Canta Odiosa

Yo por eso me quejo y me quejo porque aquí es donde vivo y yo ya no soy un pendejo

— Molotov

Descubrí en la semana un dicho que iba algo así: “De la sandía el pezón, del melón la flor”. Y la verdad no tengo idea a qué carajo se refiere, lo mastico, lo tuerzo, lo estiro y corto en pedacitos, lo vuelvo a oler y trato de una manera tal vez absurda de comprender a qué se refiere el dicho. Pienso en quién pudo haberlo empleado, y en qué situación y con qué finalidad, si sería en algún tiempo de la nueva o la vieja España, una exclamación tan común y corriente como lo es ahora “a lo hecho, pecho”. Me gustaría a veces, que fuera un refrán, de ese modo su sentido de utilidad me daría más pistas acerca de lo que tan misteriosa sentencia se refiere. Ya googlié fotos de melones y de sandías y de sus flores, que me parecen ambas relativamente similares, pero es verdad, que la flor de la sandía es la flor más fea que he visto. En cuanto a los pezones, bueno, en gustos se rompen géneros. ¿Alguno de ustedes, queridos lectores se ha encontrado con anterioridad a la frase que les señalo? De ser así, y tener una mejor comprensión que la mía, les agradecería de sobremanera me aventaran un rayito de luz sobre mi oscuridad, y me ayudaran a ver mejor las cosas.

Tuve ese mismo día un encuentro con la parte de la Biblia donde los judíos entregan a Jesús a Poncho Pilatos y éste, teme a los primeros, y se le pone fresa al Hijo de Dios tan solo para ser devuelto a su lugar con una sentencia un tanto oscura (creo es S. Juan 19:6–11). Bueno el punto es que está bonito el pasaje, y aunque no entienda bien por qué los judíos le inspiran más miedo a Poncho, que el que le inspira Jesús, ni entienda por qué el que le entregó está cometiendo un pecado más grande que el de Poncho al hacer alarde éste de su autoridad, ni tenga puta idea de por qué Jesús no le responde a la pregunta directa del mandatario acerca de su proveniencia; sí puedo compartirles que me gusta decirle Poncho a Poncho. Es una tradición hasta cierto punto familiar de la que no he hablado antes con nadie que no fuera parte de mi familia. Resulta que en la comunidad de la iglesia a la que asistíamos (somos católicos) había un grupo de viejitas que, en su bendita ingenuidad, llamaban de este modo a Poncio, y pues, nos lo quedamos por no incomodarlas en un vano intento de corregirlas a la hora de hablar con ellas. Lo más seguro es que no tenga mucha trascendencia en sus vidas, ni las de ellas ni las de usted que con tanto cariño me lee; sin embargo, no puedo dejar de hablar sobre ello, es algo, a mi parecer, de lo poco bonito que nos queda en estos tiempos de ruido parco.

Tal vez en otra ocasión hable acerca de Ovidio autonombrándose el Quirón del amor (si no mal recuerdo), y señalándolo a uno como su Aquiles en potencia. Sin embargo, no pude resistirme a dedicarle aunque fuera una pequeña línea a tan bella imagen, que años después el naco ése se empeñó en empañar con su puta soberbia y adoptando un título para su obra, que lo supera en habilidad, belleza y verdad. En fin, el punto es que no vengo aquí a medirme el tamaño de mi saber, como bien podría malinterpretarse, como si esto se tratara de una entrada de Facebook o un comentario en la cuenta de Instagram de Andrea Legarreta. Sino que vengo a tratar de ponerle otro clavo más a la tumba de Descartes, que afirmaba bien en privado (bueno en su libro, pero ya es privado porque ahora nadie lee libros, ahora los devoran), lo que ahora se publica en redes sociales a gritos y de a gratis. Todos están más que contentos con su pedazo de razón que les tocó, que  es, según el narizotas, lo mejor repartido en el mundo. Lo malo, no es que este cuate tenga razón, sino que ahora, haya modo de hacernos crecer esta creencia, de hacernos sentir bien a gusto con el tamaño de nuestro intelecto, y bien juiciosos sobre lo pequeño que es el de los demás. Lo que sí me interesa, para actuar positivamente aunque sea una sola vez en mi obrar, es compartirles lo que me gusta, y algunas cosas que me parecen bellas, lo demás es mera queja quitapendejez.

Yo sé que mucha gente lo hace todos los días, pero, ya siendo serios, hay niveles (muchos de ellos ya perdidos) en los que acostumbramos medirnos el tamaño de nuestra sabiduría. Está, en la cima, Sócrates, discutiendo con Protágoras si lo que dijo el poeta acerca de si lo difícil es ser justo, o lo difícil es mantenerse siendo justo una vez que ya se es (no lo recuerdo bien, ni recuerdo el nombre del poeta, ni recuerdo del interlocutor experto en ese poeta que sirve de medio entre Sócrates y Protágoras, ni recuerdo los nombres de los ahí presentes, solo recuerdo que Sócrates llevaba una batita de espartano porque ahí, hace mucho tiempo vivían los sabios más sabios entre todos los sabios, no importa que no me acuerde,  ya saben de lo que hablo), y está en el punto invertido, Perico el Payaso Loco dando cátedra de chistes junto a  uno que apodan el “único”. Disculparán la comparación, pero no pude resistirme a señalar ese singular encuentro. En fin, la idea es un poco que podemos medirnos el tamaño de nuestra sabiduría, civilización, y cultura viendo a los poetas que tenemos y a los versos que cantan, y que los antiguos nos llevan por mucho ventaja y tamaño. ¿O a poco creen que somos más listos que un estudiado medieval? A su vez, conforme va avanzando el devenir del Espíritu, después de que se acabó la Historia, pues, los poetas ya nomás nos enseñan a quejarnos para no ser pendejos. ¿Ya pa qué estudiamos poesía si ya se avabó la Historia? Ya no importa mucho la belleza en el decir sucinto cuando tenemos explosiones bárbaras de sarcasmos malhechos, ruidosos y llenos de candigatos (y el mismo chiste «ingenioso» repetido miles de veces en tuits diferentes, llenos todos por igual de genuino ingenio espontaneo). Lamentablemente, los mexicanos, esa raza de bronce y sangre de algo que no recuerdo, en nuestra eterna confusión de identidad, terminamos creyéndonos estas posturas de protesta que solo pican el ya desinflado ego del proletariado y lo llevan a sentirse tan derrotado que solo puede quejarse. La culpa no es de la tele (¡es de Molotov!), como bien lo dijo la pobre Andrea Legarreta, ella solo es un monito que lee lo que los escritores le escriben y le dicen que lea. No pretendo defenderla, pero en ese sentido es igual que la mayoría de nosotros, leemos para tener algo que decir, para pensar igual que los demás y hacer como que no, o porque nos pagan por ello ya sea con likes o con admiración de nuestros cuates nacos. No encuentro empresa más complicada en este mundo que la de defender la inteligencia propia, pues, depende de ella misma para salir de la arena movediza en la que se está atascado. Es algo similar a cuando Homero Simpson trata de salir de la brea de donde se metió a rescatar a su elefante. En fin, estamos siendo bombardeados de información todo el tiempo, ¡bendita era de la información! Eso ya lo sabemos, y haciendo la función de lo que otrora fuese la noble labor de la prensa o la tele o el radio, ahora desayunamos viendo el Internet para saber lo que hay que pensar.

Cosa curiosa esto de saber lo que hay que pensar, porque parece que ahora ser inteligente es cuestión de moda. Hay que repetirnos lo que todos sabemos y de ese modo estamos bien, de ese modo (¡qué ironía!) somos únicos y especiales (¿no me creen? Pregúntenle a cualquiera si piensa «fuera de la caja» o le gustaría hacerlo y luego vean cómo les dice que sí). Queremos cuidar a los animales, a los bicicleteros y a las mujeres, no vaya a ser que se nos escapen y terminen quemados en un camión allá en la nueva zona económica que tenemos.  Inventamos días todos los días del año para celebrar alguna burrada, ya ven que hay Día de la Mujer Ejidal (que me parece por demás indignante). Se promueven ideas disparatadas que aceptan cada vez más personas, no por convicción, sino por likes, porque es lo chido y porque es lo que está siendo tendencia. Los Trending Topics son el mismo chiste por duplicado a la dieciseisava potencia. Ya están por un lado los animalistas, los que no comen carne (y obligan a sus pobres gatos a ser vegetarianos también), los que andan en bici, los que van al gimnasio, los que quieren ser incluyentes, los que respetan a los minusválidos, los que hacen que cederle tu asiento a una mujer en el metrobús sea a la de a huevo y no un acto de cortesía y buena educación, y los que odian al gobierno por sobre todas las cosas. Todos y cada uno de ellos, son más listos que nosotros, todos y cada uno de ellos se reafirman en todos lados predicando su saber, mostrándote su saber para que se los reconozcas como algo maravillosamente inmenso comparado con el tuyo, y a la vez, tengas la esperanza de que si lo sigues, si predicas todas y cada una de estas nuevas iniciaciones en el mundo de lo chido, te crecerá todavía más. El mundo actual es, en cierto sentido, un multinivel intelectual. Uno propone una idea disparatada, como hacerle bufanda a sus plantas porque también sienten frío, va y se lo vende a otros sinvergüenzas que les parece una idea coherente, y estos se vuelven tan inteligentes como el primero fue en un principio, pero no como es ahora, ni como lo será una vez que se convierta en tuitstar.

Creo que ya se me escurrieron demasiadas letras por hoy, y lo que quería decir y tal vez hubiera bastado un par de líneas para ello es que, los poetas actuales están bien tristes e inconscientes de su labor educativa en la polis. Molotov nos enseñó a obedecer al Gobierno en su macabro maquiavélico plan de control mental que consiste en hincharnos la soberbia hasta que sea más grande que la del vecino y nosotros, como buen pueblo maleducado, les creímos. Yo culpo a la música actual en general, y a la Librería esa de carteles amarillos que promueve la chidez de la lectura, haciéndonos cada vez más mensos y más chdos. En fin, no me queda más que invitarlos a todos al Instagram de Andrea Legarreta a decirle en todas y cada una de sus fotos lo pendeja que es (porque es lo que todos los chavos cool y con consciencia política están haciendo y hay que imitarlos, porque para ser, primero hay que parecer). Mientras ustedes lo hacen, yo seguiré quejándome de todo porque si le doy más poder al poder, más duro me van a venir a coger. Y pus no, qué feo.

Atardeciendo en la muerte

Atardeciendo en la muerte

Si el suicidio es oposición radical al progreso, la eutanasia es su afirmación más plena. Cesar la vida humana ante la inevitabilidad del sufrimiento en la enfermedad es, desde el primer vistazo, la confirmación de la confianza en el poder humano: el hombre puede decidir sobre su propia vida. Dicha confianza reivindica el progreso porque las razones últimas de la decisión radican en la contraparte del primer vistazo: la eutanasia es consecuencia de la posibilidad de desarrollar las compensaciones necesarias para recuperar la salud y de la imposibilidad actual de dicho desarrollo. La eutanasia es una decisión racional acorde al poder humano actual. La eutanasia nos indica una meta a la que aún no ha llegado el progreso. En ese sentido, la eutanasia es afirmación de la ignorancia. En este sentido es que la eutanasia es la afirmación más plena del progreso.

Evidentemente sería insensato afirmar que la eutanasia, como afirmación más plena del progreso, es el fin del progreso; aunque hay insensatos que así lo afirman. La eutanasia es afirmación del progreso en tanto el progreso no es un proceso concluido. Es más, la eutanasia es necesaria para que haya progreso. Si el progreso concluye, la eutanasia torna innecesaria: sólo queda el suicidio. Si el progreso concluye mal, sólo nos restará destruirnos. Mientras el progreso no concluya, tendremos a la eutanasia como salida de emergencia.

Frente a la eutanasia, lo común es defender el sufrimiento, revalorarlo, despertar al sentimiento trágico de la vida. Lo común ante la tragedia, además, es no tomarla en serio: o bien se le descalifica porque no es renuncia plena al progreso, o bien se le toma en un sentido lato y emocional. A la tragedia se le toma en serio, en cambio, cuando se le considera como continuidad agónica. La continuidad agónica realmente toma en serio el sufrimiento en la vida, así como en realidad reconoce la falsedad de las promesas del progreso. La continuidad agónica rechaza la eutanasia a partir de un apotegma: al sufrir se aprende. La eutanasia es una afirmación de la ignorancia. La continuidad agónica defiende el sufrimiento en la medida en que sabe que el conocimiento es bueno. La continuidad agónica perderá el sentido en el momento en que pierda su vocación por el saber, cuando no se pueda progresar en el conocimiento.

Frente a la eutanasia también se encuentra la religión revelada, en la que incidentalmente se defiende al sufrimiento. En el argumento exotérico de la religión revelada, la eutanasia es inaceptable porque es una suplantación de la propiedad de la vida. En ese nivel, la discusión con el progreso y con el sentimiento trágico es genuinamente imposible: para uno la vida es nuestra, para el otro no lo es y en la revelación sólo lo es porque nos ha sido dada. La brecha abierta por el dón es infranqueable por la eutanasia: la negación del amor es la puerta al infierno. La afirmación del sufrimiento, por su parte, no puede condicionar al conocimiento, cuando es el conocimiento el que nos lleva a afirmarla: la revelación nos muestra la razón del sufrimiento. El dón se recibe como vocación. Ahí donde los trágicos dudan y perseveran, los creyentes confirman y perseveran; de un lado temor y temblor, del otro alegría y amor. La religión revelada afirma la alegría de saberse llamado y el amor por el que un día conoceremos cuanto hemos sido conocidos. La brecha abierta por el dón es infranqueable por el sufrimiento: el amor nos abre al perdón y el perdón al consuelo. Por la revelación, la eutanasia se muestra inconsolable. La tragedia sólo es sostenible si es imposible el fin de los tiempos, y la afirmación de la imposibilidad sólo puede venir de la negación de la revelación; pero la tragedia no puede negar la revelación en tanto no la conozca, o de lo contrario renuncia a su vocación por el saber; conocer la revelación es afirmarla, y con su afirmación se niega la tragedia. La tragedia sólo es sostenible como eutanasia. La tragedia también puede ser una cara del progreso.

 

Námaste Heptákis

 

Los desaparecidos. Ya se han cumplido 16 meses de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa. En torno al caso, la reportera Miriam Moreno, quien había dado a conocer información que contradice los alegatos del GIEI sobre el quinto autobús, informó el pasado martes 26 que ha localizado el quinto autobús en un estacionamiento de Cuatla, Morelos. El autobús se encuentra ahí desde el 11 de septiembre de 2015, con sellos de aseguramiento de la PGR. A la fecha, el GIEI no ha hecho peritaje alguno en el autobús. Lo que sí ha hecho el GIEI es seguir denunciando una supuesta campaña en su contra. Aumentarán sus denuncias si, como asegura Héctor de Mauleón, pronto se tendrá más información que contradiga su versión del caso. Por otra parte, hoy se cumplen 20 días de la desaparición forzada de cinco jóvenes en Tierra Blanca, Veracruz. En el lapso de la investigación, han aparecido 20 cuerpos que no han sido identificados. La esposa de uno de los detenidos la semana pasada, supuestamente involucrados en la desaparición de los jóvenes y señalados como miembros del Cártel Jalisco Nueva Generación, denuncia la fabricación de pruebas por parte de los funcionarios. Ayer, uno de los padres, en entrevista con Ciro Gómez Leyva, dejó ver claramente el drama de la situación: «aquí estamos, esperando y viviendo; si a esto se le puede llamar vivir». Además, esta semana el diario Milenio informó sobre los desaparecidos de Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua. Los desaparecidos no deben ser olvidados.

Escenas del terruño. 1. Hoy se cumplen seis años de la ejecución de 17 jóvenes en Villas de Salvárcar. En su momento, Felipe Calderón llamó «malandros» a las víctimas. Ahora, cuando ejecutan a alguien, muchos se calderonizan. 2. En los primeros 30 días del año, la ciudad de Acapulco acumuló un total de 77 ejecuciones. Además, hay versiones que señalan la quema de un salón de clases en una primaria por parte de un comando armado; quemazón realizada frente al grupo de niños que ahí estudiaba. 3. Es indignante, triste y descorazonador. En las tres semanas de clases que han pasado hasta hoy, una secundaria técnica del municipio mexiquense de Naucalpan registra tres decesos, uno por semana. Las tres eran niñas de 14 años. Las tres fueron secuestradas, violadas, calcinadas y desmembradas. Los restos de las tres fueron dejados, una semana tras otra, en el Bosque de los Remedios. «Dicen que es pleito entre cárteles», me dijo el miércoles quien encontró los primeros restos. No hay, siquiera, un posicionamiento oficial.

Coletilla. Para terminar como con un abrazo, querido lector, y disculpándome por tan deprimentes informaciones en las líneas anteriores, te comparto una piadosa sugerencia de la pluma de Jorge F. Hernández.

Quemarse

Quemarse

El apocado y fracturado suelo

de mi terruño sin razón se quema,

muere ahogado en taciturno duelo

estrepitoso, confusión de un lema

que va incendiando nuestro cielo al vuelo

hecho palabras de fugaz poema;

es vil comedia entronizar Quijotes

cuando se trata de ceniza y brotes.

 

Tacitus

Desvarío mundano

Desde tiempos casi insondables, muy remotos que parecen inaccesibles, debió haber existido una controversia entre idealistas y realistas. Seguramente desde aquel entonces ambos grupos discutían acerca de quién tenía la razón, preguntando quién exageraba o era un rudo epimeteico. Para su desdicha, con cierta facilidad los idealistas quedan opacados por sus adversarios y la mayoría aprueba el realismo como una certeza indubitable. Este hecho no causa ninguna sorpresa al fijarnos que el realista puede aducir a una prueba casi irrefutable: la evidencia por los sentidos. El entorno alrededor de nosotros sirve como la mejor justificación para una respuesta, basta un señalamiento que el otro también sea capaz de ver para mostrarle una verdad.

Para explicarlo mejor, quizá sirva un ejemplo. Imaginemos a dos pastores que buscan cubrirse de un sol inclemente, no se conmueve ante los rostros arrugados y colorados de los hombres que ilumina. Conviene advertir que los pastores son hombres que sobrepasan los cuarenta años y presentan rasgos distintos. Uno de ellos es caucásico, con el rostro marcado por el abatimiento y poco cabello argentado sobre su cabeza. El otro tiene una menor estatura y porta un rostro afable donde contrasta un vello facial obscuro. La diferencia en edad ronda como década y media de vida. Paciente lector, tal vez nunca ha conocido a ninguno de ellos, ni ha visto su imagen en cualquier otro lado, sin embargo confío en que será capaz de figurarse a los pastores. Éstos deciden adentrarse en el espeso bosque para que el ímpetu de medio día sea aminorado, al menos se refugiarán de él. En medio de tantos robles, se preguntan cómo una bellota pudo ser el origen de aquellos árboles imponentes. Propiamente, dirá el chaparro, el árbol es una evolución de la semilla, ésta transforma su cuerpo para volverse un árbol. El temperamento del cielo, el permiso de la tierra y otras cosas del ambiente incitan a que su crecimiento termine en los robles. Dicho en otras palabras, por el curso de las edades, la región alentó a la bellota en su crecimiento. Respondiendo el caucásico, afirmará que no es cierto y en realidad el roble siempre estuvo en la bellota. Su crecimiento apunta hasta sentirse completa, lo cual es alcanzar a ser un árbol sobre la tierra. La semilla resultaría como un capullo que espera eclosionar para dar paso… y el enunciado es interrumpido por la carcajada de su acompañante. Posterior a un rato de discusión, el de barbas se fastidia y le azota una bellota sobre su frente desgastada por el tiempo: ¿Sigues vivo, por qué no te dejo aplastado tu roble?

Si surge la controversia y desavenencias al juzgar las cosas naturales, todavía hay mayor complicación al observar situaciones humanas. Lo difícil en discernirlas se hace presente cuando consideramos si actuamos de manera correcta. Un realista ve en esta dificultad la consistencia de los hechos y la importancia de ellos en nuestra vida. Las grandes preguntas morales se vuelven enanas ante los resultados de los hechos. Mirar y registrar lo que hacen los coetáneos para que sirva como resolución en acciones futuras. En un pueblo donde el crimen no sea censurado y traiga muchas recompensas, no sorprenderá que la ley sea menospreciada e incluso se infrinja para traer el pan a la mesa o las monedas en el bolsillo. Resalta al pueblerino que traiga beneficios a quien toma parte de esas acciones, se le ha ofrecido una respuesta efectiva hacia su pregunta de qué hacer. No hay ni bien ni mal, todo es según el color del cristal con que se mira.

En este escenario el idealista es un forastero en medio de aquel pueblo. No se contenta por la región, por sus costumbres o hábitos. Su modo de vida no pertenece cuando menos a lo delimitado por esas fronteras. Ante esta distinción, el descrédito se avecina y los lugareños lo tachan de que su residencia está en las nubes. Por lo mismo parece un loco que no entiende nada de por ahí, no lo han convencido la contundencia de los hechos. Con ello la pugna entre ambas tendencias se agudiza, se nos recuerda la tensión que siempre hubo. Sus ideales, no siempre tangibles en el polvo que somos, mantienen viva su intención por enderezar el mundo, aunque en muchas ocasiones sus medidas lo lleven a las peores insensateces o acciones acertadas (todavía resulta un gran problema si su ideal no es una locura abrasadora).

En un suelo podrido donde ya no crece ninguna planta, ni el rastro de cizaña, y sobre él se halla sólo desolación, los sueños pueden refrescar el lugar. A pesar de que siempre se vea molido y con una apariencia desahuciada, siempre nos recordará el caballero que alguna vez existió una Edad de Oro, cuyo brillo aún mantiene alumbradas nuestras tierras.

Bocadillos de la plaza pública. Estas semanas ha causado revuelo el desastre ecológico perpetrado en Cancún, Quintana Roo. Gracias a los permisos liberados para un proyecto inmobilario, se calcula que se destruyó en un grado mayor de la mitad del manglar Tajamar. Además de las opiniones en defensa de las naturaleza y las críticas a partidos oportunistas, el caso también sirve para reflexionar en la tremenda expansión hotelera o inmobiliaria en las costas mexicana. Se publicita demasiado acerca de la buena imagen turística o de las condiciones cinco estrellas del país, cuando el deterioro natural será difícil de enmendar. Peor aún si se piensa que varias autorizaciones salen con prisa, llenos de irregularidades y tratos extraños. Si se quisiese combatir la corrupción, el sector ambiental sería primordial para revisar.

2. También en estos días se capturó Humberto Moreira en tierras ibéricas por presunto fraude y posible lavado de dinero. Aparentemente pudo librar un tiempo en prisión, sin embargo su estancia obligatoria en España permite que la decisión sea apelada. Curioso: aprisionado un ex priista en esas tierras, mientras otro fue recompensado con un cargo. Ante tanta especulación dubitativa y pegarle al gordo dos veces, ¿cuándo se hará una investigación esclarecedora a Fidel Herrera?

Señor Carmesí

Abrazo

Te veo en la cruz y te sé a mi lado,

en las alegrías y en las tristezas

sólo tú Jesús me has acompañado.

No te han importado todas mis bajezas.

 

Tú no te has fijado en mis pecados,

pues no soy un ser de grandes proesas.

Hay ocasiones en que te he negado,

y soberbio caigo viendo otras promesas.

 

Pero, a pesar de mis faltas, ¡oh Jesús!

Abres para mí, y otros como yo,

los brazos, entregandote en la cruz.

 

Y nos miras como el fiel amigo,

que limpiando nuestras fallas, a todos

nos hermanas en un mismo abrazo.

 

Maigo.

 

 

De poderes mágicos y preguntas reales

En los círculos de muchos lectores siempre existe un arrojado que se avienta a afirmar: “no importa si se leen sagas juveniles o grandes clásicos, lo importante es leer.” Después de la detonación viene un enfrentamiento entre dos grupos: los amantes de las sagas y quienes las odian o se dicen defensores de los buenos libros. Los alegatos con forma de afirmación, de repente con facha de argumento, son lanzados de acá para allá. Algunos atajan ataques preguntando “¿qué tiene de malo leer sagas juveniles?” A lo cual con rapidez se contesta “¿qué tiene de bueno leer sagas juveniles?” Para no seguir en el mismo campo de batalla habría que preguntar e intentar responder: ¿para qué leer sagas juveniles?, ¿para qué leer? Además de los beneficios económicos que comparten al mercado de los libros, las sagas pueden incitar a la lectura y, con ello, a la reflexión. Pero dichos libros también traen ideas falsas o aparentes sobre la amistad, el amor, la justicia, etcétera; el enraizamiento de tales ideas provoca problemas o descontentos cuando la fantasía no corresponde con la realidad. El choque surge porque las relaciones humanas son complejas, provocan muchas preguntas que no dejan espacio a las respuestas rápidas. ¿Qué hacer ante una situación problemática, donde casi cualquier elección pueda traer consecuencias dolorosas e inciertas? Lo primero sería identificar la situación, su contexto, cómo se llegó a ella; quizás así se logren prever las consecuencias de tomar alguna decisión y se pueda escoger la mejor. ¿Cómo elegir de buena manera o siquiera de manera adecuada cuando se quiere creer que todos conspiran contra la felicidad de uno, cuando se avientan las responsabilidades?

La lectura debería llevarnos, en un principio, a preguntarnos por nuestras situaciones complejas, a ver los detalles que envuelven nuestros problemas. Por ejemplo, cuando leemos en una novela a un personaje que desea guiar su vida con el fugaz fuego de la lujuria, vemos cómo va quemando todos los lugares en los que se presenta hasta que él se vuelve carbón y con una ligera caída se convierte en cenizas. Notamos lo erróneo de su decisión, preguntamos sobre cómo llegó a una vida semejante, recordamos que todo comenzó con una mala decisión, una que se pudo evitar. Con base en ello reconocemos que no nos quedamos en las preguntas, también podemos decidir, después de haber reflexionado bastante, de manera buena o adecuada. Los mejores textos son aquellos que nos permiten hacernos las mejores preguntas, las cuales sólo son posibles cuando nos permiten autoconocernos y, en consecuencia, reconocer lo mejor para nosotros.

Yaddir

Gazmoñerismo Beatnik

Éramos viajeros, intrépidos intercambistas de vagones de palabras, saltábamos de una frase a otra de contrabando, sin boleto, sin destino.

Poco a poco nos fuimos cansando, primero los más jóvenes, luego nosotros, los viejos.

Descubrimos el hastío, la ruptura.

Todo a nuestro alrededor se resquebrajaba.

Las letras, deformes, perdían su sentido y las palabras flotaban vagas en el espacio, como detenidas por pequeños hilos de titiriteros.

La luz comenzaba a ser demasiado brillante como para seguir escondiendo la farsa.

Eso era.

Una farsa.

Una farsa insostenible que nos había alcanzado a todos.

El gran tren de la literatura se iba descarrilando.

Se precipitaba al abismo.

Nadie dijo nada.

Nadie escribió.

Nadie intentó cambiar el rumbo.

Fue en ese momento en el que el mundo estalló en mil pedazos.

Y no quedó más que un sonido.

Un ligero y sombrío murmullo que lo describía todo.

Era el sonido de la lluvia.

Sonido que no necesitaba traducción.

Gazmogno