Comentario a la idea de ensayo de Montaigne

La idea general de la montaña de los ensayos de Michel de Montaigne parece encontrarse antes de los ensayos. Dicha idea se centra en quien ensaya, en ese hombre ligado a sus ordinarias, personales y comunes reflexiones. ¿Para qué usar ropas ajenas, para qué leer algo legado a los familiares y amigos del autor? La exclusión resulta provocativa, genera una curiosidad personal, casi indiscreta, en quien afirma ser lejano a la gran mayoría, pero que se presenta en rasgos personales, sin adornos y con sus destacados defectos. La red tejida por el pensador francés atrapa inmediatamente a las moscas merodeadoras de vidas privadas, a aquellos chismosos sólo por entretenimiento. A su vez, mantiene en una distancia prudente a quien quiere aprender de la posible sabiduría, vertida en pequeños frascos, de un hombre que ha logrado conocerse y extiende sus consejos, como una mano amable, a quien esté dispuesto a ser parte de sus amigos. Conviene la distancia prudente porque el que quiera ser amigo de Montaigne podrá conocerse en su amistosa reflexión, reflexionando sobre la común realidad de lo ensayado, es decir, el lector podrá descubrir y entender los aspectos comunes del hombre, así como de él mismo, en cada ensayo. Aunque repletos de referencias, ningún ensayo peca de reflexión inútil, sino, por decirlo así, todos llevan consigo consejos, más no reglas y leyes, para la vida; cada ensayo muestra problemas, situaciones o caracteres humanos en distintos lugares y épocas de la historia. El ensayo es una reflexión inacabada, pues inicia en el autor y continúa en el lector, aunque esto no impide la posibilidad de encontrar las principales características humanas en la montaña de escritos; tampoco impide el cambio en la forma del ensayo para tratar un mismo problema (forma , cabe decirlo, importante para destacar algo o hacerlo más visible en las distintas horas del día). Los consejos ofrecidos por el pensador francés sólo serán tomados así por quienes vean en sus palabras gestos amigables de aguda reflexión y sepan distinguir lo propio de lo ajeno con la guía de lo común. Los restantes lectores sólo verán palabras frías y vanas, pero no del todo inútiles, pues como moscas ávidas de presumir vestidos largos y brillosos, saciarán, así, su vanidad y su afectada curiosidad.

Yaddir

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