La mentira del yo

La mentira del yo

Escribir es descubrirse. No desnudarse; descubrirse. Esa es una distinción importante a la hora de estar escribiendo, incluso a la hora de leer. Si no aceptamos la distinción, como de hecho no la aceptamos, escribir siempre es regurgitar lo que nuestro interior esconde. Es exhibir, aunque sea sosteniendo algo de pudor, nuestras vergüenzas meditativas. Sería un acto de impudicia. Un acto de impudicia desagradable, tal vez, pero que sostenemos como necesario. En realidad, sólo es desagradable, decimos, para el puritano, para el que no acepta la naturalidad de la sinrazón del inconsciente o el momento, en la que el gusto tiene que ser una expresión del desarrollo del “sujeto”. La idea de la escritura manifiesta nuestros dogmas sobre el erotismo y el pudor.

El viejo Sócrates le decía a Fedro, al recitar su magnífica palinodia, que Eros era el que otorgaba la locura bondadosa más alta posible para el hombre: el amor. Lo hacía mediante el mito del alma inmortal y su movimiento alado, perenne. Lo hacía para justificar la existencia de la buena vida para el hombre, para dar razón, frente a las astucias de Lisias, de la actividad erótica del filósofo. Eros es el repique de las alas del alma hacia su naturaleza prístina, hacia lo divino. Lo divino sólo se puede alcanzar mediante lo bello, bueno y sabio, en trinidad. Por eso el filósofo es el más enamorado de todos los hombres, no un tirano. Después de su palinodia, se juzgan los discursos que no hablan con verdad, como el de Lisias.

¿A qué viene la mención? Sólo a combatir nuestra idea de la sinvergüenza. Una vez realizada la revolución del inconsciente, la falsedad deja de importar. Descubrirse mediante la escritura no supone el ensayo de las cavernas del lenguaje; supone -todo texto grande lo hace- que Eros nos distingue por esa tendencia a lo bello y a lo verdadero. Descubrirse no es desnudarse, sino estar consciente de la necesidad de usar bien la palabra, lo cual puede siempre mostrarnos nuestras falsedades y combatirlas; de que esa actividad puede distinguir al desdoble mismo del pensamiento en su búsqueda por lo grande. Creer en que escribir es “expresarse” nos mete en el antro del tirano: ¿cómo distingo entre lo que debo expresar y lo que no? Ahí está su falsedad: siempre lo hacemos. Eso que permite que la palabra varíe el modo de organizarse en torno a lo mismo es nuestra idea de lo bueno y lo verdadero, o de la naturaleza del mundo. Por eso se puede discutir o pelear por eso, porque, aunque no sepamos explicarnos del todo, somos conscientes de lo que pensamos y sentimos. Y también somos capaces, en alguna medida, de notar cuando las falsedades nos pegan en el rostro con toda su fuerza. Por eso el sujeto no es lo importante a la hora de escribir.

Naturalmente, para el que está convencido de su sinvergüenza, nada hay que tenga que cubrir su interioridad. Así, nos domina Lisias. No hay lo que Sócrates llama Eros, sólo movimientos del yo. No hay necesidad de cuidarnos de las falsedades, puesto que en cuanto “interioridades” todas son únicas, imposibles de juzgarse bien o mal. No hay necesidad del pudor. Todo siempre será retórica del inconsciente, porque lo bueno y lo verdadero expiraron en tanto nos convencimos de lo salvaje, en tanto creemos que el alma es una ficción, la gran ficción.

Tacitus

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