Ensayo de una tristeza crepuscular (primera parte)

El rasgar de la pluma sobre la hoja blanca del papel acentuaba con una dulce sensación de paz el momento tan anhelado por Job. El bolígrafo tardó unos cuantos roces en comenzar a pintar, su tinta azul quedaba plasmada con uniformidad a la vez que la mano iba ganando estabilidad. Debía escribir, sabía que si no lo hacía era muy probable que nadie supiera lo que acababa de suceder, y lo que era peor, a todas luces él aparecería como el sospechoso número uno ante los medios de comunicación. Había aprendido a lo largo de los últimos tres días que la calma podía durar solo un instante y que el infierno está al asecho del umbral que divide la tierra del más allá. Cualquier descuido, el más mínimo movimiento telúrico de la tierra y éste quedaría libre frente a los ojos de los miles de inocentes que pasaban su domingo con el mismo tedio que tanto detestaban.

Es probable que no sobreviva un día más. Las cosas que he tenido que sortear para encontrarme en este lugar, a salvo, agazapado detrás del mostrador de una tienda de autoservicio en mitad de la nada; han sido, en verdad, increíbles. No sé cómo empezar mi relato, supongo que si me enfoco en el presente, será más sencillo dejar atrás los recuerdos que parecen estar aquí a un lado mío susurrándome desesperación. No sé quién compraría una libreta para hacer apuntes, sin embargo, sobre el mostrador hay una docena de ellas. Todas y cada una tienen motivos melosos, pequeñas mascotas imaginarias que sonríen entre colores pastel y estrellas. Las hojas son blancas, sin líneas para guiar al escritor, sin cuadrícula, están tan vacías como el cielo en una noche despejada de primavera. Como la noche en la que por fin pudimos acampar al aire libre después de seis meses de planificación. No puedo, sin embargo, dejar de pensar que las suelas de mis zapatos deportivos están hechas trizas, y que mi ropa interior está más sucia que mi rostro recién desenterrado. No me molesta ya el olor, sin embargo, no puedo ignorarlo por más que me esfuerce, en cierto momento, incluso, fue tan penetrante que me sirvió para no perder la cordura. Ahora es solo un inconveniente, si hubiera ropa limpia en este lugar, tal vez ya hubiera mudado mi ropa. Tal vez no, para ser sincero solo escribo para matar el tiempo en lo que la Muerte viene a reclamarme, a levantarme como se ha encargado de hacer con tantos en las últimas horas. He perdido la esperanza de sobrevivir, así como la fuerza para seguir luchando. He sucumbido a mis más primarios instintos de supervivencia y no me he resistido en hurtar un par de sandwiches del refrigerador, un paquete de galletas y una botella grande de agua saborizada. Tal vez quien lea esto, me tache de incongruente o incluso de masoquista, pero mi razón para comer tiene que ver un tanto más con la dignidad que con la esperanza. Sé que no necesito comer, las fuerzas me han abandonado desde hace día y medio, todo el tiempo que ha acontecido después lo he pasado en “piloto automático”, por así decirlo. He llegado a pensar que pasé día y medio con sus respectivas noches viviendo de adrenalina. Pude haber sido capturado, como el pobre muchacho que tenía un cocodrilo pirata estampado en su playera. Sus pantalones estaban recién estrenados y su mochila de campamento parecía contener provisiones para una semana entera. ¡Qué desperdicio! Pero no, no sé si por favor de Dios o por su sano entretenimiento, pude escapar en esa ocasión y en la siguiente, para terminar como un pordiosero robando comida en un lugar de mala muerte. Me niego, si es que todavía se puede tener dignidad a estas alturas, a morir con el estómago vacío. Piénsenlo, tal vez los convenza de mi posición. Los más terribles criminales tienen derecho a una última cena, por humanidad, por caridad, por lástima o por justificar los gastos del Estado en las penitenciarías de alta seguridad. No importa, me niego a morir como un animal sin recibir, aunque sea por mi propia mano, una última cena robada.

Estoy seguro de que no quiero revivir el pasado, y pensar que volveré a recorrer el camino desde una posición relativamente segura, me hace temblar sin poder controlarme. A estas alturas, no creo que pueda volver a conciliar el sueño si es que llego a sobrevivir. Me niego, empero, a pasar las últimas horas de mi vida siendo atormentado por los fantasmas de mis últimos tres días de vida, de que, sin ton ni son, se me presenten con una nitidez casi real frente a los ojos y que sin darme cuenta me encuentre yo inmerso en esa burbuja de recuerdos desfasados. Sé que no se van a detener, sé que seguiré viéndolos una y otra vez, reviviendo cada uno de los momentos con la misma intensidad o tal vez una mayor ahora que tengo la oportunidad de separarme de aquella situación y reflexionar al respecto. Voy a morir o voy a perder la cordura en cualquier momento, de eso no tengo la más mínima duda. Como eso ha de pasar, dirigiré el modo en el que me llegue mi fin, daré un orden a ese caos que reina en mi recuerdo y describiré con tanta fidelidad como se me hace presente el pasado. Tal vez, y solo tal vez, pueda purgar de mi sistema, como quien envuelve una tarántula en una hoja de papel antes de arrojarla al excusado. El atardecer está próximo, tal vez no me rinda la luz del día para terminar de sublimar mi memoria. No puedo confiar en que esté equipado este local con energía eléctrica y encender una fogata una vez llegada la noche me parece un franco suicidio. No soy un suicida, aunque el modo en el que llegué hasta este punto me acuse de lo contrario. En fin, mis manos han recobrado la estabilidad, las líneas que trazo sobre el papel son cada vez más firmes, más centradas. Creo que es el mejor momento para comenzar.

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