tiene en el orden público, es ahí donde se escucha a los que actúan excelentemente. La excelencia y el deseo por ella, tanto en público como en privado, es lo que Sócrates intenta hacer que ejerciten los hombres.

Caso distinto es el mundo ilustrado del siglo XVIII, pues el orden que suponían los doctos –que no los intelectuales- es ya un asunto cuestionable y que ha de ser juzgado por los particulares, es decir, por todo hombre que desee dejar la tutela de otros –asunto para el cual es necesario abolir la excelencia moral en aras de la igualdad de juicio y posibilidad para la construcción de una vida racional. El ejercicio de la razón ya no va con miras a la excelencia moral, de hecho, ya no es asunto público, pues el orden que suponía Sócrates ha de ser, ahora, la construcción social en la que cada hombre cumple su deber para que él y los demás sigan razonando. Pero tampoco sucede lo contrario, es decir, lo privado no lleva a lo público, ya que el ejercicio particular de la razón tiene que ir demostrando la necesidad de la vida pública. No es descubrir el lugar del hombre en la comunidad, es fabricar un lugar para tal o cual hombre solitario y razonable en la polis, es decir, es permitirme y permitir a los otros razonar acerca de mi actividad racional. Todo hombre que pueda cumplir con estos principios es bienvenido. Además, con todo lo anterior podemos entender el auge de panfletos, artículos, libelos, y la necesidad de la tolerancia en la imprenta denunciada por los libreros-editores de ese siglo.

La ilustración exilió a la excelencia a favor de tolerar la excesiva razón, así, todo hombre es libre de hacer público su pensamiento, sea el que sea, siempre que sea un negocio de la razón.

Aún somos pueblo y es innegable que el espacio público es aquel en que se muestra lo propio del pueblo, la actividad que lo hace ser quien es. Preguntemos entonces, ¿cuál es la actividad del pueblo mexicano? ¿No son la violencia a la vida digna y el descrédito a la libertad?, o ¿eso es sólo la actividad de los que odian, pero ignoran al pueblo, mientras que otro tanto lucha por recuperar la dignidad y confianza entre todos? El espacio público en México, quizá en el mundo, es la violencia que se ejerce al deseo de vivir bien, ya sea para producirla, ya para erradicarla. Ella es quien nos congrega, y no porque todos seamos sus simpatizantes. El espacio público debe cambiar. Pronto se llenarán las plazas públicas para recordar, primero, cómo hemos venido matando a la libertad por la que muchos lucharon haciéndola un negocio razonable, y luego para recordar cómo es que a los hombres que atentan contra ese negocio los desaparecen. Recuperemos los espacios públicos con dignidad, como hombres excelentes, no como negociantes de cuello y blancos guantes a los que les canta Serrat en su canción: Algo personal.

Javel

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