Corta visión

Le llegó la orden de avanzar, veloz como siempre. Como casi siempre, si se quiere exactitud. Suspicaz, miró los alrededores, seguro de que se trataba de una trampa, pero la vista no revelaba nada fuera de lo normal. Obedeció. No podía hacer ninguna otra cosa. Era imposible dar marcha atrás. Su vigilancia constante aseguraba que el enemigo no pudiera sitiarlos, no sin antes sacrificar parte de sus fuerzas. Por fortuna, sólo hubo calma. La jornada probó ser exitosa. Pronto vendrían los refuerzos, y con ellos, seguramente una nueva orden de avanzar. Y así fue: ahí estaba de nuevo, veloz como casi siempre. Esta vez, sin embargo, el frente de las fuerzas contrarias lo sorprendió con la caballería. ¿De dónde había salido? Impredecible, truculenta: nunca lo sabría. Más rápida que la voz de guardia, más rauda que los mandatos de los generales. Aquí las palabras eran cientos de veces más lentas que las acciones. Intentó detener el avance, pero antes de lo que estimaba flanqueó su barricada. «Se acabó», pensó él. Habían burlado su protección. No había nada más que hacer, detrás comenzaría la carga. El campo de batalla súbitamente le pareció desordenado, ininteligible, escandaloso. ¿Qué estaban pensando los estrategas, lejos en las montañas? Seguramente el Rey ya habría sido evacuado de su palacio y llevado al fuerte a resguardarse. No podía sospechar las intrigas de la corte y la verdad detrás de los poderes que exhibían los mandatarios. No había tiempo para pensarlo: la infantería rival ya venía por un flanco, lista para sorprenderlo. ¡No esta vez! En esta ocasión estaba preparado. Los sonidos enaltecidos de la batalla no permitirían nunca anunciar su modesta victoria: aquí, en la pequeña extensión de su poder, el enemigo estaba capturado. ¿En la retaguardia? ¿Lejos tras las colinas? No había modo de averiguarlo. Mas aquí su vigilancia se mantendría mientras le quedaran fuerzas. De pronto, un evento contra todo lo que pudo alguna vez imaginar capturó su visión. Sorprendido, soltó espada y escudo sobre el campo ensangrentado y abrió la boca cimbrado por un asombro formidable. Cayó de rodillas ante lo que no podía ser otra cosa que magia negra, o quizá, teúrgia divina. Se preguntó ése y el resto de los días de su vida si en realidad sus ojos habían visto lo que ganó la batalla ese día: dejando a su paso una delta de tierra resquebrajada en la línea recta de su encarrerado paso, corrió junto a él como si fuera venablo lanzado con toda liviandad, helándolo con el golpe de aire que arrojaba en su furiosa trayectoria, una alta torre de sólida y pesada piedra fría, de unos diez pisos con cimientos hasta el fondo de la tierra, con almenas de defensa y ventanas de arquería, hasta posarse a lo lejos donde el enemigo tenía el grueso de sus huestes. Jaque mate.

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