Convidamos la barbarie

Vivir en la barbarie precipita el juicio sobre quiénes son los otros. Por supuesto que por ser otros se les mira como bárbaros. Son a nuestros ojos enemigos del proyecto, causas de la promesa incumplida, y así nuestra propia carestía se vuelve el único dolor que podemos escuchar, como un alto zumbido enervante al fondo de los oídos. La falta de atención lleva al olvido de las preguntas vitales, la falta de cuidado lleva al olvido de los demás, y ambas cosas hacen imposible imaginarse la vida conjunta. Esta falta de imaginación magnifica el horror, profundiza la pobreza. El bárbaro vive rabiando por el hastío y postrado por la pena. La violencia que resulta es ciega y muda. Nada de lo dicho la podría decir bien, nada que la explique la podría hacer humanamente comprensible, porque nació de una pérdida gradual de la humanidad. En nuestro mundo, en el que las palabras casi no valen y las voces son planas por equiparárselas a gruñidos, la indolencia se propaga como peste. La cantidad alarmante de balbuceos que infecta la vida cotidiana, junto con su simbología erosionada y su discurso degradado, es idónea para que la enfermedad se asiente. Mientras más se robustece, menos nos comunicamos. Ésta es la peor alteración, la máxima barbarie. El bien del mundo se convida; pero si no hay qué hacer común, todos somos tarde o temprano, otros.

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