Mendicidad

Mendicidad

Nos acucian los pobres. No porque seamos demasiado benévolos, sino porque no sabemos qué hacer con ellos, o al menos eso parece. Nos debatimos entre las apelaciones a la justicia en el sentimiento moral y sus miles de caras, o entre imprecaciones sobre la necesidad de la productividad para el bien común y la felicidad sana de la comunidad política. La palabra con la que nos gusta llenarnos la boca de buenos sentimientos, siendo enemigos del “régimen capitalista”, es la caridad. Es interesante la manera en que, en todos los escaparates y miradores que alzamos para otear a la pobreza, se nos esconde otra manera de pensar el amor al prójimo, convirtiéndose éste, en nuestras versiones, en la filantropía moderna.

El cuento más grande al respecto de la pobreza es su asociación inmediata con la falta de “crecimiento económico”. La pobreza, decimos, es un dato esencial en los medidores de bienestar político. Si la ciudad no tiene suficiencia para solventar los estirones de la oferta y la demanda, y si no todos contribuyen al erario, existe un signo evidente de fracaso social. En la palestra de la competencia moderna, los pobres son la incómoda presencia que preferiríamos no mirar. ¿Será que los pobres son los que demuestran su incompetencia para acoplarse al ritmo del nuevo mundo? A mí me parece que no es así del todo. Creo que, en muchos casos, y dejando fuera los romanticismos burgueses, el desarrollo económico más bien ya no soporta que se hable en otros términos que nos sean los de la producción. Es decir, que ya no puede entender la posibilidad de ser feliz aún con medios modestos. Es el mito de la pobreza, como lo llamó en alguna ocasión Javier Sicilia.

Un error común, causante en gran medida del fariseísmo filantrópico moderno, es el asociar a la virtud de la caridad con las obras de magnificencia: es creer que la caridad sólo sirve como remedio de la condición material de la pobreza. Es un problema porque lo fundamental de la caridad está en amar, no sólo a quien lo pueda merecer, o a los amigos, sino también al enemigo y a quien no lo merezca. La caridad moderna no entiende, ni tiene por qué entender en realidad, nada de estas intenciones. No lo entiende porque, fundamentalmente, cree que existen individuos libres, no criaturas conscientes. No lo entiende porque, cree, la beneficencia salvadora la dan sólo los medios. No lo entiende porque cree que la verdad es un concepto necesariamente efectivo, útil en el sentido en el que todos los conocemos ahora. Si tengo que exagerar, no lo entiende porque no cree que haya un alma que se ha salvado.

Con caridad no se trata de procurar el confort. Con caridad lo que se hace, en conexión con las otras dos virtudes, es imitar un misterio. Lo que hace grande a esa virtud no es el hecho de que quien actúa bajo su luz podría actuar de otra manera; el amor al bien la hace grande. Con ello no se le trata de quitar, en el caso de los actos hacia la pobreza, la pobreza entera, sino que se trata de amar incondicionalmente. Ese es el ejemplo de la virtud en la caridad, y de su mensaje derivado de la cruz. Ese, y no otro, es el reflejo de la alegría universal por el acto de amor más inusitado, y por la salvación en el amor del Dios hecho carne. Eso es lo que la paz burguesa niega, hundiéndose en el frío abismo de su amor “pacato”.

Tacitus

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