La Iglesia y el realismo

La Iglesia y el realismo

El mundo moderno ha

perdido el juicio, no tanto

porque acepte lo anormal

como porque no sabe

recuperar la normalidad

G. K. Chesterton

Es fácil decir que la Iglesia es esencialmente conservadora. Se resiste a la “modificación” del culto y al progreso, permanece en su lugar sin permitir que se le muestre la “verdad” a sus adeptos. No sé si sería un escándalo o una caricia al ego moderno si se descubriera que es partidaria del progreso; que haya elementos de los dogmas de fe que contravienen por siempre a las doctrinas liberales, pero que “en la práctica” haga de sus ministros y sus fieles secretamente devotos de la felicidad moderna. Es decir, que ella se haya vuelto, por fin, realista. Que sepa su lugar como cúspide del poder basado en la consolación retórica, en la administración de lo sobrenatural como recurso efectivo; que se confirme la sospecha de que la verdad efectiva, los actos muestren claramente la mentira, pero que se mantiene en pie sólo por manejo político del verdadero. El reino de los cielos se convierte en la promesa doctrinal de la Iglesia como congregación, como tendencia social, ininteligible más allá del número de sus seguidores.

Quien diga que la Iglesia es un club está siendo demasiado laxo con su experiencia de una congregación. Los clubes se distinguen por ser selectivos conforme a los fines que se propone, y rara vez soporta gentes que no compartan el “espíritu”. Los clubes deportivos están hechos para partidarios del estilo de vida, gentes adineradas que tengan oportunidad de pensar en el tenis como pasatiempo, porque creen que ese es un modo de pasar el tiempo. Aunque eso tenga que ver a la larga con sus convicciones sobre la vida, su afiliación está limitada por el manejo de su ocio: sólo requiere dinero y deseo de ejercitarse. Nunca le exigirá que aprenda el mejor modo de manejarse, porque si no sintiera que ya lo conoce no iría a un club. Las reglas de él son claras y sencillas de cumplir: son protocolares, como dicen los profesionales.

Queremos juzgar de la iglesia sólo por reunirse en un lugar con aspecto “simbólico”, como nos parecen los templos. Sin embargo, aunque veamos allí un rito que conjuga la palabra y la autoridad junto a las oraciones, nada nos hará sentido si perdemos de vista lo importante de ceremonia tal: la eucaristía. Si esto es cierto, quiere decir que lo que comúnmente llamamos Iglesia está centrado en el milagro de la encarnación; si es cierto, quiere decir que la Iglesia está fundada en algo que presenciamos al momento del rito, pero que no vemos en el sentido más literal. Eso no es novedad alguna. No podemos negarle realidad: lo presenciamos. Los actos que contradicen al dogma no lo hacen menos cierto, así como uno puede vivir siempre en el error más craso actuando del modo que cree más conveniente.

En la interpretación más reconocida del Cantar de los Cantares, se dice que la esposa puede interpretarse como la Iglesia, que espera al Señor. También se le define como el cuerpo místico de Cristo. Tal vez tenemos que ver que así como tenemos problemas para concebir una esposa fiel y pura, andamos a tientas dando palos de ciego cuando nos preguntamos por la posibilidad de conjugar una palabra tan ordinaria como cuerpo con una derivación del misterio, y que se corone con el nombre de alguien que sabemos que ha muerto. Así sucede cuando el realismo se vuelve un mareo. Así sucede cuando queremos entender el amor a partir de nuestra idea del cuerpo. El amor de una esposa tal sabe que lo mejor viene tras la espera; no hay espera para quien no permanece fiel. La Iglesia no es una institución moderna porque no nació para afiliar a simpatizantes, sino para amar y perdonar al prójimo. En la encarnación se muestra el cumplimiento de una Ley que ya la traía como germen; por ello, los denominados con el cuerpo místico de Cristo son reunidos para continuar en la virtud que los guía: la presencia del Hijo en la eucaristía. No se trata del cuerpo de Cristo como posibilitador histórico (en el sentido moderno) de la actualización del régimen político de la autoridad eclesiástica, sino de los que siguen lo que la encarnación les mostró para siempre. Hay cuerpo místico de Cristo por la Nueva Alianza que uno trata de imitar para ser digno del nombre.

El esfuerzo por evangelizar está preñado de este sentido: el número de adeptos no significa la fortaleza de la fe. Por eso la Iglesia no es un club. Se requiere siempre eliminar esta sospecha, porque sin ello confundimos también el sentido posible de una comunidad cristiana con el acuerdo político o con la concordia pacífica. En ese rostro de esposa inmaculada, tenemos que juzgar las fallas pertinentes del hermano y las propias. La Iglesia no puede llamarse “realista” ahora, porque siempre lo fue. Nunca ha pedido el templo hecho para poder obrar: empezó por la primera piedra. Renunciar a la encarnación como luz, a la revelación no es posible para ella. La Iglesia nunca podrá ser moderna propiamente porque no acepta la mentira. Sabe que la tiranía empieza ahí donde el amor termina.

Tacitus

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