El mal en la guerra

Hay guerras que se luchan cada día: algunas son en un campo de batalla y contra enemigos amenazantes y desconocidos; otras hacen de ciertos lugares campos y de ciertas personas enemigos; unas más, las más duras, hacen del pensamiento el campo de batalla y de uno mismo el enemigo más encarnizado.

Sin importar con quien o dónde se libren esas guerras, algunas se pierden con gozo y otras se ganan llorando, ninguna victoria trae paz y siempre queda algún sabor amargo. La ausencia de paz es la constante en la guerra, la violencia se extiende y la libertad queda fuera. Todo se enturbia y lo bueno se torna indeseable, al tiempo que lo malo se muestra cada día más apetitoso.

En la guerra siempre es difícil reconocer como real enemigo al pecado, el orgullo nos ciega, y nos pierde de nuevo en el oscuro campo de batalla en el que cada día nos encerramos más. No vemos el sufrimiento que en el corazón cargamos y el amargo sabor de la lucha ya no nos resulta extraño.

El mal habita en el corazón del hombre, de él emerge y en él se nutre. Culpar a otros por el mal realizado es no ver lo que somos; mientras que pensarnos como meramente malos es absurdo, en tanto que somos seres que actuamos siempre con miras hacia algo que en algún sentido como un bien consideramos.

Sólo viendo al mal sin olvidar que el bien buscamos reconocemos la salvación de la que necesitamos. Para encontrar a Cristo es menester sabernos hombres, sabernos caídos y sabernos dignificados, que no es lo mismo que merecedores, como bien pueden pensarse los ingratos.

Maigo

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