Esperranto

Venía yo bien contentito con un paquete de un par de tortas y una gringa colgando de mis manos dentro de una bolsa. cuando me di cuenta que un perro potencialmente hogareño me seguía hambriento. No supe qué hacer al respecto, soy yo de esas extrañas personas que creen firmemente que los animales no entienden, que no son muy inteligentes y que si en ese momento yo hubiera caído muerto a la mitad de la calle, el perrito bonito que me seguía con cara de lástima esperando que yo compartiera mi comida, hubiera preferido devorarme a mí, que a mis tortas. Sin embargo, heme aquí, escribiendo un poco en contra de lo que creo, haciendo un breve exploración a una idea un tanto loca y disparatada, porque lo chido de hoy, la once entre los chavos es ser de mente abierta, y yo soy bien chido. ¿Y si los animales sí entienden? Tranquilos, queridos lectores, no estoy deschabetándome tanto todavía, solo se me ocurrió que por más que yo le hablara al perro mendigo, por más que me esforzara por fintarlo con que le aventaba un trozo de torta allá muy lejos o amenazaba con golpearlo con una coca de 600ml, éste no cedía ni poquito en su persistencia de ir detrás de mis tortas. Mi tesis es sencilla, y capaz de ser comprobada inmediatamente como a la ciencia moderna le gusta. Es más, su base es completamente empírica y experimental. Se pueden reproducir los resultados. Yo sé que ya se estarán preguntando en sus curiosas cabecillas cuál es esta manera de comunicarnos con los animales que me ha hecho dudar de una de mis más arraigadas creencias. La respuesta es muy sencilla, siendo los animales en general (y los perros los que están más a la mano para nosotros los del Distrito Federal) se me ocurrió hablarles en el mismo idioma en el que la naturaleza se comunica con nosotros, y ah, ah, no. no. no, que no les brillen los ojitos, por supuesto que no estoy Galileando y no estoy hablando de las matemáticas. No, hay un idioma mucho más natural, primitivo y efectivo del que todos participamos, no importa si eres una abeja, o un canario, un halcón o un cuyo, un cerdo o una mujer. Este lenguaje universalmente conocido que trasciende las barreras especiales, las barreras raciales y las barreras intelectuales, es algo llamado comúnmente por el mexicano moderno como “putazos”.

Es una propuesta seria, fíjense: los putazos se los dan perros con perros, gatos con perros, lagartijas con osos polares, y mujeres con iguanas. No hay distinción alguna en esta práctica universal tan favorita de la Natureleza. ¿Su perro no se quiere bajar de la cama? No le hable, póngale unos putazos. ¿Los gatos callejeros no lo dejan dormir con sus melodías de apareamiento? La solución son putazos, ¿su esposa no deja de quejarse? Bueno, podrá darse cuenta que este es el idioma naturalmente universal, aunque hace algunos ayeres un montón de maricones hayan pactado que no se practique tanto entre humanos- En fin, lamentablemente este pacto no lo pudieron firmar los animalitos de la naturaleza por un par de razones, la primera es que no tienen dedo pulgar (esa bendición del hombre comunista) y la segunda es que no entienden del lenguaje verbal. En los incontables experimentos que he tenido, puedo garantizar que el animal no entenderá, sin embargo, usted logrará el objetivo deseado al someterlo. Ésta es una práctica que ha sido puesta a prueba desde tiempos lejanísimos, y podemos constatar por testimonios de los más fuertes, que funciona al 100% entre seres completamente racionales, es decir seres humanos (especifico porque seguro brincará algún animalista de esos que huelen a chito, y dirá que los seres humanos que le pegan a un animal no son racionales, pero, déjenlos, pobrecitos). La Naturaleza es sabia y siempre se ha podido comunicar con nosotros por este medio que trasciende las palabras y que casi siempre está enfocado en mostrarnos con lujo de detalle nuestra finitud. No daré más vueltas al asunto, sabemos que la Guerra es la madre de todas las cosas y por lo mismo el único idioma universal, pude haberlo dicho así en una sola línea, pero quise disfrutar aunque fuera un poquito, la ilusión que trae consigo la palabra que se queda corta y no logra acercar, vincular a toda forma de vida de una manera tan uniforme y tan eficaz, como el idioma de los putazos.

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