Le llamo fracaso

Le llamo fracaso

reposaremos nuestra miseria
en un caldo espeso

Si la evidencia de que no ha fracasado el Estado es la persistencia de la vida cotidiana, entonces vivimos la normalización de la violencia. La violencia, nos enseñó a ver René Girard, se distingue por no estar sacralizada y se reconoce cuando se necesita de la fuerza del Estado para contrarrestarla. Cuando el Estado puede hacer frente a la violencia, se mantienen los límites de lo prohibido; cuando el Estado puede incorporar la violencia, nace una nueva prohibición. La ley civil es el compás de la violencia. El crédito social se vislumbra desde el campo abierto por la ley. En cambio, cuando pretendemos hacer al consumo una ley, no hay violencia posible, pues la prohibición sólo es incapacidad. Desaparece el Estado en la sociedad mercantil porque todo es negociable, porque las incapacidades se compensan en el mercado y los créditos se falsifican en ilegalidad. La persistencia de la vida cotidiana es solamente la necesidad del consumo.

La normalización de la violencia desdibuja los límites de lo permitido y otea con indiferencia la permeabilidad de la transgresión. La violencia normalizada parece alejar la gran violencia y nos engaña sobre la posibilidad de manipular o contener las violencias pequeñas. Pero no hay violencia pequeña; y quien así lo ve ya no entiende la violencia. La violencia normalizada funda el imperio de la necesidad que se expresa en la injusticia justificada por la supervivencia. La violencia normalizada es invisible no por inexistente, sino por omnipresente. La violencia normalizada ya no nos permite reconocer la violencia: la violencia es nuestra vida cotidiana.

Aferrarse a la ilusión del Estado en el momento en que la violencia se ha normalizado sólo es explicable porque el mercado nos puede presentar a un sustituto de la violencia como un bien de consumo. Consumimos la violencia informativa con abundancia, pero sin digestión. Consumimos la violencia de entretenimiento con diversión, pero sin comprensión. Consumimos la violencia en indignaciones súbitas, linchamientos mediáticos y resentimientos injustos, pero pronto sustituimos un sentimiento por otro, un impulso por otro, una injusticia por otra. La violencia consumible es discreta; nuestra experiencia, continua; la suma de nuestra vida en la normalización de la violencia sólo puede ser contradicción. Y a esto yo le llamo fracaso.

 

Námaste Heptákis

 

Los desaparecidos. En la reunión de los funcionarios federales con los padres de los desaparecidos de Ayotzinapa se presentaron los avances de la investigación, se acordó reanudar la búsqueda y se citó a una nueva reunión el 18 de febrero –pasada la visita papal-. Fuera de las reuniones, en cambio, la guerra ideológica sigue encendida. En particular hay que poner atención a las denuncias que ha presentado el militar argentino Luis Alfonso Plazas Vega, quien advierte que Ángela Buitrago fabricó pruebas en su contra. Buitrago, por su parte, forma parte del GIEI. Hoy se denuncia en La Jornada una campaña difamatoria. Que termine la guerra ideológica, pero que el caso no sea olvidado.

Escenas del terruño. 1. Luis González de Alba advierte sobre las variaciones en el índice de esperanza de vida en el México actual. 2. Según cifras de la organización Alto al Secuestro, el promedio de plagios a nivel nacional en los tres primeros años del gobierno de Enrique Peña Nieto es de 6 secuestros cada 24 horas. 3. Tras la humillación que significó la fuga, los funcionarios federales han filtrado información personal del preso del momento: ¿la disfunción eréctil es compensación simbólica de la impotencia que exhibió el escape? 4. La avalancha informativa del caso de Joaquín Guzmán Loera ocultó el mayor logro periodístico en lo que va del año. La reportera Lourdes Murgía logró en entrevista, presentada en el noticiario de Ciro Gómez Leyva, que el futbolista Cuauhtémoc Blanco alcanzara la altura de político. 5. Consígnese uno de los fallos de la Suprema Corte de Justicia más importantes en los últimos años. 6. No se acusen sorpresas posteriores. Mauricio Meschoulam ofrece un panorama de la guerra siria en este inicio de año.

Coletilla. El mejor ensayo sobre la muerte de David Bowie es del indudable genio literario de Álvaro Enrigue y se intitula Bowituario.

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