La sombra del mal

La sombra del mal

Mucho se ha dicho y escrito sobre la técnica, por mostrarse ella como un problema evidente para nuestro modo de vivir. Podríamos decir que es uno de los grandes problemas -si por gran problema entendemos aquello de lo que más se discute- de la “modernidad”. Nadie estaría dispuesta a discutir que el signo de lo moderno se asocia de manera inmediata con el drama de la tecnología y su oscuridades o levedades morales. He ahí la idea fundamental: la técnica llama a pensar sobre su genuina utilidad, y sobre la asociación de ésta con la moral.

No quisiera aminorar el peso que todos consideran excesivo, pero sí me gustaría señalar algo que me inquieta de este planteamiento. Tanta tinta gastada siempre merece un poco de atención sincera. Creo que este problema no sería tan patente sin la huella que la guerra fincó en nuestra sensibilidad. Es decir, no sería tan crucial si no consideráramos de inicio que en ella hubo algo oscuro. Nos planteamos el problema de la técnica como un dilema ético en tanto su uso no siempre se orienta a los mejores fines. ¿Es sólo un problema del uso de un medio, o es un problema mismo de los fines?

Si el cuestionamiento central sobre ella de verdad se basa en lo que dice la opinión común, es decir, en el consenso adecuado sobre las prácticas que la técnica permite, para que ellas no generen los conflictos internacionales o las devastaciones que puede generar, me parece que evadimos el problema ético y político de verdad, no sólo asociado con la técnica, sino con toda verdadera reflexión política: la relación entre el bien y la justicia. Es decir, en el mundo de la política real, lo que verdaderamente importa es la justificación suficiente: erradicar el mal es una fantasía, de lo que se trata es de transformar adecuadamente.

Muy pocos se preguntan si acaso el modo mismo en que la técnica ha sido interpretada por nosotros es el modo más certero de entenderla. Si la naturaleza es un libro cuyas leyes sólo se comprenden interviniendo en ellas, transformando, evadiendo las barreras de la forma y de todas las categorías lógicas o las “falsas” fronteras metafísicas, es claro que no habría por qué cuestionar nuestra idea de la técnica. Me parece que detrás de todo este lío se encuentra la apreciación de la verdad como esencialmente efectiva, y de ella también se desprende al mismo tiempo una valoración sobre el bien, la cual ocasiona toda la turbulencia actual al respecto de la técnica misma.

La importancia de los objetos que la técnica humana produce radica en la bondad de ellos. Su utilidad se desprende de dicha bondad, no al revés. Si se producen sillas y mesas, por ejemplo, es porque el hombre necesita comer; y no sólo comer, sino reunirse para ello de manera cómoda. Es el bien que manda el orden otorgado, radiante como el sol. Si no existe el bien con su condición perenne, la técnica cambia de sentido, con el peligro de perderlo. La malicia reina y hace de las suyas con la técnica porque el bien y lo natural son conceptos ampliamente distintos, pertenecientes a campos aislados.

Es cierto, no obstante, que tener conocimiento de la técnica incluye un conocimiento del bien, pero éste no basta, se debe objetar, para saber lo políticamente correcto o lo justo: los hombres de técnica no son necesariamente los más virtuosos. Pero aquí no se trata de eso. Se trata de reconocer que nuestra visión de lo natural no nos permite reconocer ya vínculo necesario y a la vez verdadero entre uno y otro ámbito. Si la naturaleza puede transformarse, si puede manipularse, lo bueno es un parámetro relativo: depende del desarrollo histórico, por ser perteneciente al ámbito de lo espiritual y de la opinión. No necesito saber si la técnica, lo bueno y lo natural están asociados en el movimiento del cosmos o si acaso hay justicia revelada que penetre en dichos asuntos: lo importante es el progreso de la ley moderna. Así, conocernos sigue siendo crucial para poder reconocernos limitados, para reconocer el mal sin querer huir siempre de él.

Tacitus

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