El nihilismo escondido

En una lectura que Leo Strauss dio en 1941 en Nueva York, propuso, como un inicio muy superficial para empezar a pensar un problema muy hondo, que el nacionalsocialismo llegó a ser fecundo por la tendencia de los jóvenes alemanes de ese tiempo a aborrecer el prospecto de un mundo sin espacio para la grandeza humana. Según la perspectiva de éstos después de la primera Guerra Mundial, las ideas democráticas liberalistas eran débiles y apoyadas por minorías ignorantes, y los únicos argumentos persuasivos eran los de un comunismo de creciente popularidad que celebraba el cercano fin de la lucha del hombre contra el hombre, la paz perpetua conquistada por la organización técnica y la plena equivalencia de todos los habitantes del mundo en una sociedad completa e inevitablemente abierta. Tan convincente fue el discurso comunista, que persuadió a esta Alemania recién derrotada de que la predicción historicista era inevitable siempre que la civilización continuara su progreso. El horror ante lo que entendieron como la única posibilidad imbuyó a miles de jóvenes y adolescentes de un ímpetu destructivo contra la civilización que comprendía el proyecto occidental utilitario y, finalmente, los llevó del pecho hacia afuera a actuar sin ninguna visión positiva de la mejor vida. Tenían más bien frente a sus ojos, sugiere Strauss, la sombra que se proyectaba de negar que la vida digna pudiera continuar como estaba encaminada hasta ese entonces. Odiaron la hipocresía de los teóricos, la irresponsabilidad de los políticos, la decadencia de las costumbres. Su protesta moral se encauzó a través de la «más baja, más provincial, menos instruida y más deshonrosa» forma de nihilismo, y su prejuicio se alimentó del error de suponer refutadas todas las alternativas de vida por la superioridad que conferían a la forma contraria del proyecto occidental de educación progresista: su razón se convirtió en la devaluación y el desprecio de la razón, y al apoyar el despertar de un modo de vivir cerrado que destruyera el futuro, transformaron en el baluarte del mejor hombre al guerrero. La violencia vistosa se popularizó como virtud, fácil de señalar y encomiar, y así los peores vicios se escondieron del juicio honesto.

Hoy vale la pena atender la sugerencia de Strauss de que lo anterior es apenas un rasguño en la superficie del problema. Muchos de los elementos de la predicción comunista son más bien maneras de interpretar la promesa de la Modernidad de que la ciencia bien entendida mejorará para siempre al ser humano. El predominio actual del capitalismo no nos ha exentado de las copiosas caras de este anhelo. Una de las noticias que se repiten estos días y que con frecuencia se tratan como sorprendentes es la del alto número de jóvenes de países primermundistas que migran a oriente medio y se unen a la lucha contra la civilización occidental. No sería demasiado sorprendente saber que muchos de ellos no están principalmente motivados por su adherencia a la ley de Dios: la hipocresía, la irresponsabilidad, la decadencia, y también la deshonestidad, el odio, la violencia, los excesos y la exaltación del vicio, son constantemente señalados hoy en nuestras ciudades. La vanidad del mundo del negocio en efecto nos aqueja en lo político, y aunque esto se diga menos, también en la vida personal. La suposición de una superioridad moral ante esta figura de devaluación humana es una inflamación del ánimo indignado. Cuando germina en quien se cree justiciero, lo hace fácilmente un hombre sordo a las razones. Por eso el que encuentra virtud en la guerra cree que el discurso pacífico sólo puede ser uno, y sólo puede ser cobardía despreciable. El habla de la lucha de civilizaciones es también un modo preocupante de malentender un escenario polimorfo como poblado únicamente por dos bandos enemigos. ¿No es esta fiebre una erosión de la comunicación y un olvido de lo valioso? La indignación que motiva la negación de la vida actual y el deseo de esterilizarlo todo no es necesariamente un discurso religioso, así como la civilización no es necesariamente la ciudad del capitalismo progresista que desea conquistar la naturaleza. La plaga del nihilismo puede anidar en los discursos religiosos tan fácilmente como puede enmascararse una guerra de bárbaros con los nombres huecos del llamado profético, histórico, o evolucionista, a fundar civilizaciones, aunque para ello tengan que erradicarse a su paso todas las otras.

Otras meditaciones sobre nuestro tiempo

Otras meditaciones sobre nuestro tiempo

(Las siguientes meditaciones se ofrecen al lector para los tiempos que corren en que su estupefacción no puede rebasar los 120 caracteres. Úsese con precaución).

Principio de identidad. El disenso es garante del respeto, lo demás es necedad.

Terrorismo. El odio siempre es impersonal.

Escándalo. Objetar al cristianismo que su amor no es personal es no entender la muerte de Cristo.

Guerra. La barbarie no es inhumana, sólo incivilizada.

Principio de diferencia. La coincidencia dejó de ser hábito y comenzó a ser real.

Námaste Heptákis

 

Que quepa duda. En entrevista con el periodista Ricardo Rocha, el subsecretario de Educación Básica, Javier Treviño, declaró que la alta cifra de participación en las evaluaciones educativas el pasado fin de semana (94.3% de los profesores) es señal de la aceptación que tiene la Reforma Educativa entre los docentes. Cabe la duda: dado que la negación en la participación de la evaluación puede significar la pérdida del empleo, ¿cómo distinguir entre coerción y aceptación? ¿La Reforma Educativa se impone por persuasión política o por asfixia económica?

Escenas del terruño. 1. Certero, Ciro Gómez Leyva se preguntó en El Universal el pasado 23 de noviembre si acaso tenemos un presidente al que nadie le hace caso o uno que ni le preocupa la inseguridad en el país. Léase, que es buen testimonio.
2. En el mismo tenor, el jueves 26 en Milenio, Carlos Puig pasó revista al decálogo presidencial.
3. En el caso de los normalistas desaparecidos hay un detalle digno de mención. Dando seguimiento al aporte de Carlos Marín en torno a la posible infiltración del narco en la norma de Ayotzinapa, Héctor de Mauleón señaló información importante el 19 de noviembre. El caso no debe ser olvidado.

Coletilla. Con su característica claridad y su templada inteligencia, Jesús Silva-Herzog Márquez reflexionó el pasado lunes en Reforma sobre los atentados de Paris y el fenómeno a ellos concomitante. Hay que leerlo.

Convidar el yermo

Convidar el yermo

Nos preocupamos por el número de lectores en el país. Señalamos a la lectura como una herramienta importante en el desarrollo cultural, necesario para la consolidación del país. Bien podríamos pensar que es importante leer, pero no es del todo importante qué es lo que se lea. Lo que urge son lectores. Cuando intentamos pensar en lo que se debe leer, no hace falta quien se crea lo suficientemente sabio para decirlo bien. Entre la exigencia de las estadísticas y el elitismo del culto sofisticado, se asoman los conflictos de la lectura moderna, y el sentido peculiar que le otorga a la cultura.

No cabe duda que nos inquietan las estadísticas al respecto de la poca existencia de lectores en el país; nos escandaliza de tal modo que nos llega a alegrar sutilmente que dicha estadística llegue a cambiar para bien. Pensamos que la lectura hace bien porque da “cultura”, porque alivia las penurias de verse sometido a la vil ignorancia: nadie cree que se puede ser malo si se posee cultura. Así, en todos los debates sobre las fallas políticas o los errores administrativos hallamos dicho que todo se debe a la existencia obvia de una fiera cultura, que debe intercambiarse. Ahí hay una relación escabrosa sobre nuestra visión de la lectura y nuestra percepción del ámbito político: al igual que queremos hechos, obras visibles, creemos que la cultura de los hombres del país se refleja bien en el número de lectores; por eso hay que hacer campañas a favor de ella.

Notar esa relación no es suficiente, si ella no sale evidentemente de las raíces de nuestra experiencia como lectores modernos. Hay que separar el discurso público de la experiencia real. Estoy seguro que nuestra experiencia común muestra que nos complacen mil cosas más que leer de verdad. Que cada quien se pregunte la razón de ello. El alcance de los libros, que nos parece tan común ahora, pero que antes era un verdadero privilegio, no ha ayudado en serio a enderezar la situación. Ni siquiera la divulgación electrónica. Llama la atención que el aparato crítico, requisito de todo libro moderno, sea tan venerado, pero que pocas veces sea en verdad útil para leer. Decirlo es necesario, pues conforma parte de la experiencia del ámbito que debería contener al público lector: el académico. Al igual que la divulgación, el relleno del aparato crítico sólo termina siendo el cachondeo libre de la abarrotería intelectual con el lector ideal, sin integrar experiencia sincera y profunda de lectura.

Nuestro discurso público encubre nuestra poca preocupación por la cultura, y nuestro disgusto auténtico por leer. Sabemos de mejores maneras de pasar el tiempo, porque leer es eso para nosotros: un modo de pasar el tiempo. No nos puede sorprender que sea ya un buen negocio más, parte de la economía del entretenimiento. El culto lector de café no se escapa de la misma trampa, porque su erudición no garantiza que leer sea para él una experiencia que vaya más allá de la acumulación. Dirán que exagero, pero creo que el paradigma tecnológico y económico, que incluye ya la expansión de la cultura entre sus proyectos, forma parte de nuestra alma en todo momento, y no ha logrado más que el manoseo de la palabra misma cultura.

Presenciamos la ironía de abundar en libertades convertidas en tiempo de recreación; caemos en la falacia de la libertad material, pero nos vemos imposibilitados de sembrar en el campo infértil que tenemos para las vocaciones que exigen libertad en serio. El detrimento del uso de la palabra cultura se genera cuando entra el drama se reduce a la producción, a la búsqueda del lector informado, y no del que cuida de cultivar mediante el sometimiento de su experiencia al yugo suave de la discusión. Así no se encuentran hombres libres, sino gentes que viven de lo que la necesidad más evidente les exige. La multiplicación de los instrumentos, lamentablemente, se ha transformado sólo en la máscara de nuestra esclavitud. Pedir encarecidamente lectores nos está prohibido si al mismo tiempo creemos que no vale la pena cuidar de nuestros huertos, o del huerto común. El lector creyente de la libertad moderna es el educando y el futuro educador menos serio que hemos de encontrar. Penetrar de nuevo en el sentido de la cultura sólo es posible si dejamos de lado la idea moderna de la producción y autoproducción del hombre.

Tacitus

Brazos abiertos

Quien abre sus brazos ofrece su pecho, quien ofrece su pecho entrega su corazón. Sólo quien entrega un abrazo comprende la grandeza que éste encierra, porque para dar un abrazo es menester la confianza, pues el abrazado puede herir traspasando el pecho, o puede confortar cuando lo que motiva al abrazo es un dolor compartido.

Quizá sin pensarlo mucho nos demos cuenta de todo lo que hay en un abrazo, quizá por ello sólo abrimos nuestros brazos ante quienes nos son suficientemente conocidos. Las razones que nos mueven a aceptar o rechazar al otro son tantas que cada abrazo suele ser distinto y limitado a uno solo, o a unos cuantos.

Somos limitados e incapaces de ver lo que acontece en el corazón propio o ajeno, y nuestros límites se ven también en los abrazos que solemos dar y en el modo en que apreciamos los que vemos. Es justo reconocer que no siempre nos encuentra el otro con los brazos abiertos, a veces por nuestra ceguera, a veces porque no queremos verlo.

Pero, tembién hemos de admitir que si bien a veces abrimos los brazos procuramos mantener el corazón en otro lado. Dentro de poco comienza una época de abrazos, muchos de ellos seguro serán fatuos y dejarán de lado la belleza del abrazo.

Para evitar el daño que contiene un falso abrazo hemos de reconocer al que sí es verdadero y entregado; y en Dios que se entrega por completo, a sabiendas de lo que somos, lo que pensamos, lo que hacemos y lo que padecemos podemos ver al abrazo real que salva, conforta, da vida y sana el alma.

Así pues, debemos cuidarnos del abrazo falso, ese que muchas veces damos sin dar y pretendemos recibir sin antes soltar todo lo que nos estorba para ello.

Maigo.

 

Al Ciego

A ver si no lo hago mal, nada me causaría más conflicto que caer en eso que temo. Tuve toda esta semana una extraña inquietud, o suerte, no sé cuál de las dos sea la fuerza predominante en la causa de mi hacer; de encontrarme con notas de cosas descubiertas enterradas en el pasado. Una de ellas era una isla en el mediterráneo, que al ver la noticia me imaginé inmediatamente que sería la Atlántida. No sé por qué me emociona la idea de que algún día se descubra, aunque, como bien ha sido redirigida mi emoción a lo largo de esta semana, estaría mucho más padre que encontraran el Margites o algún diálogo de Aristóteles. La segunda fue una vasija llena de semillas de una fruta que ya no existía (o algo así entendí en el artículo) desde hace trescientos (¿o eran tres mil?) años o más. Como sea, el punto es que los que encontraron este asunto, les dio por sembrar las semillas para ver si daban fruto y salió algo así como la mezcla perfecta de una calabaza (de esas amarillas de Halloween) y una berenjena gigante. En fin una cosa me llevó a la otra y sin darme cuenta estaba yo buscando referencias literarias sobre Plutón. Buscaba si había alguna historia donde él se enfrentara a alguna titán, o tuviera algún tipo de aventura con chicas. Una cosa que llama mi atención al respecto, es que Plutón, es hombre, a diferencia de nuestra Muerte que es mujer (hasta donde yo la entiendo). ¿Cuál es la relación entre la isla, la calabaza y las historias de Plutón? La tierra, durante la misma semana me preguntaba cuántas cosas podrían estar enterradas dentro de las capas que subyacen a nuestro tan familiar suelo. Ya sea porque algún avaricioso hombre las puso ahí, como porque el polvo fue cubriendo cosas olvidadas que quedaron inmóviles con el tiempo en un solo lugar.

Tal vez fuese la famosa Luna llena en Géminis que está por llegar y traerá consigo un montón de cambios en la vida de todos los hombres según lo han vaticinado los astrólogos desde hace ya un par de años, tal vez sea el quehacer cotidiano que exige un ligero cambio, una gota de esperanza para diluir su insipidez. Y es que uno pasa la vida esperando a que algo pase. Sale todos los días a trabajar, se ocupa en hacer lo que sea que puede hacer y siempre está esperando que suceda eso, algo que lo arranque de la monotonía, algo que le dé sentido a lo que está haciendo. Porque juntar dinero no es suficiente, porque encontentar a la novia es imposible. Leía por ahí, también (casi siempre que digo por ahí quiero decir Reddit, otras Medium), una de esas frases motivacionales, que hablaba acerca de que el hombre debe “construir” que hay unos que construyen su cuerpo, otros su intelecto, otros una obra de arte, otros su riqueza, otros su virtud. Decía también que el hombre está hecho para construir, pero que hay quien no lo hace y se dedica a otras actividades como beber, jugar, sexar, vagar. Y esto de construir, no me termina de convencer. Se entiende que uno construyera su casita para defenderse de la impía madre Naturaleza, sí, y en ese sentido se extiende la cualidad de positiva del quehacer constructor, hasta llevarlo a esos extremos absurdos de la psicología. No me convence del todo porque ahí estaba Ozymandias, que seguro se dedicó a construir un imperio bien chingón. ¿Qué quiero decir con esto? Pues no mucho, que no hay mucho motivo para construir algo en este mundo. Seamos sinceros, queridos lectores, ¿quién de nosotros podría construir aunque sea una breve y débil línea que nos libere de la Muerte? Una que se pueda sostener, que le resista aunque sea un estornudo. Esta es una pregunta seria, no como la del paisa ese, Camus, creo que se llama así, que nomás se hace pendejo en su discurrir. Le faltaron huevos para decir “sí, suicídense todos” ¿Qué tiene de malo? la vida es absurda, allá tú si me crees o no. ¿Por qué esa tendencia absurda de justificar la vida absurda diciendo absurdo cada que puede hasta que la palabra resulta..? ¿Por qué tener el mal gusto de pensar a Sísifo feliz en su tragedia? Si Sísifo pudiera morir, ya se hubiera cortado las arterias con sus propios dientes hace muchísimo tiempo.

Suena mucho la idea terrible (para algunos) de que vivimos el día a día en automático, y como mencionaba con anterioridad, uno pasa su vida esperando que suceda alto mágico que cambie todo aunque no sepa bien qué cosa. Incluso hay un par de esas frases profundas que dicen que la vida es lo que pasa mientras esperas a que algo mágico pase. Yo les preguntaría, ¿qué cosa es eso que esperan que pase? (tengo una propuesta a esta pregunta retórica, no crean que no) ¿Que ganen la lotería, que encuentren el amor verdadero, que les suban el sueldo seis veces en un año, que abran el nuevo Palacio de Hierro en Polanco para ir a conocerlo? ¿Ir a treparnos al metro para sacarnos una selfie y ponerla en Facebook? ¿No es nada de esto? ¿No sabemos qué esperamos, será porque no lo vemos? Bien, el problema no es que no sepamos lo que queremos, el problema es que no hay más allá. La vida cotidiana, la cansada y tediosa vida de los Godínez, la humilde vida de los vagabundos, la denigrante vida de las prostitutas es todo lo que hay. Sencillo, no hay más, no sucede nada más simplemente porque no lo hay. El desprecio al tedio, el desprecio a la monotonía viene de la promesa de algo que nunca va a llegar. ¿Por qué digo esto? Pues porque todo el quehacer del hombre, el actual quehacer del hombre civilizado, viene de un invento del mismo hombre, pero menos civilizado, y si seguimos reduciéndonos la civilización, llegaremos al punto donde la vida salvaje del hombre, era mucho peor, no llena de tedio, al contrario, llena de terror, llena de lucha por (al contrario de lo que sucede ahora) que no llegue lo que esperamos con tanta ansia día a día. Sí, señores, hablo de la Muerte. Lo que esperamos que suceda para cambiar nuestra vida, para que termine este terrible absurdo es precisamente la Muerte, la propia, no la del vecino, no la de nuestros padres, amigos, parientes, amores. No, esa nos va a marcar, pero no le va a quitar el sinsabor a la vida que ya pesa desde los quince años, más incluso que la loza de nuestro héroe trágico mejicano llamado Pípila. ¿De dónde saco esta idea? ¿Por qué me atrevo a hacer una afirmación de este calibre? No puedo explicarlo bien, no me alcanza la inteligencia y temo que el dios se enfade conmigo, solo puedo decir que confío más en la sabiduría antigua y que éstos relacionaban a Plutón con dos cosas: la riqueza y la invisibilidad. La tierra está lleno de riquezas con una potencia infinita, eso lo sabemos todos los hombres aunque no la veamos, tal vez por eso ansiamos día a día ir a conocerlas.

Vuelos anhelantes

Hay miradas que buscan ser encontradas. Insistentes, sutiles o atrabancadas se dirigen a lo que desean. No importa si mueren en el intento, o se descubren vulnerables, sólo quieren hallarse en el horizonte. Extraviadas tratan de refugiarse, cueste lo que cueste. Con movimientos traviesos y tímidos, muestras de su imperfección, realizan un viaje casi perdido.

Existen otras miradas parecidas, con un vuelo tan nervioso que pueden confundirse con las anteriores. Siendo furtivas o feroces, persiguen incesantemente a su presa, con un apetito tan voraz que promete recompensas a sus ilusiones. Minuciosamente recorren lo que ven, gozando sobrevolar el terreno. Poco importa si terminan por devorarlo, la caza puede culminar en la región intangible del hombre.

Algunas miradas descienden agotadas y heridas. Después de un vuelo fatigoso y quizá doloroso, terminan casi moribundas. Haber encontrado una densa neblina en su camino debió dejarlas decepcionados. O haberse enfrentado a la terrible tormenta que nadie esperaba. En el momento de muerte acaban rendidas evaporándose en un ligero suspiro. Al final, otro modo de volar, otra manera de anhelar.

Bocadillo de la plaza pública. Esta semana la tierra ha temblado por la violencia e inseguridad, aunque diferentes razones y contextos. Además de los trágicos episodios en el viejo continente, el miedo y la intimidación han tomado gobierno en Acapulco. Varias escuelas han temido abrir sus instalaciones por haber recibido extorsiones. Ni siquiera el cobijo policíaco ha brindado seguridad frente a los grupos criminales. Es una historia nada rara en el país, no obstante por lo mismo destaca. Las escuelas se encuentran en las zonas marginales, aquéllas que poco a poco han venido sufriendo la indiferencia por los gobernantes. Incluso para los mismos habitantes la violencia se ha vuelto cotidiana, no se extrañan tanto de ver personas portando rifles en camionetas. El mismo Acapulco se ha venido reduciendo a la zona cercana a mar abierto, esos días dorados del siglo pasado han caducado. No bastó con aparecer los eventos a nivel nacional, tuvo que haber una movilización para hacer patente el reclamo. Por cierto, ambas tragedias, nacional e internacional, son importantes, ni una más ni una menos. En los dos casos hay asesinatos a considerar, aunque los adoradores de ambas culturas no lo adviertan.

Luz en la obscuridad

Luz en la obscuridad

Es mentira que coloquemos luz en la noche porque le tengamos miedo a su obscuridad. También se dice que el miedo a la obscuridad nocturna es más un temor por descubrir que en realidad la noche no viene a otra cosa que a invitarnos como hijos suyos al festín de la incertidumbre, en el cual todo vale. Esto último lo dicen quienes consideran la maldad como el quid del hombre. Lo cual ya nos pone de manifiesto dos posturas. Por un lado, resulta que el hombre le teme a lo desconocido, y por el otro, a lo que ya conoce. Por un lado, resulta que el hombre no quiere saber qué le ofrece la obscuridad, y por el otro, no quiere aceptar la obscuridad de su alma. Pero esto último, como dice mi amigo Tacitus, no es un llamado al cinismo.

Colocamos luz en la obscuridad porque deseamos ver. La naturaleza del hombre le inclina a saber de sí. Es natural, pues, que estando el hombre en la obscuridad desee saber de sí. La maldad, esa obscuridad que predomina más cuando no hay discernimiento prudente en el hombre, no es un momento en el corazón humano, pero tampoco es su esencia ¿Pues de dónde vendría la necesidad de compartir con el otro aquello que consideramos bueno? No sin duda del deseo de hacerle mal. Resulta que el hombre desea ver para no hacer el mal. ¿Pero qué es lo que ve con la claridad de su razón? Porque decir que ve el mal, pero lo evita, lo deja sin rumbo fijo. Le quita la posibilidad de actuar. Digamos entonces que reconoce el bien para actuar bien, aunque también sabe del mal.

Pero decir que el hombre ve el bien nos deja incrédulos cuando vemos que actúa mal. Algo en la naturaleza vidente (que ve y alumbra) ha de ser el punto capital del asunto. Decíamos al inicio que el hombre ve por deseo. Pero ¿Qué tal que viendo que ve, desea no ver? Para ello, cerrar los ojos no basta, que aún ahí dentro hay luz. Si todo lo ilumino, se dice el hombre, mis ojos no lo soportaran. Nada veré. Exagerando la solución, se niega el problema, es decir, entre más mejor.

La nueva obscuridad entorpece el andar del hombre. Ya no sabe para qué quería verse en las tecnócratas tinieblas. Quiere ver por qué lo atacan y él mismo se ha cegado. No puede defenderse de su ceguera autoinducida. Pero recibe otro flashazo y todo lo olvida, además sale sonriente porque sabe que con su libertad de ciego nada tiene que ver él en el mundo, porque a fin de cuentas, ya no hay hombre, ya no hay mundo. ¿Que la maldad existe? ¡Qué cerrazón, caballero! Alguna justificación le encontraremos. Pero de la cárcel, todos saldremos.

Justificarlo todo muestra que el hombre sí tiene miedo de su noche; no le importa si hay luz en ella, porque no quiere ver su dignidad: alumbrar en la obscuridad.

Javel