Viviendo después de la tragedia

Sería ingenuo creer que a un año de los hechos lamentables de Guerrero no ocurriera ninguna reacción por parte de los mexicanos. En mi universidad, por ejemplo, distintos grupos estudiantiles se prepararon para conmemorar de algún modo el crimen cometido aquella noche en Iguala. Un par de ellos decidió organizar un foro donde varias personas hablaran acerca de la violencia sufrida en México, sea cual fuere su manifestación. Entre esas personas podíamos encontrar a una agraviada por el presunto feminicidio de su hija, a un académico dirigente de uno de los grupos organizadores y por último a una militante de las fuerzas feministas. Para el despistado(a) el evento parecía únicamente poner sobre la mesa el problema de los homicidios cometidos a las mujeres, sin embargo uno debía poner atención en que tal hecho era sólo una cara de la misma moneda. Los normalistas de Ayotzinapa muertos y las víctimas de feminicidio muertas siguen siendo muertos.

Mientras caminaba y dejaba atrás el anuncio del evento, iba pensando y recordando cómo hemos recibido la noticia del crimen mencionado. Nadie puede afirmar que después de ese septiembre negro las noticias hayan brillado por su ausencia. Entre posibles hipótesis y descubrimientos, no se acaba por esclarecer el caso. Todavía aquella noche trágica permanece en las tinieblas intimidantes. Algunos no han soportado encontrarse en un callejón sin salida y terminaron por hartarse, sólo resta renunciar porque no hay nada qué hacer. Ningún clamor suficientemente alto podrá traer nuevamente a la vida a los estudiantes. Por otro lado, a unos ya no les cabe tanto la indignación en el cuerpo que se han visto incitados a salir a las calles o desbordar en gritos de reclamos al presidente.

Siendo sincero, en cuanto a mí sólo una cosa me aqueja realmente. Desde antes de lo ocurrido en Iguala ya me sentía indignado por la violencia desbordante en el país y por las víctimas resultantes del torbellino. No obstante, lo sucedido con los normalistas de Ayotzinapa hace presión en la herida nacional. Las diferentes historias en torno a las familias de los normalistas son el ejemplo de ello. Hace poco, leyendo el periódico, me enteré de un padre que esperaba aún a su hijo posterior a su desaparición. En un rinconcito de la Escuela Normal se acomodaba para esperarlo, confiaba que regresaría. Ni siquiera estuvo enterado cuando, junto con otros padres, arribaron a la capital para protestar por la desaparición colectiva. Su error era no saber español. Al terminar de leer no podía siquiera imaginar el dolor que sufriría el hombre al enterarse del paradero de su hijo, al escuchar que nadie sabía dónde estaba. Mi máxima frustración no proviene tanto de que el gobierno no haga su trabajo o que se busque la última viga en pie en el derrumbe, sino que me siento incapaz de comprender a las víctimas. Siento como si viviera demasiado amaestrado o cómodo para experimentar su dolor.

En la situación anterior creo que se encuentran muchos mexicanos, pese a que se asuman como indignados o conscientes de una realidad política. Incluso algunos se han entumecido tanto que se acercan a la entereza robusta de un verdugo, con simplicidad y frialdad juzgan que los normalistas fueron merecedores de su desenlace. Los cuarenta y tres cadáveres han sido la consecuencia de sus acciones nefastas, mismas que han sembrado caos en las calles de Guerrero y fueron capaces de cobrar la vida de un gasolinero. La ley de la guillotina: cabeza por crimen.

Parecería entonces que el contacto real con las víctimas residiría en luchar hombro a hombro con ellos y unirnos a su grito de justicia. En este sentido varios deciden asumir su papel como peleador social por la causa, a pesar de que los padres de los muchachos no sientan tanta comodidad con el apoyo. Muchos de ellos proclaman que ni perdón ni olvido en torno a Ayotzinapa. Creo que tiene razón en alguna medida. Un hecho atroz como el de los normalistas no debe abandonarse, por respeto a las víctimas y por lo grave del hecho. Por lo mismo tampoco debe tomarse como bandera de un movimiento social o político, llámese feminismo o socialismo, sería otra manera de prescindir de él. Sin embargo, ¿es posible que haya perdón en medio de esta tragedia? ¿No será lo que nos salva de ella y capaces de soportar este dolor casi inaprensible? ¿Ayudaría a cicatrizar esta herida que parece insanable?

Bocadillo de la plaza pública. Siempre que acontece un suceso lleno de morbo y atrevimiento, es interesante imaginar las opiniones de los puristas. En un principio yo creí que el regreso de Big Brother pasaría desapercibido, en algún sentido veo que no me equivoqué. Supongo que los productores esperaban aprovecharse de nuestro gusto por el espectáculo y la bulla. En la semana un amigo nos comentó a otros acerca de un artículo de Álvaro Cueva donde mencionaba que el sensacionalismo ya no tiene el mismo efecto después de los videoescándalos, cualquiera podría grabarse y superar en impudicias a los confinados en aquella casa. A partir de ahí, ¿no sería actitud de refinadito remilgoso asquearnos ante productos televisivos como el anterior? Lo sería si desatendemos que lo reflejado en el programa es un problema, uno que ocurre en la vida diaria. Aún creo que no todos los hombres son cochinitos que disfrazan su naturaleza con vestimentas costosas. Esas personas que parecen producirnos repugnancia son una versión probable de nosotros mismos, una que debemos aceptar que prolifera con rapidez. En estos últimos años el ocio lleno de diversión se ha vuelto atractivo para las nuevas generaciones. Sería un error evadir esta realidad, aunque sería cinismo si olvidamos la preocupación moral por el vicio. Sólo así podríamos preocuparnos por que nuestros niños tengan afición por los reality shows, entendiendo que el problema va más allá de la televisión.

Fe de erratas. En la anterior publicación hubo un acento ausente: El muchacho no sabía qué sentía… Pido una disculpa a mis lectores.

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