La fotografía faltante

Viajé a Oslo a principios de junio para coronar una jornada de éxitos. Yo soy fotógrafo, y ahora estaba concentrándome en retratar la vida de la región escandinava. De esa ciudad tomé el tren y por horas me admiré fuera de la ventana, figurando las despiadadas heladas que debían subyugar ese mundo llegado el invierno. El fin del mundo, con seguridad, se ve así; así como imaginaba esos campos, abiertos hasta que los rompe un mar indolente, tapizados con un pasto ocre grisáceo como pelaje de los lomos congelados de ingentes bestias, ya extintas, que murieron de inanición hace milenios. Todo parecía intacto. La piedra sin picar parecía demandar reverencia, los valles tenían secretos al descubierto que ya habían olvidado guardar y que nadie les robaba. Con éstas y otras ocurrencias retozaba mi pensamiento hasta que llegué a Bodø, el primer pueblo del círculo polar, donde podría capturar el Sol de media noche. Ésa era la serie de fotos que terminaría mi labor. Me alojé en una posada, que era más bien la casa de una familia muy amable, con gusto por lo extraño y muy platicadora, que ofrecía techo y calefacción al viajero por poco dinero. Supe esto de todos ellos menos de la hija más pequeña, que todavía no hablaba inglés; pero de ella se le sospechaba en la risa sigilosa que le brotaba de mirar al extraño invitado.

Salí, pues, a que me asombrara el objeto de la naturaleza que yo había estudiado años atrás. No es muy sencillo tomar al Sol de media noche una fotografía que valga la pena. Durante el día polar, el Sol parece estar a punto de irse, y de pronto, se deja seducir al fin por la deferencia nórdica que con tan buen humor le celebra todas sus virtudes en verano. Se acomoda entonces postrado cerca del horizonte, para quedarse allí toda la noche hasta el alba y volver a coquetear con los lugareños al venir del crepúsculo del día siguiente, y volver a dejarse convencer. Primero amenaza metiendo los dedos de los pies al agua, pero no quiere entrar: es parte de la simulación para que lo deseen de vuelta; y ya entonces regresa risueño. Es un día que dura meses. El fotógrafo quiere resaltar el atardecer que no anochece, quiere destacar los colores fogosos del corazón vacilante del Sol en el instante en que cede al cortejo. Me senté esperando, observando en una calma que hacía tiempo no sentía, y esperé más. Esperé horas, sin darme cuenta de cuánto pasaba. Así me mantuve alerta, listo para capturar el instante coloreado que anhelaba, pero nunca llegó. El Sol estaba cerca del horizonte en una clase de tarde blanca y triste, nada más. Las nubes grises y el cielo silente parecían acostumbrados a la rutina, y el Sol no se movió. No hubo cortejo. No hubo reconsideración. Vi más bien a un Sol cansado, olvidadizo, que se detiene un momento a tratar de recordar a dónde iba sin lograrlo y que cuando se da cuenta, ya empezó el día siguiente. Vi un Sol que trabaja caminando con una ansiedad que no termina.

El reloj me indicaba que ya habían pasado horas desde que empezó la noche, así que tomé una fotografía, y otra, y otra, para no quedarme con las manos vacías. Ajusté mi cámara todo lo que pude para aparentar la potencia volcánica de un color anaranjado que a mis ojos era más el amarillo de la mostaza detrás de un velo blanco, para que el Sol pareciera querer abrasar la tierra gélida. Fingí una visión de seducción cuando lo que yo veía en realidad… En realidad, me pareció monstruoso. Era como el insomnio de la fiebre. No me dejaba pensar. Una clase de mareo me cimbró al ver la hora, y observar allí detenido, inerte, al Sol. Gris. Y todavía no lo puedo explicar, pero después de una hora de mirar, lo único que sentía era un profundo arrepentimiento. Ni siquiera estaba seguro de qué me arrepentí. Traté de reponerme y olvidarlo, y al final conseguí que una de mis fotografías hiciera ver al Sol como yo había venido a mostrarlo. Ése es mi trabajo, después de todo: quien disfruta la fotografía puede experimentar la visión sin verla nunca. Me costó trabajo, pero la familia en Bodø y el regreso de mi viaje me tranquilizaron poco a poco. Nunca antes había hablado de esta experiencia, y creo que no lo haré de nuevo. Volví a casa y cuando monté la exposición, meses después, fue todo un éxito. La siguiente será todavía mejor.

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