Perdonar y ser perdonados

Los árboles se talan, las casas a pino huelen. Muchas luces iluminan lo que suele estar sumergido en la oscuridad, se habla de alegría, de paz y a veces de prosperidad, y se habla de perdón sin cuidado en perdonar.

Y es que perdonar es tan díficil, a veces pareciera que hacerlo atenta contra nuestra dignidad, buscar al otro y pedir disculpas no se hace sin dificultad. Cuando nos sentimos ofendidos esperamos a que el otro hable; y nos gusta reconocernos como los buenos, los que perdonamos: no vemos en el que nos ofende las ofensas que nosotros mismos propiciamos.

Perdonar nos es díficil porque esperamos a que nos busquen y que nos supliquen perdón, como si con la humillación del otro se llenara el vacío que oscurece a nuestro corazón; pero lo que ilumina y da vida es la alegría del perdón, a la cual nos cerramos, no por lo que hizo el otro, sino porque nosotros mismos nos sabemos indignos del perdón que pretendemos otorgar.

Y pedimos perdón por nuestras ofenzas, como perdonamos a los que nos ofenden, sin entender que no es intercambio sino gracia y alegría por sabernos perdonables, pues sin que lo pidoeramos Dios vino al mundo a darnos la comprensión del perdón que realmente necesitamos.

Maigo.

 

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