Llanto en silencio

Para ti que estás muy triste.

Entonces a Jesús se le arrasaron los ojos en lágrimas.

Jn. 11,35

Ante la muerte del amigo se imponen el dolor y el llanto en silencio, ninguna palabra basta para recibir o dar consuelo. Nos hundimos con él en su sepulcro dejando al sol sin brillo, al sonido sin oído, y al tacto, al gusto y al olfato en el olvido.

Tal pareciera que la soledad nos sobrecoge, nada basta, nada llena; el lugar en donde estaba el ser querido aparece a nuestros ojos yertos como un sitio vacío. Somos muertos y como tales nos secamos bajo el peso de una roca. Nos hemos ido y como ausentes no escuchamos sino llanto, nuestro llanto que grita y nos ahoga.

La esperanza parece haber huido, la paz junto con ella se ha perdido. Sin embargo, la cueva en la que nos hemos sepultado deja pasar la voz de un ser también muy querido, de alguien que llora por nosotros como nosotros lloramos por nuestro amigo: es la voz de quien dijo “¡Lázaro, sal fuera!”, es la voz de quien sabe nuestro nombre y con su dulce mirada comprende nuestro dolor y nuestros olvidos. Es Jesús que se siente conmovido ante nuestro llanto, es el amigo que nos consuela y nos libera del sepulcro y de las ataduras que la tristeza nos puso en los pies y en las manos.

Maigo.

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