La sangre de Caín

La sangre de Caín

 

Noche de la Justicia y el amor

en la tierra del fruto turgente.

Al tiempo lo desuella el temor

en el lecho de mármol fulgente.

 

El llanto no enjuga el pasado,

y la guerra no tiene motivos.

No podemos gritar el pecado

creyéndole a dioses furtivos.

 

La esperanza no es para los ciegos:

brilla por su grandiosa sensatez;

en sepultar los píos ruegos

mostramos una amarga rapidez.

 

 

Tacitus

Gritos

De allí á mucho tiempo murió el Rey de Egipto, y los hijos de Israel gimiendo bajo el peso de las faenas, levantaron el grito al cielo; y el clamor en que les hacía prorrumpir el excesivo trabajo, subió hasta Dios.

Ex. 3, 23.

El individuo gritaba y gritaba, y entre más gritaba menos lo oían pues su voz se perdía ante el muro del ruido ocasionado por los otros. Unos pedían vida, otros llamaban a la muerte, la distancia entre unos y otros se imponía, la soledad se acentúaba en medio de la gente.

Gritos que llaman la atención, gritos que ensordecen al alma con temores, dolores, esperanzas y alegrías, no siempre verdaderas. El caso es que entre gritos se va perdiendo el clamor que une al pueblo y le da vida.

Mago.

Abarrotería de Amor

Era todo democracia
— Abarrotería del amor, Ricardo Arjona

Vamos a hacer como que tienen razón, como que la democracia es una mugre, una mentira para que los obreros no se levanten en armas o para que las mujeres no dejen de planchar nuestras ropas. ¿Ya? Bueno, ojalá les haya gustado ese ejercicio tan completo de imaginación que les acabo de proponer. Ahora, cuéntenme, ¿qué se sintió ser guatemalteco? ¿No saben? Va, de nuevo, hagamos por un momento que somos guatemaltecos y no creemos en la democracia (y decimos abarrotería en vez de tienda). ¿Ya? Bueno, ahora cuéntenme, o no, cuéntenselo a ustedes, a sus amigos, a sus familias, pero sobre todo cuéntenselo a esa bola de mexicanos que andan por el mundo Twitter pregonando que el ex-presidente de Guatemala tiene una loable autoridad moral por ser corrupto haber renunciado a su puesto.

No sé de dónde entró en la cabecita de muchos, y digo cabecita con cariño, no porque crea que las cabezas entre más grandes albergan más y mejores ideas, no, todo el mundo sabemos que las ideas son parte de la res cogitans y pos no tienen tamaño, ¡dah! El chiste es que a algún politiquillo, de esos que hacen política de a de veras, es decir, que está granjeándose borregos que vayan a pastar en sus verdes prados junto a su morena piel, se le habrá ocurrido que una manera “civilizada” de hacer revolución (ya ven que ahora entre más pasivo sea uno, más civilizado se muestra y por eso la Zona Rosa es la más civilizada de nuestro amado Distrito Federal), era exigirle nada más y nada menos que su “renuncia” a nuestro soberano presidente de México. ¡Ja! Si algo le aprendí alguna vez a un par de abogados atolondrados (de esos que arreglan los concursos de literatura para premiar a lesbianas y prostitutas por igual por su pericia en el arte), y creo que no estaban tan errados al decirlo, es que el poder no se pide, ni se cede, ni se regala, el poder se arrebata. Tal vez lo supieran por la experiencia que tienen fruto de su belicoso oficio, tal vez lo supieran porque lo leyeron en algún panfleto del Animal Político, ya ven que es bien famosa ahora esa página de Facebook que le llena de sangre las cabezas a nuestros rojos e izquierdosos conciudadanos capitalinos. Bueno, sigamos ejercitando nuestra imaginación, porque es divertido y es lo único que le aprendí a la educación que tuve de parte de la tele. Imaginemos pues, solo por un momento, porque si nos extendemos en el ejercicio tal vez provoquemos en nuestras pieles ámpulas y yagas provenientes de latigazos; que somos esclavos en el antiguo régimen egipcio de los Faraones. Imaginemos, ya encarrerados que le exigimos al Faraón su renuncia, cada vez que el capataz nos zorraja un latigazo para que empujemos esas piedrotas que serán su ataúd y nuestra perdición. Si hicieron bien el ejercicio de imaginar, cerraron sus ojitos y previsualizaron lo que les pedí, podrán ver nítidamente la respuesta del Faraón. ¿Ya la vieron? ¿No? Si no la vieron seguro es porque el capataz los dejó ciegos de un latigazo que reventó sus globos oculares. En fin, la idea es muy sencilla y no muy difícil de imaginar: ¿por qué renunciaría alguien que tiene el poder? Y cuando digo esto, no estoy pensando en cosas abstractas como que de repente le crecen los pectorales a He Man, se aprieta y ya es poderoso. Cuando digo que alguien tiene el poder me refiero que tiene un montón de hombres dispuestos a morir por él (en último y peor de los casos), ¿quién renunciaría a eso? Sean serios, si no pueden responder esa pregunta, vuelvan a imaginar, imaginen ahora lo que pueden hacer con tres hombres que no les importa morir de ser necesario por hacer lo que uno les mande; ahora imaginen eso por miles. ¿Ya lo vieron? Si no, no puedo hacer nada más por ustedes.

Ya que hemos llegado hasta acá, vamos a hacer otro ejercicio de imaginación, solo que éste, por lo menos a mí, me resulta un tanto imposible: imaginemos qué se necesita para hacer que alguien que tiene el poder, efectivamente renuncie. Porque ejemplos hay, en un primer plano está el aclamado por la multitud y por los no creyentes de la democracia, el expresidente de Guatemala (que se llama Otto Pérez Molina), que al verse desamparado por la ONU dobló las manitas y salió por donde entró, dejando un ejemplo a seguir para los borregos mexicanos. El asunto no termina ahí, hay un ejemplo más macabro y mucho más horripilante que, bueno ya se lo imaginarán. Estoy hablando de la renuncia del Papa, cuando le dio una inexplicable hambre de fama y amor por la historia, donde este hombre, no satisfecho con haber sido ya Benedicto (2)XVI quiso ser también el segundo Papa en toda la historia en renunciar a tan sacrosanto cargo. Tal vez exagere un poco, pero vaya, creo que si a alguien le valdría dos pepinos tener o no el apoyo de la ONU, o del pueblo, o de cualquier institución con autoridad humana, ése sería el representante de Dios en la tierra, ya lo decía bien mi santa abuela (y decía bien) “Dios conmigo, ¿quién contra mí?”. Bueno, ¿por qué alguien que tiene a Dios de su lado renuncia a su cargo? (la pregunta que subyace aquí es ¿Qué le hubiera pasado si no renunciaba, a él y a la Iglesia Católica?) imagínenlo, compartan sus teorías o guárdenselas para ustedes mismos, pero no dejen de intentar, que lo que  más importa en México este mundo es el intento, tratar una y otra vez hasta conseguir el éxito, porque ese siempre se consigue, porque amamos el intento. El punto es que tanto a hombres como a santos ejemplares, a veces les da por ceder, regalar, donar para la caridad su poder (¡en su cara, amigos abogados!).

Ya hemos visto a base de la dura e inequívoca autoridad que está intrínsecamente ligada a la esencia de los ejemplos, que las renuncias al poder de parte de los poderosos es posible. Ya hemos visto también que la hermana república (¿sí es Guatemala una república? Hagamos como que sí) de Guatemala, es un ejemplo a seguir para todos los países tercermundistas que no creemos en la democracia. ¿Qué? Ah, perdón, en México sí creemos en la democracia, ¿o me van a decir que todas las elecciones son una farsa y que el presidente electo por la mayoría de los ciudadanos se le puede exigir (desde una minoría) que renuncie y éste debe hacerles caso? ¿Me van a decir también que todos los votos y todo el dinero invertidos en el teatro de las elecciones no sirven para nada y se va a hacer a fin de cuentas lo que unos cuantos demandan? Déjenme romperles el corazón como lo haría una moza a un quinceañero enamorado. Para lograrlo voy a remitirme a la poderosa autoridad que se esconde a plena vista en la piedra angular de toda educación Mexicana: ¡yo convoco al poderoso Ejemplo a mi ayuda! Ya vimos que el Peje hizo su berrinche dos veces, y dos veces fracasó Q.E.D. Baste lo dicho. Si alguien ha intentado que la democracia no funcione, ha sido el peje mismo, ¿por qué creen que a estas alturas nuestro presidente iba a conceder tan absurda demanda “del pueblo”? Al pueblo ni nos interesa que renuncie, como si su sucesor fuera a ser alguien que la gente quisieramos de verdad (¿quién sería su sucesor en caso de renuncia? ¿De verdad sería mejor presidente? ¿Está más guapo o tiene una esposa más guapa?), ¿pueden imaginar por un momento al país sin presidente? ¿Cómo se lo imaginan? Se las voy a hacer un poquito más sencillo, pero poquito nomás porque nosotros no somos tan civilizados como los países tercermundistas que tenemos al sur (allá donde se rigen por la máxima: «Donde no hay honor, hay caos»). Imaginen la toma de poder sin elecciones, sin todo el sistema gigantesco y teatro colorido que es el que circunda al día de la votación. ¿Cómo se acordaría quién se queda en su lugar? ¿Qué garantiza que el nuevo presidente no va a renunciar porque a otros en tuiter se les antoja que lo haga? ¿Queremos los mexicanos vivir también en una Abarrotería de Amor, en donde prohíben por ley al reguetón, pero no a Arjona? El problema aquí es Twitter que anda convocando a la gente para que se una a exigir renuncias, pero no podemos deshacernos de él, él trasciende casi tanto como la música la política, el poder, la democracia y la tradición.

ohXDbTG

¿Ya se están imaginando cómo sería seguir el ejemplo guatemalteco? ¿No? ¿Quieren que le agregue más árboles a su imaginación, más civismo, más vegetación, más changos, más Arjona y más desamparo de la ONU? Tal vez eso ayude y puedan hacerse una imagen más clara de lo que nos espera, porque el problema no es problema que esté éste u otro presidente (como si el Leviatán no pudiera hacerse crecer otra cabeza como si fuera una hidra artificial), el problema es que me duele lo que se busca nuestro país, no es más que anarquía, y sus consecuencias no son fáciles de imaginar por nosotros el pueblo. Sigamos imaginando, imaginemos que funciona la renuncia, imaginemos quién propuso esta renuncia, y qué gana con que renuncie el entonces renunciado (y que no se ganaría con una revolución armada que es lo que se hacía en otros tiempos menos civilizados  para lograr el mismo fin), imaginemos además, porqué funcionaría en nuestros tiempos, ya de paso imaginemos por qué Guatemala hizo lo que hizo, ¿qué ganó y qué perdió además de La Orden del Quetzal y por qué no les da miedo vergüenza publicarlo como ese otro país del sur que publicó bien orgulloso que no tenía ejército? Sigamos imaginando, ya encarrerados, que hay mejores formas de gobierno que la democracia, y que podemos cambiar de uno a otro cuando se nos hinche la gana sin temer a caer en la barbarie (o como le quieran llamar a esos ratos donde no hay gobierno, ni Leviatán que nos vigile). Sigamos imaginando que la anarquía es la salida a nuestros problemas, así como también que vamos a vivir bien padre la transición una vez que nuestro actual presidente renuncie al poder y el nuevo mártir tome su lugar (la vida durante esas semanas, meses o años es lo que me interesa señalar en esta entrada). Imaginemos también que Lennon quería que anduviéramos en cuatro patas, viviéramos en el momento y comiéramos nuestro propio vómito o el de él, nomás porque le pareció bonito. E imaginemos por último que todo lo que imaginamos siempre es buena idea, además de ser realizable. ¿Ya se cansaron de imaginar? Ojalá que sí, para que de ese modo se inmunicen contra las propagandas e ideas que se andan promoviendo en Twitter y dejen ese lugar para lo que fue inventado: propagar con profundidad chistes profundos y frases profundas de reflexión profunda, como si fuese la versión electrónica del mismísimo Ricardo Arjona.

Perdición sin camino

En el atardecer de aquel sábado se encontraba perdido un joven muchacho. Recién había salido de sus estudios profesionales, en realidad emprendía el regreso a su hogar. Sus primeros pasos en la escolaridad habían sido en sitios locales, no obstante, conforme fue creciendo, su interés apuntaba a lugares más lejanos. Asumía que permanecer donde nació no lo llevaría a ningún lado. Ahora, después de haber decidido retirarse del nido por varios años, era momento de regresar. El único obstáculo que lo detenía era el espeso bosque de su alrededor.

Su rostro mostraba perplejidad. ¿Qué había sucedido? Recuerdo bien que los señalamientos o caminos conducían hacia el poblado. Hoy ya no hay nada. Pese a tener las mejillas sonrosadas  y un aspecto sumamente afable, su mirada reflejaba un profundo temor e incertidumbre. Tales rasgos no podían pasar desapercibidos. En medio de las sombras forestales, deteniendo su paso vacilante, un viajero se le acercó:

—Pareces extraviado, ¿es así?

—Exacto, pronto anochecerá y aún no puedo encontrar mi casa. Vengo regresando de la universidad, hace meses que salí de ella. ¿Puede ayudarme?

—No sé si mi ayuda te sirva, soy un extranjero en estas tierras.

El joven suspiró, la preocupación persistía.

—Mira, te veo bastante asustado. Si nos acompañamos puede que a lo mejor salgamos de aquí. Ya sabes lo que dicen: los hombres siempre nos sentimos mejor cuando ayudamos a otro, para eso nacimos.

—Pero no hay ningún camino, ¿cómo diablos llegaremos a algún lado en especial?— interrogó el muchacho, quizá desconfiando de la apariencia del extraño o siendo devorado por su temor. El otro viajero lucía algo sombrío, a pesar de su vestimenta sumamente elegante. Pantalones formales, saco arropando su torso y un cayado en mano conformaban el atavío del hombre. Debajo de su boca nacía una tenebrosa barba que se extendía hasta el término de su cuello, casi tan oscura como el color de sus ojos.

—Se ve que eres muy joven, casi un párvulo— rio el extranjero ante lo que tomó como ingenuidad— este bosque es inconmensurable e inmenso a las manos y vista del hombre. ¿Tú crees que sería capaz de trazar un camino?

—Bueno, entiendo, puede que no, aunque tal vez habría un terreno más parejo por el cual…

—Escúchame, pon atención. Hace tiempo supe que algunos aventureros quisieron establecer rutas o senderos para atravesar este bosque. Sin embargo no pudieron. Fueron derrotados por el bosque mismo. Las tempestades y lo silvestre de nuestro alrededor socavó todo intento. El hombre es insolente al querer enfrentarse con aquello claramente superior—acabando de mencionar esto, el extraño arrancó una hoja de un árbol y añadió lo siguiente— Alguna vez escuché algo muy cierto, alentador o devastador, como lo quieras ver: ¿Todas las hojas de aquí son iguales? ¿No será que por nuestra miopía humana las nombramos así? Detente a pensar. Vivimos tan presurosos o prejuiciados que creemos cosas que no hemos sentido, visto o experimentado. Verás que cualquier talentoso literario podría hacer dos poemas muy distintos acerca de dos hojas, ahí se nos revelaría sus diferencias. Pero nadie confía en la poesía… Si no podemos nombrar apropiadamente dos hojas, ¿cómo esperamos confrontar esta inmensidad?

Quedó helado el joven, en esos momentos el viento enfureció en torno a los dos hombres.

—Olvídate de un camino aparejado naturalmente o uno allanado por el mismo hombre, adentrémonos al bosque y dejemos que este mismo nos lleve por sus rumbos ocultos. ¿Temor? Véncelo. Sólo el temerario es capaz de ser mi acompañante.

El muchacho no sabía que sentía, su corazón era una mezcla de varias emociones, sin embargo inhaló profundamente y aceptó ir con el viajero. Quedó convencido que él era su última opción.

Bocadillo de la plaza pública. I. Hace dos semanas se indicó aquí una noticia que hablaba de un red de acoso montada desde un empleado de Televisa (coludido con un personaje importante en el Distrito Federal). Hoy ya se encuentra fuera de la empresa. Puede que sea una piedrita que contribuya en un proceso judicial… ¿será a todos los involucrados?

II. Optimismo en la política mexicana: nuestros errores nos sirven para enmendar el futuro, si no hay que preguntarle a Arturo Escobar y Vega. El ex presidente del PVEM ahora será el subsecretario de Prevención y Participación Ciudadana de la Segob. Entre sus funciones se encontrará la promoción en la prevención del delito.

Mondadientes. «Serie-documental que muestra las opiniones y reflexiones de veinte estudiantes de filosofía de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Cada capítulo está dedicado a trazar una mirada colectiva sobre un tema particular, desde la naturaleza misma de la filosofía hasta la razón de los prejuicios que se tienen sobre ella. Para detectar cuales eran algunos de estos prejuicios, escribimos «por qué los filósofos» en el buscador de Google y dejamos que la función de «autocompletar» sugiriera las palabras más consultadas.» Con esta presentación, resulta interesante escuchar a los posibles dedicados a la filosofía.

Señor Carmesí

Espacios públicos

Espacios públicos

“No se trata de destruir la ciudad, sino de limitar su cáncer…”

Javier Sicilia

Cada vez que Sócrates caminaba por la polis para dialogar con algún conciudadano suyo, la suerte le sonreía, pues casi siempre encontró bellos jovencitos con quién platicar. A estos púberes (palabra que comparte raíz con pueblo) Sócrates les dirigía la atención hacía la actividad y cualidades que le son propias al verdadero ciudadano. Preguntaba en la casa de Callias, por petición de Hipócrates, a Protágoras, si él podía, ¿en verdad?, educar a los hombres, así llevaba un asunto público a lo privado de la reunión, quizá porque la educación comienza en lo privado del alma del maestro y del estudiante. Hablo del reconocimiento del bien, y del deseo de ser buenos hombres. Hombres que bien pueden ser reconocidos como lo fue Agatón, aunque éste por su poesía, quien también habló con Sócrates acerca del amor en un banquete privado, asunto en el que no cabe extrañeza, pues del amor se puede hablar en la intimidad de la casa. Aunque, recordemos, el convite fue a causa de la premiación pública del poeta, como si Platón nos dijera que el reconocimiento de la excelencia y el deseo por ella son actividades propias del hombre que busca ser buen ciudadano.

Sócrates muestra que lo privado es posible gracias al deseo de vivir bien en comunidad, así como al lugar que cada hombre tiene en el orden público, es ahí donde se escucha a los que actúan excelentemente. La excelencia y el deseo por ella, tanto en público como en privado, es lo que Sócrates intenta hacer que ejerciten los hombres.

Caso distinto es el mundo ilustrado del siglo XVIII, pues el orden que suponían los doctos –que no los intelectuales- es ya un asunto cuestionable y que ha de ser juzgado por los particulares, es decir, por todo hombre que desee dejar la tutela de otros –asunto para el cual es necesario abolir la excelencia moral en aras de la igualdad de juicio y posibilidad para la construcción de una vida racional. El ejercicio de la razón ya no va con miras a la excelencia moral, de hecho, ya no es asunto público, pues el orden que suponía Sócrates ha de ser, ahora, la construcción social en la que cada hombre cumple su deber para que él y los demás sigan razonando. Pero tampoco sucede lo contrario, es decir, lo privado no lleva a lo público, ya que el ejercicio particular de la razón tiene que ir demostrando la necesidad de la vida pública. No es descubrir el lugar del hombre en la comunidad, es fabricar un lugar para tal o cual hombre solitario y razonable en la polis, es decir, es permitirme y permitir a los otros razonar acerca de mi actividad racional. Todo hombre que pueda cumplir con estos principios es bienvenido. Además, con todo lo anterior podemos entender el auge de panfletos, artículos, libelos, y la necesidad de la tolerancia en la imprenta denunciada por los libreros-editores de ese siglo.

La ilustración exilió a la excelencia a favor de tolerar la excesiva razón, así, todo hombre es libre de hacer público su pensamiento, sea el que sea, siempre que sea un negocio de la razón.

Aún somos pueblo y es innegable que el espacio público es aquel en que se muestra lo propio del pueblo, la actividad que lo hace ser quien es. Preguntemos entonces, ¿cuál es la actividad del pueblo mexicano? ¿No son la violencia a la vida digna y el descrédito a la libertad?, o ¿eso es sólo la actividad de los que odian, pero ignoran al pueblo, mientras que otro tanto lucha por recuperar la dignidad y confianza entre todos? El espacio público en México, quizá en el mundo, es la violencia que se ejerce al deseo de vivir bien, ya sea para producirla, ya para erradicarla. Ella es quien nos congrega, y no porque todos seamos sus simpatizantes. El espacio público debe cambiar. Pronto se llenarán las plazas públicas para recordar, primero, cómo hemos venido matando a la libertad por la que muchos lucharon haciéndola un negocio razonable, y luego para recordar cómo es que a los hombres que atentan contra ese negocio los desaparecen. Recuperemos los espacios públicos con dignidad, como hombres excelentes, no como negociantes de cuello y blancos guantes a los que les canta Serrat en su canción: Algo personal.

Javel

Un buen hombre (segunda parte)

El uniformado no ostentaba una fisonomía obesa, como muchos pensarán cuando se habla de policías, sino robusta, propia de quien está acostumbrado a enfrentarse con su fuerza física a los delincuentes. Su rostro era moreno, bastante serio, como trazado con escuadra. Miró al desconcertado y tambaleante joven y le preguntó:
-¿Qué pasa, joven?, ¿todo bien? Su tono era compasivamente acusatorio, ambiguo, astuto. Al joven le temblaba la quijada, tal vez por la sorpresa del encuentro; sentía sus piernas débiles, como agotadas, sentía caerse en las vías desnudas. Logró, pese a su incertidumbre y miedo, mantener el equilibrio, recomponerse y, con los puños apretados, guardados en su moderna chamarra de piel, decir:
-Sí… No. Es que me acaban de asaltar oficial. Esto último lo dijo con un tono apenas perceptible.
-¿Dentro del vagón, joven?, ¿qué le robaron?
-Sí; ahí dentro. Me robaron mi celular. Decir esto fue muy permitente, pues no sólo es lo más codiciado por los ladrones, sino que tampoco lo llevaba en ese momento por un olvido que hace poco se reprochaba.
-¿Por qué no activó la señal de alarma, joven? ¿Nadie más se percató de los que hacían los dos tipos?
-Creo que no. Estaban a mis espaldas. Eran dos y me picaron con algo en el costado izquierdo. Estaban pegados a la puerta y yo a lado del asiento reservado, de pie.
-A mí me pareció que usted, joven, estaba sentado a lado de un señor. No estaba usted de pie y no tenía a nadie atrás. ¿Qué me está ocultando, joven?
-Nada… Nada… El asalto fue hace unas cuantas estaciones, creo que tres o cuatro, no recuerdo bien. Los asaltantes me dijeron que me volteará y que no me bajara hasta que llegara al final de la línea. Me dio tanto miedo que los obedecí. Hace tiempo golpearon a un primo por resistirse a un asalto y no quería que me pasara lo mismo. Tan bien le había quedado su historia, que se sintió tranquilo por la certeza de su triunfo. Más adelante, al recordar dicho episodio, le habría de preocupar hasta casi darle miedo.

El policía escrutaba sus alegres facciones (su tez blanca sin acné y sus facciones como de niño bien), su vestimenta pulcra (pantalones y camisa de temporada, chamarra de moda, todo comprado en una mega plaza). Se daba cuenta, con la claridad que sólo ofrece la experiencia, de que alguien así era la víctima perfecta de los ladrones. “A lo mejor sólo lo espantaron y el pendejo les dio todo.” Pensó el oficial mientras miraba su reloj. A modo de despedida y sin mirarlo, le dijo al joven:
-Si quiere puede ir a denunciar, joven, pero como dice que no vio a los que le quitaron el teléfono, ni va a servir de nada. Perdería nada más el tiempo. Nos vemos. Sentenció y se subió al tren.

El joven se encontraba alegre por haberse librado del policía, y a la vez se sentía turbado por haber desaprovechado la oportunidad; una rara emoción lo embargaba, aunque se sentía preocupado por el señor de gorra roja. Cambió de dirección y bajó en la estación correcta. Haya sido por el brusco cambio de dirección, por la entrevista con el policía o por haber visto al señor tan desprotegido, o por todo junto, el joven se sentía sumamente desconcertado, desorientado, como si todo dejara de ser como él lo conocía, como si en cualquier momento pudiera llover tierra o el sol se fuese a quitar y nunca más volviese a salir. “¿Podrá volver a ser todo como antes; podrá volver la normalidad?” Se preguntaba y volvía a preguntas, concentrándose tanto en su pregunta que no podía o no quería contestarse. Aunque hubiese querido contestarse no pudo hacerlo, al menos no en ese momento, pues no llevaba de camino más de dos calles desde que salió del metro, cuando se le apareció una joven amiga. Ella tenía la rara cualidad de encontrarse en todo momento de buen humor. Al verla, el joven pensó: “¿Exagerará en sus expresiones alegres para demostrar que no se preocupa de nada?”
-¡Hola! ¿Cómo estás? Dijo repentinamente la joven, con fuerte voz y alzando los brazos.
-Hola. Bien. Bien… ¿Y tú?
-Súper bien. Me acaban de dar una muy buena noticia. De hecho creo que es la mejor noticia del año. ¡No del año, de mi vida!
-Qué bueno. Me alegro. Contestó el joven y miró a la muchacha con suma atención. “Hay algo raro en su rostro, sus ojos están demasiado brillosos.” Reflexionó el joven.
-Sí, así es. Es una muy buena noticia. Como el joven dejó pasar aproximadamente quince segundos sin responder, ella añadió: ¿no quieres qué noticia me tiene tan contenta?
-Sí. Claro. Dime; eso me pondrá muy feliz.
-Está bien, te lo diré. Pero con una condición.
-¿Cuál?
-Que me respondas: ¿por qué estás tan blanco y caminabas con joroba?
-No es nada. Sólo me siento un poco cansado, ¿sabes? Además, creo que me voy a enfermar. Pero, ahora sí dime: ¿cuál es esa noticia?
-No me gusta ver tristes a las personas. Mucho menos a ti. Dijo enternecida la muchacha, con cierto tono de preocupación maternal, como buscando consolar a un ser querido.
-No pasa nada. Verás, es que…
-¡Ya sé! ¡Ya sé que te va a animar! Es algo pequeñito, que te transportará a las puertas de la felicidad. Dijo su amiga interrumpiéndolo.
El joven, cuando la oyó, se espantó muchísimo, pues pensó que ella había consumido una rara sustancia. “Ella también.” Reflexionó y se puso muy triste. “Por eso siempre está tan feliz, tan alterada.” En ese momento su amiga abrió los brazos y lo abrazó fuertemente. “Tan sólo era esto. Qué bien se siente. Vaya errores a los que me han llevado mis sospechas.” Se dijo y se apresuró a despedirse, pues una rara sensación surgió de su estómago e iba subiendo a su garganta.
-Nos vemos. Muchas gracias; en verdad, gracias…
-¡Adiós! Al rato paso a tu casa y platicamos. ¡No, mejor tú pasa a la mía! Es que mi mamá quiere verte. Esto último lo dijo la joven gritando, porque su amigo ya se encontraba como a unos quince metros de distancia.
Si bien era cierto que aquella muestra de cariño lo había alegrado, no dejaba de sentirse triste, inútil, cual si todo le hiciera daño y él no pudiera hacer nada para evitarlo. “Todo esto de alguna manera me destruirá.” Pensaba mientras llegaba a su casa. Cuando estuvo dentro de su tranquilo hogar, miró a su alrededor y encontró todo en perfecto orden, tal como hace un rato lo había dejado. Llamó por teléfono a la persona que le había encargado lo del dinero y se citó con él para verse en algunas horas. Curioso fue que no se le ocurriera preguntar de dónde provenía el dinero ni para qué sería usado; quizá ya no le quedasen energías para ello. Miró su sala, su comedor y su pasillo una vez más; abrió la puerta de su recámara. Se sentó en su cama, sin ganas de pensar, mirando los suaves plieges de la alfombra de su cuarto. Se recostó boca abajo, sin poder pensar en nada preciso, con calma, queriendo ahuyentar cualquier pensamiento o sentimiento inquietante. Pero una ligera sensación, como un susurro, inundó su pecho y le provocó un callado, intranquilo e impostergable llanto.

Yaddir

La escuela milenaria

«Fue el último sabio de su tiempo quien se halló barriendo hojas,
muy tarde contempló lo que sabios de otros tiempos habían perdido:
lo que nadie del suyo tuvo tiempo de entender».

–Al-Fahayut, Historias breves de días y de noches memorables

Estos tiempos modernos no son garantía de que no se encuentre uno un día rodeado de rituales arcaicos, por más que se vistan de burocracia y tecnología de punta como el verdugo de guantes blancos que administra la inyección letal. Y es que son muchos los que se creyeron la mentira de que el poder y su ejercicio son lo más importante y verdadero en la vida humana. Éste es un decreto salido de las profundidades del tiempo que, sea tan antiguo como sea, debe haber venido de un grupo de infelices, engañadores, desconfiados que rondaban detrás del mayor de todos ellos olfateándolo ansiosamente en la espera de que cayera muerto para substituir su trono, montado sobre la más reciente pila de carroña. Estos hombres seguramente eran más bien como quimeras: risa de hiena, plumas de pavo real, palmas de foca y lágrimas de cocodrilo, y deben haber pasado todos los días de su vida perfeccionando el arte de la adulación.

Me los imagino fácilmente: vociferando en la constante competencia por los aplausos subiendo y bajando la intensidad de sus gritos, patrullando con ritmo y pompa en salones engrandecidos por espejos, llenos de divanes, jergones, hamacas y cojines, tapizados con colores en combinaciones que saturan la vista y hundidos en humos que saturan el olfato. Quizá adornaron los muros con lemas incomprensibles de sabia apariencia que ninguno aprehendía: «el amo de llaves de la sabiduría es un ciego» o «por aquí ha pasado todo lo que figura o fulgura» o «que mi espíritu hable por mi sangre» o cosas como ésas. Con tarimas deben haber separado por miríadas los niveles dentro de las estancias para hacer obvio hasta a la vista más débil quién de ellos estaba más cerca del cielo. Al cuarto lo llamaban ‹cámara›, al dormitorio ‹auditorio› y al edificio ‹palacio›. Sin dificultad habrían transformado un hogar en un mercado. Seguramente comerciaban con honores, complacencias y favores que contra la naturaleza rodaban hacia arriba de los escalones con mucha más frecuencia que con la que bajaban. Ofrecían al incauto armas para hacer más miserable a quien llegara después y de este modo prometían la mejor vida denigrando todas las otras. «Ni modo, jóvenes –decían los viejos aferrados a su dominio–, la vida es dura». Regaban por los desnivelados suelos agua limpia para evitar las polvaredas, y por las almas vinos al punto de vinagre para aguantar la mohína. Y seguramente embaucaban enseñando a cuidarse de ser embaucado, proveyendo los secretos para asestar el primer golpe. Así este triste grupo debe haberse vuelto rápidamente una solfatara de enseñanzas.

Los más hondos misterios de la adulación deben habérseles mostrado en sus meditaciones a los altos magistrados de esta compleja asociación y, díscolos, ofrecían apenas las migajas de sus descubrimientos. Pero el que supiera gatear por ellas podía dar a sus señores lo que entre enigmas le pedían, a la vez que se volvía más y más docto. Surgieron probablemente así las especializaciones: el lisonjero conoció las partes teatrales de la loa para que actores fingieran la probidad de su mentor; el halagador hizo investigaciones sobre qué obsequios convenían mejor con qué aspectos de la vanidad; se abrió también una plaza para el zalamero que aprendió con quién codearse (y a quién sobar); el cobista, el melifluo y el lambiscón se reunían en público a dar conferencias, presentaciones y exhibiciones de erudición sobre temas y en idiomas que los escuchas desconocían (sin que esto impidiera después las risotadas y la ovación). Condescendiendo con los rezagados, la honorable institución debe haber abierto carreras técnicas y talleres manuales para el arrastrado, para el servil, para el achichintle y para el lamebotas. Se abrieron posgrados y posposgrados en grandilocuencia, brevilocuencia, aforismos y galimatías. A todos les enseñaron con cuáles palabras se debía delatar a un farsante, con cuáles reconocer a un experto y con cuáles librarse de acusaciones de lo uno (con indignación) o de lo otro (con modestia). Entre clase y clase todos celebraban sonrientes, y en las noches soñaban con subir el siguiente peldaño. Con diplomas, incentivos, medallas, aplausos, y palomitas en hojas oficiales, esta corporación de la educación robó por centenares los corazones de hijos e hijas de todas las familias. Prometía nobleza y cumplía con títulos nobiliarios. A lo largo del tiempo debe haber concedido tantas dignidades, que no creo que haya hoy una sola bestia sobre la tierra que no haya sido elevada alguna vez a la condición de señor.

Es notable cómo esta asociación se ha multiplicado, regándose como el fuego en días airosos. Se prende de todas partes y en todos lados abre sus sucursales, por más que sea tan arcaica y nosotros disfrutemos de una civilizada vida moderna por la que somos mejores que todos los hombres anteriores a nosotros, cuyas vidas fueron bastante más miserables. Eso solemos pensar. ¿Cómo, pues, ha sobrevivido esta institución por tanto tiempo? Ella tiene su propia respuesta: porque ha comprendido al hombre como es, naturalmente. Pero igualmente es natural que un gato castrado engorde. Cuando la norma es que los poderosos sean comprendidos como los mejores hombres, lo normal es la violencia. ¿Y qué es la violencia si no un movimiento contra lo natural? La escuela de la adulación propone que el mejor está en su sitio por ser el más fuerte, pero en ello esconde que la fuerza es reconocida en la acción. En su argumento, el que llegó arriba lo hizo porque merece estar ahí, y sabremos quién merece estar ahí porque llegará arriba: la razón y los discursos sobran aquí o, en el mejor de los casos, son un adorno que acompaña la guerra violenta. En este argumento recursivo, que nada tiene de malo en la perspectiva de la escuela de la adulación siempre que convenza, la retórica es útil para someter sin mucho riesgo a los que no están dispuestos a derramar su sangre. La palabra se denigra a una más de las muchas armas con que se domina al débil y se vuelve comparable con todas ellas. Por supuesto saldrá perdiendo contra las multitudes, las espadas, las armas de fuego o las bombas atómicas. La razón de fuerza mayor es el discurso del que vive para deshumanizar. Los hombres poco a poco asfixian su imaginación hasta que les es amputada, y no pueden concebir ningún deseo que no sea mejor mientras más grande y dominante. La imaginación es amputada y el deseo cae en la demencia. De esta manera se transforma en norma hacerle mal a otros. Se los consume como alimento y se los disfruta como prostitutas. Dentro de los templos de estos doctos inmemoriales todas las ficciones de la adulación son necesarias como ficciones, nunca como verdadero acercamiento a los demás, precisamente por ser éste el modo para hacer visibles los honores y confundirlos con los méritos que encumbran al poderoso. Esta práctica asienta el deseo de dominio como la naturalidad del pecho que se llena de aire. Así se mueven todos los que participan del juego, y en el fondo se legitima la disminución de los demás para que el poder se ejerza a la luz. En el peor de los casos, la fuerza que se presume como principio de superioridad se hace visible en la destrucción de otro. Lo que la farsa vulgar del poder oculta es la naturalidad de aspirar a hacerle bien a quien queremos.

Así pues, estos tiempos modernos no son garantía de que no se encuentre uno un día rodeado de tales rituales arcaicos. El alivio de nuestra civilización es que es incansable en su batalla contra la ignorancia. ¡Ojalá toda esta ignorancia fuera conjurada con nuestras numerosas universidades, programas de estudios y reformas educativas! Pero aunque el asediado por los males clame que la solución a la violencia del poder es la educación, y hace votos por que se abran más y más escuelas, antes uno debería ser reservado y preguntar ¿de qué tipo de escuelas estamos hablando?